Esta noche serás mi Cornudo De seguidor a confidente #2
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De seguidor a confidente #2

Yo me inclino ligeramente hacia delante para coger mi propia copa, dejando que el escote se abra un poco más, y noto cómo tanto tú como él seguís el movimiento. Con una sonrisa pícara y dominante, miro a tu amigo y le pregunto con voz suave pero provocadora:

—¿Y dime… qué es lo que más te gustó de mis historias?

Él no se corta, se inclina hacia delante, con los ojos brillando de excitación, y empieza a hablar sin rodeos:

—Me ponen muchísimo las escenas donde tu te follas a otro delante del marido y cómo el cornudo tiene que quedarse mirando, sufriendo, cachondo sin poder hacer nada… Joder, es brutal Lucía. He leído varios títulos que me pasó y siempre acababa empalmado imaginando esas situaciones.

Te mira un segundo a ti, agradeciendo la recomendación con una sonrisa cómplice, y luego vuelve a mí, explicándome con todo detalle cómo ciertas escenas le ponían la polla dura durante noches enteras.

Habla de los momentos en que el cornudo es obligado a mirar, de la humillación, del contraste entre mi placer y la impotencia de mi marido.

Lo hace con una mezcla de excitación y sorpresa genuina, diciendo que nunca imaginó que iba a tener delante a la autora real de esas historias tan crudas, tan directas y reales.

Tú observas todo desde tu sitio, con el corazón latiéndote con fuerza, la cara ardiendo y la polla palpitando dolorosamente.

Ves cómo mi perfume parece envolver también a tu amigo, cómo él se acerca un poco más en el sofá, cómo su mirada descarada recorre mis tetas y mis piernas sin ningún pudor y yo, en lugar de cortarlo, le sigo el juego con una sonrisa llena de picardía, disfrutando claramente de la situación.

El ambiente en tu salón se ha vuelto espeso, cargado de deseo, celos y morbo y la noche apenas acaba de empezar…

Sergio me sigue hablando, cada vez más suelto y con esa mezcla de excitación y sorpresa en la voz que va creciendo minuto a minuto.

Me explica con todo lujo de detalle cómo ciertas escenas de mis libros le han puesto la polla dura durante noches enteras, especialmente aquellas en las que me he dejado follar sin piedad mientras el cornudo observa desde un rincón, sin poder tocar, solo aguantando y sufriendo en silencio.

Mientras él habla, yo me acomodo mejor en tu sofá, abriendo un poco más las piernas con lentitud deliberada para que el vestido negro se suba por mis muslos suaves y deje a la vista bastante más piel tentadora.

El movimiento es calculado, provocador, y el aire del salón parece espesarse aún más.

Él no puede evitarlo y su mirada se desplaza una y otra vez desde mis ojos hacia mis tetas, que se marcan claramente bajo la tela ajustada del vestido, y luego baja a mis piernas cruzadas, devorándome con los ojos sin ningún disimulo.

La conversación se va volviendo más íntima y sucia con cada minuto que pasa, cargada de un deseo que ya se respira en el aire, denso y caliente mientras que yo le sigo el juego con una sonrisa cómplice y provocadora, inclinándome ligeramente hacia él para que pueda oler mejor mi perfume y ver el escote mucho más de cerca.

Mi voz sale baja y ronca cuando le pregunto directamente:

—¿Tú serías capaz de follarte a una mujer casada delante de su marido? ¿Te pondría realmente cachondo saber que el cornudo está ahí, mirando cómo tu le abre las piernas y se la metes hasta el fondo sin contemplaciones?

Él se suelta cada vez más respondiendo que sí, que le excita muchísimo la idea de ser el que hace gemir a la mujer mientras el marido solo puede mirar y aguantar como un cornudo inútil.

Sus ojos se quedan clavados en mis tetas cuando yo describo algunas de las escenas más explícitas de mis novelas, contándole con todo detalle cómo me mojo yo misma al escribirlas, imaginando el momento exacto en el que decido que esa noche mi marido va a ser solo un espectador humillado, sentado en una esquina con la polla dura y la cara ardiendo de vergüenza.

La tensión sexual en el salón se vuelve tan densa que casi se puede tocar.

Él ya no disimula cuánto me desea: su cuerpo se inclina hacia mí en el sofá, su voz se pone más ronca y grave cuando me pregunta detalles concretos sobre lo que sentiría una mujer como yo al tener dos hombres en la misma habitación —uno para follarla sin piedad y otro para mirar y sufrir—.

Yo río suavemente, con un sonido bajo y provocador que llena el espacio, y cruzo y descruzo las piernas despacio para que vea bien el movimiento de mis piernas suaves y cálidas mientras que empiezo a contestarle con respuestas cada vez más picantes y directas, diciéndole que me encanta cuando un hombre toma lo que quiere sin pedir permiso, sobre todo si mi cornudo está presente para sentir cada segundo de la humillación en carne propia.

Mientras tanto, tú estás sentado frente a nosotros, y sientes cómo el pulso se te acelera tanto que parece que te va a reventar el pecho.

El morbo te nubla completamente la cabeza al ver a tu propio amigo devorándome con los ojos en tu salón, fijándose sin vergüenza alguna en mis tetas, en la forma en que el vestido se me pega al cuerpo, en mis piernas que se abren y cierran lentamente.

Te muerdes el labio inferior con fuerza, aguantas la respiración cada vez que él se acerca un poco más a mí en el sofá, y notas cómo tu polla está completamente dura, palpitando dentro del pantalón sin que puedas hacer nada para aliviarla.

El olor de mi perfume llega hasta ti mezclado con el calor que desprenden nuestros cuerpos, y cada risa mía, cada mirada que le lanzo a él, cada vez que mi vestido se mueve y deja ver más piel, te hace sudar.

Hay celos reales que te queman por dentro, una punzada caliente y amarga al darte cuenta de que esto está pasando de verdad en tu casa, que tu amigo me está imaginando desnuda y follándome, y que yo le estoy siguiendo el rollo con esa seguridad dominante que tanto te excita.

Pero al mismo tiempo, la excitación es tan fuerte que te tiene completamente paralizado, disfrutando de esa tortura psicológica que te hace sentir pequeño, insignificante y absolutamente superado por la situación.

Te debatas internamente entre el impulso desesperado de intervenir, de decir algo, de reclamar tu espacio, y el deseo brutal, enfermizo, de que todo siga adelante, de ver hasta dónde llega esto.

De repente me giro hacia ti, te clavo una mirada dominante y firme que no admite discusión, y te ordeno con voz clara y baja:

—Quédate completamente quieto en tu sitio, en silencio. Solo vas a servirnos más vino cada vez que las copas se vacíen y nada más.

Te miro directamente a los ojos mientras hablo, dejando claro que esta noche tú solo eres el espectador de nuestro juego, el cornudo que observa cómo su escritora favorita flirtea y se calienta con su amigo en su propio sofá.

Tú asientes con la cabeza, con la cara ardiendo de vergüenza y la respiración agitada, sintiendo cómo esa orden te hunde todavía más en la sumisión y, al mismo tiempo, te pone aún más cachondo.

Yo vuelvo a centrarme en tu amigo, me acerco más a él en el sofá hasta que mi pierna roza la suya deliberadamente y mi mano descansa cerca de su muslo, casi tocándolo mientras que él responde inclinándose hacia mí, con su cuerpo casi pegado al mío, y seguimos hablando en voz baja y cargada de deseo.

El sofá cruje ligeramente bajo nuestro peso, y mi perfume se mezcla ahora con el olor de su excitación, mientras que tú te quedas paralizado en tu asiento, con la botella de vino en la mano, sirviendo las copas que se vacían cada vez más rápido.

Ves cómo nos acercamos físicamente en tu sofá, cómo mi mano roza su pierna, cómo él posa su brazo en el respaldo justo detrás de mí, y la tensión sexual en el aire del salón está a punto de estallar.

Cada segundo se siente eterno, sientes el calor que sube por tu cuerpo, el nudo en el estómago que se aprieta más y más, y esa humillación deliciosa y dolorosa que te mantiene clavado en el sitio, incapaz de apartar la mirada de cómo yo me dejo ligar abiertamente por tu amigo delante de ti.

Ya no aguanta más la distancia que me separa de él en el sofá porque la tensión acumulada durante toda la conversación ha llegado a un punto insoportable y, de repente, se lanza sobre mí con una urgencia casi salvaje.

Sus manos grandes y fuertes recorren mis muslos con avidez, empujando la tela negra del vestido hacia arriba mientras yo me entrego al beso sin dudarlo ni un segundo.

Agarro su nuca con fuerza, clavando las uñas, y abro los labios para recibir su lengua con hambre descarado, gimiendo suavemente contra su boca desde el primer contacto.

El beso es profundo, húmedo y sucio, lleno de deseo acumulado.

El vestido se arruga rápidamente alrededor de mis caderas, dejando expuesta la piel caliente y suave de mis muslos, sus dedos me aprietan la piel con posesión brutal, subiendo cada vez más, explorando sin ningún permiso, y yo respondo arqueándome contra él, apretando mi cuerpo contra el suyo con la misma intensidad.