Esta Navidad no vuelvo sola 32. Una reserva de más
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32. Una reserva de más

Nuestra primera discusión de verdad empieza con un billete de tren comprado para darme una alegría.

Adrien me lo anuncia un miércoles por la noche, por teléfono. Acabo de terminar una reunión con el teatro. Las fechas se concretan, el presupuesto también. Me duele la espalda, tengo hambre y una lista de tareas que parece reproducirse cada vez que la miro.

—He comprado el billete para tu primer fin de semana en Lyon —dice—. Quería darte una sorpresa, pero he pensado que preferirías saberlo.

Me detengo en medio de la acera.

—¿Qué fin de semana?

Me da la fecha. Es el que el equipo tiene previsto dedicar a pruebas técnicas, aún por confirmar.

—No te he dicho que estuviera libre.

—Lo sé. He pensado que podía estar allí sin más. Nos veríamos por la noche.

Cierro los ojos. Reconozco su intención y, aun así, noto que llega el enfado.

—Has pensado por mí.

Un silencio.

—Quería apoyarte, Lina.

—Lo sé. Pero has comprado algo antes de preguntarme cómo iba a organizarse mi trabajo.

—Puedo cambiar el billete.

—El problema no es el billete.

Digo la frase demasiado deprisa, con demasiada dureza. Él se cierra. Lo oigo en su respiración.

—De acuerdo —dice—. Entonces explícame el problema sin hablarme como si hubiera intentado controlar tu vida.

Sigo inmóvil junto a un escaparate. Los peatones me esquivan.

Una mujer me pide que deje libre la entrada de la tienda. Me aparto: ni siquiera había visto la puerta detrás de mí.

—Estoy cansada. Acabo de salir de una reunión. No quiero seguir esta conversación en la acera. ¿Podemos hablar dentro de una hora?

—Sí.

—Te llamo de verdad.

—Vale.

Colgamos. Vuelvo a casa, como algo, me ducho. Durante todo ese tiempo, una parte de mí redacta un alegato. Le pido que se calle lo suficiente para oír qué me ha dolido de verdad.

No es solo el billete. Es el miedo a que mi alegría profesional se convierta en una obligación afectiva. El miedo a tener que estar disponible porque alguien ha tenido un gesto generoso. Y también otro miedo, más antiguo, a descubrir mis obligaciones después de que las hayan reservado.

Pero Adrien no es Julien. No ha insistido. Ha propuesto cambiar el billete. Y yo le he hablado como si toda aquella historia se hubiera repetido de golpe.

Lo llamo a la hora acordada.

—Siento el tono —digo antes de que empiece—. No merecías que te hablara así.

—Gracias.

—Y necesito que me preguntes antes de organizar una visita durante la residencia. Aunque la intención sea buena.

Se calla y luego responde.

—De acuerdo. Quería tener un gesto que demostrara que la distancia no me daba miedo. Me salté el paso de preguntarte qué te haría ilusión a ti.

Me siento en la cama.

—Sé que querías hacer algo bonito.

—Sí. Pero no siempre basta.

Él también parece cansado. Le pregunto qué tal le ha ido el día. Duda y me explica que el cliente ha vuelto a adelantar un plazo, que un proveedor se retrasa y que ha rechazado un arreglo que lo habría obligado a trabajar el domingo. Comprar el billete le daba algo bueno que esperar.

Cierro los ojos. Había tenido un día entero antes de mi llamada. Es fácil olvidarlo cuando un miedo propio ocupa toda la pantalla.

—Quiero verte en Lyon —digo—. No quiero que entiendas lo contrario.

—Necesitaba oírlo.

—El primer fin de semana puede ser complicado. El siguiente podría ir bien. Mañana lo compruebo con el equipo y elegimos juntos.

—Juntos —repite.

—Concepto experimental.

Por fin se ríe, suavemente.

No terminamos la llamada con una alegría espectacular. La incomodidad tarda un poco en irse. Le pregunto si sigue queriendo cenar conmigo al día siguiente. Dice que sí. Nos damos las buenas noches sin intentar convertir la discusión en una prueba de que nuestra pareja es excepcional.

Al día siguiente llega con pan. No con flores para cerrar el tema ni un regalo que vuelva incómodos mis límites. Pan, porque le he pedido que lo traiga.

Cocinamos. Al principio estamos algo cautelosos. Luego me cuenta que ha movido la planta del taller y parece que está enfadada con él. Yo le enseño un dibujo del teatro donde el árbol se parece demasiado a un tenedor. La noche recupera su forma.

Después de cenar miramos las fechas juntos. Comparto mi calendario y él abre el suyo. Hay obligaciones, viajes, días en los que no podremos vernos. Nada de eso es una acusación.

—Puedo ir este fin de semana —dice—. Y si tienes que quedarte en el teatro parte del sábado, visitaré la ciudad.

—¿No te decepcionará?

Me mira.

—Quizá un poco. Puedo sentirme decepcionado sin que tú hayas hecho nada mal.

Me quedo callada. Esa frase todavía requiere aprendizaje.

—De acuerdo —digo.

Reservamos solo después de comprobarlo. No me siento menos querida porque el gesto sea menos sorprendente. Me siento más incluida en lo que significa.

Más tarde, sentada contra él en el sofá, le hablo de mi miedo a quedar atrapada en una gratitud que me obligue.

Él me habla del suyo: ser tan prudente que deje de mostrar sus ganas y luego lo abandonen por su ausencia.

No tenemos una solución perfecta. Tenemos una conversación que no se detiene en la primera incomodidad.

—A veces somos complicados —murmuro.

—Sí.

—Podrías decir que no.

—Intento respetar la nueva política sobre las mentiras.

Me río contra su hombro. Él me besa en el pelo.

El billete se ha cambiado. El problema no era el billete, pero el billete se ha cambiado de todos modos. Me gusta que las palabras hayan acabado produciendo un gesto concreto.