Esta Navidad no vuelvo sola 35. El bosque aún no se sostiene
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35. El bosque aún no se sostiene

A principios de marzo, en Lyon, lo primero que no se sostiene es un panel que estaba segura de haber reforzado lo suficiente en el dibujo.

No se le cae encima a nadie. Aún estamos haciendo pruebas, la zona está despejada y el equipo técnico lo detiene antes de que el movimiento se vuelva peligroso. Pero oscila lo suficiente para que mi estómago haga lo mismo.

Me quedo inmóvil un segundo de más.

—Revisamos la base —dice Karim, el regidor—. Y miramos el peso de arriba. ¿Vienes?

No me pregunta por qué soy incompetente. No menciona mi edad, mi experiencia ni lo que cuesta que yo esté allí. Me invita a examinar un problema.

Me acerco.

Pasamos una hora con la estructura. Lo que había imaginado sobre el papel no reacciona exactamente como esperaba.

Hay que modificar un apoyo, aligerar una parte, aceptar que la silueta pierda unos centímetros para ganar lo que necesita.

Pienso en el arco de la tienda de té, en Adrien y sus tres centímetros de más.

Desde luego, la gravedad tiene buena memoria.

Tomo notas. Hago preguntas. Solo me disculpo una vez; después Karim me dice:

—Para eso hacemos pruebas.

La frase no es un consuelo. Es un método de trabajo.

Por la noche, en el pequeño alojamiento alquilado para la residencia, dejo la bolsa en el suelo y me siento en la cama sin quitarme los zapatos.

La habitación es limpia, práctica, anónima.

Una ventana da a un patio. En la mesa he colocado la piedra de Ninon, la caja de lápices y una taza comprada en el supermercado porque resultaba cómoda de sujetar.

Estoy exactamente donde quería estar. Aun así, me siento sola, cansada y, por un momento, convencida de que todos van a descubrir que deberían haber elegido a otra persona.

Esas sensaciones no se anulan. Forman una noche.

Adrien llama a las nueve, como acordamos. Miro su nombre y dudo. Quiero hablar con él. También quiero que siga imaginándome competente.

Contesto.

—Hola.

—Hola. ¿Qué tal el día?

—El panel principal ha intentado convertirse en alfombra.

Guarda silencio lo justo para comprender que solo bromeo a medias.

—¿Alguien se ha hecho daño?

—No. Era una prueba controlada, todo está bien. Salvo mi opinión de mí misma.

—¿Quieres que te escuche o que pensemos en el panel?

Cierro los ojos. Esa pregunta basta para relajarme.

—Primero escucha. Después te diré si quiero unos centímetros extra.

Se ríe suavemente.

Le cuento el día. El movimiento del panel, la reacción del equipo, la solución prevista, mi vergüenza desproporcionada. Escucha sin decirme que el regidor necesariamente se equivoca ni que mi dibujo era perfecto. Conoce demasiado bien los materiales para hacerme ese regalo inútil.

—¿Qué hiciste después? —pregunta.

—Trabajé con ellos para corregirlo.

—Entonces hiciste tu trabajo.

Me quedo callada. No convierte mi error en una virtud. Simplemente devuelve el trabajo a su sitio: a la capacidad de retomarlo.

Después hablamos de su día. El cliente ha aprobado una parte del encargo.

Adrien recurrirá a un compañero autónomo para una parte del trabajo en vez de trabajar él todos los domingos.

Esa decisión le cuesta dinero y le devuelve tiempo.

Me dice ambas cosas sin fingir que ha encontrado una fórmula perfecta.

—¿Te arrepientes? —pregunto.

—De momento no. Hoy he comido sentado. Todo un lujo.

Me río y por fin me quito los zapatos.

Los días siguientes, el decorado avanza. El bosque se transforma de verdad. Un actor encuentra un paso que no se me había ocurrido. Una sombra funciona mejor bajando la luz que complicando la estructura. Una escena que creía visualmente potente resulta más acertada con un elemento menos.

Descubro que trabajar mucho tiempo con un equipo exige renunciar a algunas imágenes para construir juntos otras mejores. Me gusta. Algunas mañanas también me irrita. Empiezo a confiar en esa mezcla.

Mamá me llama un jueves por la noche. Le enseño por videollamada una parte del decorado, con permiso del equipo, y después la mesa abarrotada de mi alojamiento.

—¿Comes? —pregunta.

—Sí.

—¿Algo que no sea pan?

—A veces le pongo algo encima.

Pone los ojos en blanco y me cuenta su reunión con la asociación. El lugar podría servir. Quedan condiciones por concretar y una fecha de prueba que fijar. No se precipita. La escucho detallar lo que ha preguntado, las respuestas que ha obtenido, lo que quiere rechazar.

—Se te ve contenta —digo.

—Me gusta saber qué elijo.

Miro los bocetos de mi mesa. Estamos en lugares distintos y, sin embargo, trabajamos sobre una cuestión parecida.

El viernes llega Adrien para el fin de semana acordado. El teatro me retiene una hora más de lo previsto. Un ajuste requiere otra prueba. Le escribo enseguida, con una estimación realista y la posibilidad de vernos directamente en el restaurante.

Responde: Vale. Voy a pasear un poco. Avísame cuando salgas.

Guardo el móvil y vuelvo con Karim junto al panel.

Cuando por fin salgo, me espera a unas calles del teatro, delante de una librería. No se ha plantado en la puerta a contar los minutos. Ha comprado un librito sobre la historia de los talleres y se ha comido una galleta cuyo tamaño me describe con entusiasmo.

Me acerco y lo beso largamente.

—Te he echado de menos —digo.

—Yo también.

—Siento el retraso.

—Gracias por avisarme. ¿Me contarás qué pasaba?

Se lo cuento mientras caminamos. Escucha con interés. Ese retraso, que antes habría llenado mi cabeza de culpa, se convierte en una parte de mi día que él quiere comprender.

En el restaurante hablamos de todo y de nada. Le enseño una foto del panel corregido. La observa, hace una pregunta y sonríe.

—Parece que ha conseguido el derecho a existir.

—Con unos centímetros extra.

—Un clásico.

Me río. Bajo la mesa, mi pierna roza la suya. Me pone una mano en la rodilla y me siento a la vez lejos de casa y exactamente en mi sitio.

Más tarde, en mi habitación, mira la piedra de Ninon sobre la mesa.

—¿Ya sabe muchas cosas?

—Ha asistido a una crisis por un panel y a tres negociaciones con la cafetera.

—Una profesional.

Me acerco a él. Me abraza. La habitación anónima se convierte simplemente en una habitación donde estamos juntos. No necesito que se parezca a la Navidad para reconocer el calor.