Esta noche serás mi Cornudo
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De seguidor a confidente
Suena el timbre y el sonido atraviesa el silencio cargado de tu salón obligándote a levantarte del sofá donde llevabas ya un buen rato esperándome, e incapaz de estarte quieto.
El corazón te late y tus manos te sudan sintiendo esa mezcla familiar de miedo y excitación que tantas veces te había invadido mientras leías mis libros o me escribías a altas horas de la madrugada, así que caminas hacia la puerta de tu casa, respirando hondo y consciente de que en cuanto la abras ya no habrá marcha atrás.
Abres y ahí estoy yo, Lucía Rivas, en carne y hueso, en la puerta de tu casa…
Al verme, miras cómo mi vestido negro ajustado se me pega al cuerpo como si fuera una segunda piel, marcando sin piedad la forma redonda y llena de mis tetas, la curva pronunciada de mis caderas y la línea de mis piernas.
El escote en pico deja ver el nacimiento de mis pechos de una forma que sabes que no vas a poder ignorar y mis tacones altos negros resuenan con eco cuando doy el primer paso dentro de tu casa, mientras me muevo con esa seguridad natural que tanto te había descrito en mis libros y que ahora, en persona, resulta aún más espectacular.
Sientes como mi perfume te envuelve casi de inmediato, siendo dulce, cálido y con un toque que se te mete directamente en ti.
En ese momento, cierras la puerta detrás de mí con calma, y al girarme te miro de arriba abajo, con una sonrisa lenta que deja claro que estoy disfrutando cada segundo de tu evidente nerviosismo.
—Al fin… —te digo con voz baja y ronca, casi como si estuviera saboreando las palabras—.
Después de tantos meses leyendo tus reseñas, de recibir tus mensajes a cualquier hora contándome con todo lujo de detalle cómo se te ponía dura con mis escenas, cómo te tocabas imaginándome abierta de piernas para otro hombre mientras tú solo podías mirar y sufrir…
al fin, ya estoy aquí estoy, en tu casa.
Te quedas parado frente a mí, con la boca seca y las manos ligeramente temblorosas mientras que avanzo unos pasos más dentro del salón de tu casa, recorriendo el espacio con la mirada como si ya estuviera evaluando mi nuevo territorio…
Me giro hacia ti y noto perfectamente cómo tus ojos bajan una y otra vez hacia mi escote y hacia la forma en que mi vestido ajustado se me pega a mis tetas con cada respiración.
—Sigues mirando cómo mi vestido ajustado se me pega al cuerpo, ¿verdad?
—te murmuro con una sonrisa divertida y dominante—.
No te preocupes, no hace falta que disimules porque sé que llevas meses imaginando exactamente esto y sé que releías mis capítulos una y otra vez con la mano dentro de tu pantalón, fantaseando con el momento en que yo estaría frente a ti en persona, con mis tetas tan cerca que apenas podrías pensar en otra cosa.
Me siento en tu sofá con lentitud deliberada, cruzando las piernas de forma que el vestido negro se desliza hacia arriba por mis piernas suaves, dejando a la vista bastante más piel de la que sería decente.
Me acomodo contra el respaldo, apoyo un brazo a un lado y te miro fijamente, disfrutando del modo en que intentas mantener la compostura.
—Sirve el vino —te digo con voz calmada pero que no admite discusión—. Quiero verte las manos mientras lo haces y disfrutar cómo tiemblas solo porque estoy aquí sentada en tu sofá, mirándote.
Vas hacia la mesa, mientras los dedos te fallan visiblemente; el sacacorchos se te resbala, tienes que intentarlo dos veces, y cuando sirves las copas el vino tiembla dentro del cristal, casi derramándose.
Yo no digo nada al principio, solo te observo con esa sonrisa tranquila, sabiendo exactamente el efecto que mi presencia está causando en ti.
Cuando por fin me acercas la copa, rozo tus dedos con los míos a propósito y doy un sorbo lento, saboreándolo y seguidamente te miro por encima del borde de la copa comentándote con voz más baja:
—Estás exactamente como te imaginaba. Nervioso, cachondo, intentando disimularlo pero sin conseguirlo.
Sé todo lo que me contaste durante meses: cómo te excitaba imaginarme follándome a otro delante de ti, cómo te corrías pensando en mi cara de placer mientras mi cornudo se quedaba al margen sufriendo y ahora estoy aquí, en tu salón, con este vestido tan sensual, y tú apenas puedes mirarme a los ojos más de unos segundos sin bajar la vista a mis tetas.
Hablamos durante un rato de cosas normales —el tráfico, el calor de la noche, lo extraño que resulta tener a la autora de tus fantasías más oscuras sentada frente a ti—, pero la conversación siempre vuelve a cargarse de esa tensión sexual pesada y real.
Yo descruzo y cruzo las piernas varias veces, dejando que el vestido se suba un poco más cada vez, y noto cómo tus ojos siguen el movimiento, cómo tragas saliva y tu respiración se vuelve más agitada.
En un momento me inclino ligeramente hacia delante para dejar la copa en la mesa y mi escote queda aún más expuesto, casi a tu alcance pero no me aparto, al contrario, te miro directamente y te pregunto con voz suave:
—¿Tanto tiempo soñando con esto y ahora que lo tienes delante no sabes qué hacer? Tranquilo… esta noche todavía acaba de empezar y tengo toda la intención de hacer realidad muchas de las cosas que me confesaste en esos mensajes.
El ambiente en el salón se ha vuelto denso, casi eléctrico y mi perfume, el calor de mi cuerpo tan cerca, la forma en que el vestido negro se me pega a cada curva… todo contribuye a que la excitación y los nervios te tengan completamente atrapado.
Justo en ese momento suena el timbre, un ruido seco y fuerte que corta el silencio cargado del salón y te hace dar un pequeño respingo en el sofá.
Sientes la vibración del sonido directamente en el pecho, la respiración se te acelera de golpe y decides levantarte con las piernas algo flojas, casi temblorosas pero decides caminar por el pasillo hacia la puerta mientras notas mi mirada clavada en tu espalda, observándote con atención y una sonrisa interna.
Yo me quedo sentada en tu sofá, con las piernas cruzadas, el vestido negro ajustado subido ligeramente por mis muslos, esperando tranquilamente y disfrutando ya del giro inesperado que está a punto de tomar la noche.
Al abrir la puerta, ves a tu amigo Sergio al que tanto le había hablado de mí y que has invitado para que también me conozca, así que te quedas un momento en el recibidor hablando con el en voz baja y nerviosa.
Le dices que ya estoy aquí, que se comporte pero que vaya preparado porque soy exactamente como en los libros, e incluso más.
Él responde algo corto con una risa nerviosa, claramente excitado por la situación y en cuanto entráis los dos al salón, la tensión en el ambiente se vuelve casi densa y pesada.
Tu amigo Sergio es un tío de buena presencia, alto, con hombros anchos y una forma de moverse segura y confiada que contrasta fuertemente con tu evidente nerviosismo.
Entra mirando primero alrededor del salón y luego sus ojos se posan directamente en mí, recorriéndome de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo.
Ve el mi vestido negro ajustado, el escote que marca claramente mis tetas, mis piernas cruzadas con elegancia y la piel que se deja ver.
Tú lo observas todo desde un paso atrás, con el pulso disparado observando cómo su mirada se detiene sin vergüenza en mis pechos, cómo traga saliva con fuerza, cómo su expresión cambia a una mezcla de sorpresa y deseo abierto.
En ese momento sientes un golpe brutal de morbo en el estómago, una punzada caliente que mezcla celos reales y una excitación enfermiza que te pone la polla aún más dura dentro del pantalón.
Es tu amigo, el mismo al que le has estado prestando todos mis libros durante meses, el que ha leído las mismas escenas que te obsesionaban y ahora está aquí, en tu propio salón, deseándome abiertamente delante de tus narices.
El olor de mi perfume sigue flotando en el aire, mezclándose con el ambiente cargado, y tú te quedas un paso atrás, observando cada detalle: cómo él se pasa la mano por el pelo intentando parecer casual, cómo su pecho sube y baja un poco más rápido, cómo sus ojos vuelven una y otra vez a mis tetas y a la forma en que el vestido se me pega a las caderas.
Yo, por mi parte, me quedo sentada un segundo más, evaluando la situación con una sonrisa pícara que se me dibuja lentamente en los labios.
Pues realmente yo no esperaba que trajeras a nadie, pero en lugar de molestarme, siento una oleada de morbo y diversión así que levanto una ceja con picardía y te miro un instante a ti, como diciendo “vaya, qué sorpresa me tienes preparada”, antes de centrarme en él.
—Vaya… —digo con voz baja, ronca y cargada de intención, descruzando las piernas lentamente para volver a cruzarlas al otro lado—. Así que tú eres el famoso Sergio que ha estado leyendo mis libros gracias a él.
Tu amigo se acerca un poco más, sonriendo con esa confianza descarada, y se presenta. Su voz suena más grave de lo que esperabas, y no duda en mirarme directamente a los ojos… y luego bajar sin disimulo al escote.
—Encantado —me responde, sin apartar la mirada de mi cuerpo—. La verdad es que me tienes enganchado porque he leido todos los que me pasó y… joder, nunca pensé que iba a tener delante a la autora real.
Te quedas de pie un paso atrás, sintiendo cómo la humillación caliente empieza a correrte por las venas, ves cómo él se sienta en el sofá, no demasiado lejos de mí, y cómo su postura es abierta, segura, ocupando espacio.
Tú decides sentarte también, pero en una silla algo más apartada, con las manos todavía inestables y acto seguido, sirves una copa también para él con dificultad, el vino tiembla en el cristal, y él la acepta sin dejar de mirarme.