De seguidor a confidente #3
Tú permaneces exactamente donde te ordené, al borde del sofá, con los ojos completamente fijos en la escena sin poder parpadear ni un solo segundo y sientes cómo se te forma un nudo brutal en el estómago que te deja sin aliento.
La humillación te quema por dentro como un hierro al rojo vivo: estás viendo en primera fila, a solo unos centímetros de distancia, cómo la mujer cuyas palabras te han obsesionado durante meses, la autora que te ha hecho correrte tantas noches solo con leerla, ahora se deja tocar y besar con lujuria por tu propio amigo en tu salón y sin embargo, esa misma humillación te pone tan increíblemente duro que duele físicamente.
Tu polla palpita dolorosamente dentro del pantalón, una excitación salvaje y enfermiza que te recorre todo el cuerpo y te mantiene clavado en el sitio, incapaz de moverte, incapaz de apartar la mirada aunque te destroce por dentro.
Con una sonrisa provocadora y dominante rompo el beso por un instante, te miro directamente a los ojos para asegurarme de que no apartas la vista ni un segundo, transmitiéndote con esa sola mirada que estás exactamente donde debes estar: sufriendo y disfrutando cada detalle.
Entonces bajo la mano con lentitud deliberada hasta la entrepierna de Sergio sintiendo su polla dura latiendo bajo la tela y desabrocho los pantalones con movimientos lentos y seguros.
La saco al aire: gruesa, caliente, completamente rígida, la envuelvo con mi mano y empiezo a masturbarlo con ritmo firme, subiendo y bajando mientras sigo besándolo con ganas, gimiendo contra su boca.
Tú tragas saliva con dificultad, con la boca completamente seca y los celos te atraviesan el pecho como cuchillos calientes al ver mi mano moviéndose sobre la polla de tu amigo, dándole placer con esa naturalidad dominante que tanto te desarma.
Es tu amigo, el mismo al que abriste la puerta hace solo un rato, y ahora es su polla la que tengo entre mis dedos, poniendo dura mientras se la acaricio delante de ti sin ninguna vergüenza.
No puedes hacer otra cosa que mirar, obedeciendo la orden de no tocar y no intervenir, mientras el morbo te nubla la mente y te hace sudar frío y caliente al mismo tiempo.
En ese momento Sergio, todavía jadeando, gira un segundo la cabeza hacia ti con una sonrisa incrédula y excitada y te dice con voz ronca:
—Joder, tío… con tu escritora… No me habías dicho que era así en la vida real.
Esas palabras te golpean como un puñetazo en el estómago, pero solo consiguen ponerte aún más duro.
Yo al escuchar esto, me río bajito contra su cuello, claramente complacida por el comentario, y me deslizo del sofá hasta arrodillarme en la alfombra, entre sus piernas abiertas.
Tú te acercas más, casi sin darte cuenta, arrastrado por mi mirada dominante que te exige estar cerca y en ese momento, decido meterme su miembro en la boca despacio al principio, lamiendo alrededor de la cabeza hinchada, saboreándolo, pasando mi lengua por cada vena.
Luego lo introduzco más profundo en mi boca y comienzo a chupársela con intensidad mientras mi cabeza se mueve con un ritmo constante y hambriento.
Los sonidos húmedos y obscenos llenan todo el salón: el roce de mis labios deslizándose por su grosor, los gemidos ahogados que salen de mi garganta y sus jadeos graves que resuenan contra las paredes.
El olor denso de la excitación, de saliva, de polla caliente y de mi perfume invade el aire que respiras.
Él echa la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá, gimiendo más fuerte, con una mano en mi pelo pero dejándome controlar completamente el ritmo.
Mientras tanto, tú estás ahí, a escasos centímetros, viendo con todo detalle cómo mis labios se estiran alrededor de su polla gruesa, cómo la saliva brilla en su piel cada vez que subo y bajo, cómo mis ojos se humedecen por lo profundo que lo estoy tomando.
Contemplas la humillación en primera persona desde dentro y sientes que algo se rompe en tu interior al presenciar cómo la autora que tanto admiras se arrodilla y le chupa la polla a tu amigo en tu propio salón, pero esa humillación te excita de una forma tan enfermiza y adictiva que tu propia erección presiona dolorosamente contra el pantalón mientras tu solo obedeces y miras sin apartar los ojos ni un segundo.
Sigo chupándosela con más intensidad, usando la mano al mismo tiempo en la base, girando la muñeca, apretando justo donde más le gusta, gimiendo alrededor de su grosor mientras acelero el ritmo.
Los sonidos son cada vez más fuertes, más húmedos, más obscenos y él empieza a tensarse, con sus caderas que se mueven ligeramente hacia arriba buscando más profundidad y follándome la boca con urgencia mientras que yo no paro.
De vez en cuando levanto la mirada hacia ti, con mis ojos brillando de pura dominación, recordándote quién tiene el control absoluto de la situación.
El nudo en tu estómago se aprieta todavía más, los celos y el morbo se mezclan en una tormenta que te deja temblando, consciente de que esto es real, que mi boca está dedicada por completo a darle placer a él mientras tú solo puedes observar, sentirte pequeño, superado y completamente entregado.
Sus gemidos se vuelven más urgentes, su cuerpo se pone rígido, los músculos de sus muslos se tensan bajo mis manos y finalmente se corre con fuerza dentro de mi boca, llenándome con chorros calientes y espesos de semen que se derraman sin control en mi lengua.
Yo sigo moviendo los labios y la mano, tragando mientras saco hasta la última gota, gimiendo alrededor de su polla como si estuviera saboreando un premio.
Cuando termina, saco lentamente su miembro de mi boca, me limpio los labios con el dorso de la mano de forma sensual y te miro directamente con una sonrisa de absoluta dominación.
Él se queda sentado un momento, recuperando el aliento, visiblemente satisfecho y exhausto, antes de subirse los pantalones con manos torpes.
Se despide con una sonrisa avergonzada pero feliz, te da una palmada en el hombro al pasar y murmura algo como “gracias por esto, tío”, y tú lo acompañas hasta la puerta como en trance, con las piernas débiles y la mente completamente destrozada por todo lo que acabas de presenciar.
Al cerrar la puerta y regresar al salón, el ambiente está cargado, huele intensamente a sexo, a sudor, a saliva y a deseo crudo y yo me quedo de pie en el centro de la habitación, mirándote fijamente.
Tú estás aturdido, con la cara ardiendo, el pulso todavía desbocado y una mezcla abrumadora de humillación profunda y excitación residual que no te deja pensar con claridad.
El olor de lo que acaba de pasar impregna todo tu salón y te golpea con cada respiración, recordándote que la mujer de tus fantasías acaba de hacerle una mamada a tu amigo en tu propio sofá y delante de tus ojos.
Yo te sostengo la mirada con esa calma dominante y te digo con voz baja pero firme:
—Esto solo ha sido el principio, cornudo, la noche está lejos de terminar y ahora ve a prepararte, porque nos vamos juntos al club nocturno… y allí pienso empujar tus límites mucho, mucho más lejos.