El juego continúa en la noche #2
Las luces intermitentes nos iluminan a ráfagas —rojas, azules, blancas— creando flashes que capturan cada roce, cada presión de su cuerpo contra el mío y entre un flash y otro yo busco tu mirada a propósito, clavando mis ojos en los tuyos con una sonrisa dominante y satisfecha, comprobando cómo te destroza por dentro ver a un completo desconocido tocándome así, sintiendo mi cuerpo contra el suyo, sus manos recorriendo zonas que hace poco eran estaban en la intimidad de tu casa.
Tú te quedas ahí, entre la multitud, con los ojos fijos en sus manos sobre mi vestido negro, en la forma en que mis caderas se mueven contra él de manera provocativa, y sientes cómo la mezcla de celos y excitación te tiene completamente atrapado, incapaz de apartar la vista de mi ni un segundo haciendo que el morbo te paralice, sintiendo un nudo en el estómago que se aprieta más y más, y sabiendo en una parte de ti que esto solo es el comienzo de lo que te espera esta noche.
La música cambia de repente y una canción nueva empieza a sonar con un bajo profundo y pesado que retumba no solo en el suelo sino también en los vasos de la barra cercana, haciendo vibrar todo el aire del club como si el local entero tuviera pulso propio.
Las luces de neón azules y rojas barren la pista en ráfagas intermitentes, tiñendo mi vestido negro con destellos brillantes que hacen que la tela parezca aún más ajustada y provocativa contra mi piel.
Este desconocido, cada vez más suelto y confiado, me coge de la mano con decisión y se acerca más a mí sin dudarlo ni un segundo, yo le rio bajito, dejándome llevar por él con una naturalidad que te golpea como una puñalada, y mientras tú te quedas un poco atrás, esquivando cuerpos sudorosos de desconocidos, empujando ligeramente con los hombros para buscar un hueco entre la multitud desde donde no perderme de vista ni un segundo.
El bajo sigue golpeando fuerte, metiéndose en el pecho de todos los que están en la pista, y yo me giro hacia él cuando estamos en medio de la gente, empezando a moverme despacio al principio, probando el terreno, dejando que nuestros cuerpos se vayan acercando poco a poco con cada compás.
Él se suelta cada vez más con el ambiente, me rodea la cintura con un brazo fuerte y me atrae contra sí sin pedir permiso, pegando mi culo firmemente contra su entrepierna.
Observas como muevo las caderas en círculos lentos y deliberados que rozan su cuerpo con descaro evidente, sintiendo cómo se pone duro contra mí.
Rodeo su cuello con mis brazos, sintiendo el calor que emana de su piel, y dejo que sus manos bajen por mis costados, acariciando la tela negra del vestido, arrugándola ligeramente bajo sus dedos ansiosos mientras exploran la curva de mis caderas que bajan un poco más hacia mis muslos.
Me dice al oído, con la voz ronca por la música y el deseo acumulado, que huelo increíble y que este vestido me queda de muerte, que no ha podido dejar de mirarme desde que entré al club.
Yo giro la cabeza ligeramente, rozo mis labios contra su oreja y le respondo con voz picante y baja, diciéndole que me encanta cómo me toca un hombre que sabe lo que quiere, que siga así porque me está poniendo muy caliente en medio de toda esta gente.
Acto seguido, sus manos me aprietan más fuerte, sintiendo el calor de mi cuerpo a través de la tela fina, y yo me pego todavía más, frotándome contra él con movimientos salvajes que siguen el ritmo grave del bajo.
Las luces iluminan a flashes, capturando cada roce, cada presión de su cuerpo contra el mío, cada vez que mis caderas giran y mi culo se aprieta contra su erección.
Tú estás a un lado de la pista, con una copa en la mano que se va calentando entre tus dedos, y sientes el sudor frío bajándote por la espalda a pesar del calor sofocante del local.
El peso del vaso de cristal te recuerda que estás ahí, sosteniendo algo tangible mientras todo lo demás parece escaparse de tu control observando cómo me entrego al baile con ese hombre de una forma completamente desvergonzada, cómo mis brazos rodean su cuello y mi culo se mueve contra él sin ninguna reserva, frotándome con descaro.
Pero esta vez yo no te busco con la mirada ni te lanzo ni una sola sonrisa, pues simplemente te ignoro como si no existieras en esta ecuación.
El nudo en tu estómago se aprieta hasta doler físicamente, y un miedo real y frío te invade: el terror de que haya cruzado la línea de verdad, de que me haya olvidado por completo de ti y de nuestro pacto, de que esta noche decida seguir adelante con él y dejarte tirado en el club, solo, teniendo que volver a casa en tu propio coche mientras yo me voy con otro…
Te debatas internamente, con la mente hecha un torbellino, entre las ganas desesperadas de meterte en medio de la pista, agarrarme del brazo y reclamar tu sitio, y la parálisis absoluta que te produce ver mi indiferencia total hacia ti, cómo mi cuerpo responde al suyo sin que parezca importarte lo más mínimo.
Sientes esa exclusión por dentro de la forma más cruel posible, que te hace sentir pequeño, insignificante y completamente reemplazable en medio de la multitud que baila ajena a tu tormento interno, pero al mismo tiempo el morbo te mantiene clavado ahí, con la polla dura, el pecho agitado y los ojos fijos en la forma en que mi cuerpo se mueve contra el suyo, en cómo sus manos recorren mi vestido negro sin que yo haga nada por detenerlo.
A pesar de ese pánico que te crece y te hace dudar de todo, el morbo te mantiene paralizado en tu sitio, incapaz de marcharte o de acercarte a interrumpirnos.
Tus pies no responden, tu cuerpo se queda rígido observando cómo él me susurra más cosas al oído entre las luces intermitentes, cómo yo echo la cabeza hacia atrás riéndome con ganas, dejando que su boca roce mi cuello y que sus manos aprieten mi cintura con más fuerza, pegándome todavía más contra su cuerpo.
Ese control invisible que ejerzo sobre ti, incluso ignorándote por completo, te humilla de la forma más profunda y adictiva, recordándote que esta noche tú no tienes ningún poder sobre lo que decido hacer, que soy yo quien marca los límites y quien puede decidir en cualquier momento si te incluyo o te dejo fuera, solo y consumido por los celos y el aislamiento en medio de una discoteca llena de gente que baila ajena a lo que sientes.
La excitación te traiciona al mismo tiempo, manteniéndote paralizado, con la respiración agitada y los ojos incapaces de apartarse de la situación que estás contemplando.