Esta Navidad no vuelvo sola 34. La casa en la tarta
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34. La casa en la tarta

Conozco a Catherine un domingo de lluvia, en casa de Adrien, durante una comida para la que nadie ha comprado una silla para mí.

Lo compruebo al llegar y Adrien se ríe antes de cogerme el abrigo.

—Todas estaban aquí antes que tú.

—Prefiero conocer los antecedentes del mobiliario.

Su madre llega diez minutos después con una bolsa, una tarta y un cuadro envuelto en una toalla vieja.

Me besa sin examinarme de arriba abajo, lo que me da ganas de ofrecerle inmediatamente algún servicio a cambio.

Me contengo. Puedo recibir una bienvenida sin intentar merecerla en los primeros treinta segundos.

—Lina, me alegro de conocerla.

—Yo también.

—¿Podemos tutearnos? Creo que el usted ocupa mucho espacio entre una tarta y una sopa.

—Encantada.

Tiene el pelo gris y corto, los ojos muy vivos y una manera de sonreír que se parece a la de Adrien cuando deja de vigilar su propia expresión. Apoya el cuadro contra una silla.

—Lo he traído porque mi hijo me ha dicho que sabes mirar imágenes. Pero tienes derecho a no querer trabajar un domingo.

—Puedo mirar sin trabajar.

—Muy bien. Es lo que intento aprender a hacer con mis propios cuadros.

Retira la toalla. La pintura muestra una casita detrás de un árbol. La perspectiva es incierta, los colores decididos. Una parte del tejado parece, en efecto, un glaseado.

Busco una respuesta que no sea ni un cumplido automático ni una crítica no solicitada.

—Me gusta la luz de la ventana —digo—. Es lo primero que miro.

Catherine se inclina.

—Es la parte que hice al final. Se me había caído demasiado amarillo.

—A veces los accidentes tienen talento.

Se ríe y mira a Adrien.

—¿Ves? Es diplomática, pero no vaga. Mejor que «muy bonito, mamá».

—También dije que la casa tenía carácter —se defiende él.

—Eso lo dices de las paredes torcidas.

Nos sentamos. Adrien sirve la sopa. Su madre me pregunta por mi trabajo, por Lyon, por lo que me hizo querer diseñar decorados. Escucha las respuestas sin usarlas para preparar una pregunta más personal.

Me relajo poco a poco. Luego noto que Adrien habla menos de lo habitual. Llena los vasos, comprueba el pan, retira demasiado deprisa un plato que su madre no ha terminado.

—Siéntate —le dice ella con suavidad—. No somos una inspección sanitaria.

Sonríe, incómodo, y vuelve a su sitio.

Reconozco esa agitación. La mía en la casa de Orléans. La necesidad de hacer algo con las manos para no esperar el juicio.

Catherine no aborda la Navidad enseguida. Habla de una clase de pintura, de una amiga que la convenció para apuntarse, de la primera vez que pintó un cielo verde porque había mezclado los tubos equivocados y decidió seguir por orgullo.

—Fue muy relajante —dice—. Hacer algo mal sin que amenazara el resto de mi vida.

Miro el cuadro apoyado contra la silla.

—Me gustaría saber hacer eso más a menudo.

—Se aprende. Despacio. Con muchos cielos malos.

Después del plato principal, Adrien va a buscar el café. Catherine me mira y habla sin rodeos.

—Me ha contado el acuerdo de Navidad. No voy a pedirte que te justifiques. Eligió participar y es lo bastante mayor para responder de esa decisión.

Asiento, con el corazón algo acelerado.

—Siento haberlo arrastrado a…

Levanta suavemente la mano.

—Tú propusiste. Él aceptó. Le enseñé a decir que no; de hecho, lo practicó mucho durante la adolescencia.

Me río a mi pesar. En ese momento vuelve Adrien.

—¿Qué me he perdido?

—Nada que quieras oír sobre tus quince años —responde su madre.

Nos mira y decide dejar primero el café antes de intentar comprender.

Catherine se pone más seria.

—Por lo de Mireille, me alegro de que hayas escrito —le dice a su hijo—. Yo debería haber hecho más preguntas entonces. Jacques contaba las cosas con tanta seguridad que a veces acababa creyendo que pedir detalles era una falta de lealtad.

Adrien baja los ojos.

—Tú no estabas en la obra.

—No. Hablo de lo que me corresponde a mí. No de lo que te corresponde a ti.

El silencio que sigue es tranquilo. Nadie intenta absolver a todo el mundo a la vez.

—No te pido que elijas entre tu padre y yo —añade—. Ni entre tu padre y Lina. Solo te pido que no confundas más querer a alguien con aprobar lo que hace.

Adrien asiente. Veo cuánto le cuestan esas palabras y cuánto bien le hacen. No intervengo. Hay conversaciones en las que ser testigo ya es un lugar suficiente.

Pasamos al postre. La tarta está excelente, lo que permite a Catherine afirmar que domina al menos un arte figurativo. Adrien le enseña las fotos de su taller. Ella se detiene en una imagen de sus manos cerrando una caja.

—Ahí sí que pareces tú.

—Soy yo, mamá.

—Lo sé. Quiero decir que se ve lo que haces cuando estás a gusto.

Bajo los ojos hacia mi taza. El cumplido es para él, para mi trabajo, para la forma en que lo he mirado. Lo recibo sin dividirlo.

Después del café vemos otras pinturas en el móvil de Catherine. Algunas son torpes; otras, sorprendentes. Sabe reírse de las primeras sin restarles el placer que le han dado. Le pregunto si las guarda todas.

—Sí. Si no, ¿cómo voy a ver lo que cambia?

Pienso en mis cuadernos, en los dibujos tachados, en las frases que a veces querría borrar de mi propia historia. Conservar no significa necesariamente seguir prisionera. También puede hacer visible el movimiento.

Al marcharse, Catherine me besa.

—Que te vaya bien la instalación en Lyon. Ya nos contarás, si te apetece.

—Con mucho gusto.

No me pregunta cuándo volveré, si echaré lo suficiente de menos a Adrien ni si tenemos proyectos más serios. Me desea que trabaje bien y coma como es debido. En esto último, todas las madres parecen pertenecer a la misma asociación.

Cuando se cierra la puerta, Adrien se apoya en ella y suelta el aire.

—¿Tenías miedo? —pregunto.

—Un poco.

—¿Por qué?

Se lo piensa.

—Quería que estuvieras a gusto. Y que ella te viera como te veo yo, sin hacerte cargar con todo lo que pasó antes.

Me acerco.

—He estado a gusto.

Sonríe, por fin completamente relajado.

—Me alegro.

Le pongo las manos en la cara y lo beso.

—Y puedes sentarte durante las comidas —añado—. No voy a irme porque un plato se quede diez minutos en la mesa.

Se ríe contra mi boca.

—Recuérdamelo.

—Seguramente a menudo.

Recogemos juntos y después dejamos dos tazas en la mesa a propósito mientras nos sentamos en el sofá. Es un ejercicio minúsculo. Nadie nos dará un certificado. Aun así, lo conseguimos durante el tiempo suficiente para que la luz de la tarde cambie en la pared.