El precio de una invitación
La canción termina y yo me separo lentamente del cuerpo que tenía pegado al mío en la pista, con la piel todavía caliente y el vestido negro ligeramente pegado al sudor de la espalda, y sin decirte nada me encamino directamente hacia la barra atravesando la multitud que sigue moviéndose al ritmo de la música.
Tú me sigues a un par de metros de distancia, abriéndote paso entre hombros y codos desconocidos, con el pulso todavía acelerado por todo lo que acabas de presenciar en la pista, el corazón latiéndote fuerte y la respiración algo entrecortada mientras intentas no perderme de vista entre las luces que parpadean y los cuerpos que se interponen.
Yo camino con esa seguridad que te vuelve loco, las caderas balanceándose con cada paso bajo la tela ajustada de mi vestido que marca cada curva, el escote subiendo y bajando ligeramente con mi respiración, y tú sientes cómo otras miradas de hombres repartidos por el local se clavan en mí, hambrientas, recorriendo mis tetas, mi culo, mis piernas, como si ya estuvieran imaginando qué se sentiría al tocarme.
Nos situamos en un hueco libre de la barra, y yo me apoyo con los codos en la madera fría, pido algo de beber con voz clara y relajada al camarero, mientras tú te colocas a mi lado, lo suficientemente cerca para oler mi perfume mezclado con el sudor de la pista pero sin tocarme.
Sientes el orgullo retorcido de cornudo subiéndote por el estómago al ver cómo varios hombres cercanos giran la cabeza hacia mí, cómo sus ojos se detienen sin disimulo en el escote donde mis tetas se marcan contra la tela negra, en la forma en que el vestido se pega a mis caderas cuando me muevo un poco para coger la copa.
Ese orgullo te quema porque soy yo, tu escritora, la mujer que has convertido en fantasía durante meses, y ahora todos estos desconocidos me desean abiertamente en un lugar público delante de tí, pero que al mismo tiempo te hacen sentir un cosquilleo que se convierte en morbo con algo de celos que te hacen tragar saliva con dificultad, porque sabes que cualquiera de ellos podría intentar algo y tú estás ahí solo para observar, para sentir cómo tu rol te mantiene en ese lugar de sumisión constante.
Yo bebo un sorbo lento de mi copa, dejando que el líquido frío me refresque la garganta, y noto perfectamente esas miradas hambrientas que me recorren el cuerpo, pero no digo nada, solo dejo que el ambiente del club nos envuelva mientras el ruido de las conversaciones y la música de fondo llenan el espacio entre nosotros.
De repente me vuelvo hacia ti, te clavo una mirada fría y dominante que te paraliza en el sitio, con los ojos fijos en los tuyos sin pestañear, y te ordeno con voz baja, firme y ronca que te vayas al baño en este preciso instante.
Te lo digo así claramente, sin levantar el tono pero con una autoridad que no admite discusión, de que quiero quedarme completamente sola en la barra durante los próximos minutos, que no quiero que me vigiles, que no quiero que estés rondando cerca como un perro guardián, y que necesito comprobar qué pasa cuando no estás a mi lado para proteger tu fetiche, para ver cómo se desarrolla la noche cuando te quito el control y me dejas expuesta.
Tú sientes cómo esas palabras te golpean directo en el estómago, cómo la sumisión te invade de golpe y te obliga a bajar la mirada un segundo antes de asentir en silencio, porque sabes que no puedes negarte, que obedecerme es parte de lo que te excita y casi deseas al mismo tiempo.
Así que te das la vuelta con las piernas algo pesadas y comienzas a caminar hacia los aseos, abriéndote paso entre la gente, sintiendo mi mirada clavada en tu espalda durante los primeros pasos hasta que te pierdes entre la multitud, dejando atrás la barra donde yo me quedo sola, apoyada con esa postura relajada y provocativa que atrae aún más atención.
El trayecto hasta los baños se te hace eterno y cada metro que avanzas te cuesta más porque la mente ya empieza a acelerarse con imágenes que no puedes controlar, pero cuando por fin entras en los aseos el ambiente cerrado, con el olor a desinfectante y el eco de las voces de otros hombres, te golpea como una realidad fría.
Te encierras en un aseo, apoyando la espalda contra la puerta mientras cierras el pestillo con dedos que tiemblan ligeramente, y te quedas frente al espejo lavándote las manos de forma mecánica solo para tener algo que hacer, mirando tu propia cara reflejada con los ojos abiertos y la expresión tensa.
Los minutos empiezan a pasar de forma desesperadamente lenta, y cada segundo se estira como si el tiempo se burlara de ti, sintiendo cómo la angustia mental te crece por dentro como una ola que no puedes detener.
Notas el pánico que te invade poco a poco, un miedo atroz a regresar a la barra y descubrir que algún desconocido se ha acercado a mí aprovechando mi soledad, que ya esté hablando conmigo, tocándome el culo o susurrándome algo al oído mientras yo le sigo el juego con esa sonrisa que tanto te desarma.
Peor aún, sientes el miedo real de que yo me haya olvidado de ti por completo, de que decida que esta noche ya no te necesito cerca y te deje colgado en el club, ignorándote para siempre y obligándote a volver solo a casa en tu coche mientras yo sigo disfrutando sin ti.
Sientes que al obedecer y dejarme sin vigilancia has perdido el control absoluto de la noche, que tu sumisión te ha puesto en esta posición vulnerable donde solo puedes imaginar lo que está pasando allí fuera, y los celos destructivos te queman el pecho, te hacen sudar frío en la espalda y te provocan un nudo en la garganta que casi no te deja respirar.
Te debatas internamente contra las ganas de salir corriendo de vuelta a la barra para comprobarlo todo, pero la orden que te di te mantiene clavado ahí, encerrado en ese cubículo frente al espejo, consumido por la incertidumbre, los celos y el pánico creciente a lo que estoy haciendo completamente sola en la barra.
Los minutos dentro de los aseos se te han hecho eternos, con el corazón latiendo rápido y tu mente llena de imágenes que no puedes detener, hasta que por fin decides que ya no aguantas más y sales del baño con las piernas algo rígidas, empujando la puerta y volviendo a sumergirte en el calor húmedo y ruidoso del club.
Te abres paso entre la multitud con dificultad, esquivando cuerpos que bailan y conversan, con el corazón en la boca y los ojos recorriendo desesperadamente el local en busca de mi vestido negro, buscando mi figura entre las luces que parpadean y las cabezas que se mueven.
El sudor te baja por la espalda mientras avanzas, y cuando por fin enfocas la barra desde cierta distancia, tus peores miedos se confirman de golpe: pues ya no estoy sola en el hueco donde me dejaste porque observas a un desconocido muy atractivo, alto, de hombros anchos con seguridad en sí mismo y que está pegado a mí, exactamente donde tú estabas hace unos minutos, inclinado ligeramente hacia mi cuerpo como si ya hubiera encontrado su sitio.
El impacto te deja paralizado como un puñetazo, te paras en seco un segundo entre la gente y sientes cómo se te seca la boca, cómo la sangre te late fuerte en las sienes, porque ver a ese hombre ahí, tan cerca de mí, hablando conmigo con total naturalidad, hace que todo el pánico que sentiste en el baño se convierta en una realidad cruda y tangible que te deja clavado en el sitio.
Te acercas despacio a donde estoy yo, disimulando un poco sin atreverte a llegar demasiado cerca, devorado por una mezcla de celos que te queman por dentro y un morbo que te mantiene avanzando a pesar de todo y desde tu posición observas cada detalle: cómo él se inclina hacia mi para hablarme al oído debido al volumen de la música, sus labios moviéndose muy cerca de mi oreja, observando cómo yo le sonrío y asintiendo a lo que te dice, con esa expresión relajada y abierta que un hombre usa cuando algo le interesa de verdad.
El camarero coloca dos copas nuevas frente a nosotros y entiendes inmediatamente que él me está invitando a beber, que ha pagado por mi sin dudarlo, ocupando el lugar que era tuyo hace solo un rato.
Ves cómo juega con un mechón de mi pelo mientras le escucho, girando ligeramente mi cuerpo hacia él, ignorando por completo que tu estas observándolo todo desde cerca, como si tu presencia ya no me importara en esta conversación íntima que se desarrolla en la barra.
Él me dice algo más al oído y yo suelto una risa suave, tocándole el brazo de forma inconsciente, y esa imagen te destroza porque es tan natural, tan fluida, como si llevara un rato conectando y tu simplemente hubieras desaparecido de la ecuación en cuanto te alejaste..