Esta Navidad no vuelvo sola 16. Sin público
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16. Sin público

Paso el resto de la tarde preparando la entrevista y sin mirar la foto.

Esta segunda actividad me lleva mucho tiempo. Basta con desbloquear el móvil para que reaparezca la imagen, porque la he dejado abierta. Podría cerrarla. Prefiero acusar a la tecnología de distraerme.

A las seis llama Salomé. Bajo al jardín para hablar sin que me oigan. El frío me cala enseguida. He cogido la primera chaqueta de punto que he encontrado: es de papá y hace que mis manos parezcan salir de dos túneles.

—¿Y bien? —pregunta.

—Han pasado muchas cosas.

Le cuento lo del restaurante, el acta, la reacción de mamá, los documentos. Me escucha sin interrumpirme. Cuando termino, deja un silencio y dice:

—Ahora entiendo mejor tu mensaje de «ambiente complicado».

—Quería ser concisa.

—Has resumido un incendio diciendo que hace un poco de calor.

Me apoyo en la pared. Veo a mi madre mover platos en la cocina. Adrien cruza el pasillo y desaparece en el despacho.

—¿Te dijo la verdad enseguida? —pregunta Salomé.

—Sí. En cuanto se dio cuenta.

—¿Y reconoce su parte de responsabilidad?

—Sí.

—Entonces puedes observar lo que hace ahora sin borrar lo que hizo antes.

Cierro los ojos. Es una respuesta sensata. Otra más. A veces necesitaría una amiga que tomara partido con menos habilidad.

—Hay algo más —digo.

—Lo sospechaba por cómo dices «él».

Le hablo de la pista de hielo, de la mano, de la foto. No le cuento todos los detalles. Algunos han empezado a pertenecerme y no quiero convertirlos tan pronto en un relato.

—Te gusta —dice.

—Sí.

La palabra sale sin dificultad. La dejo ahí.

—¿Y ahora?

—No lo sé.

—Tienes que dejar de fingir antes de que ya no sepas qué parte es verdad.

—Lo sé.

—No te digo que lo anuncies todo esta noche durante la cena. Te digo que hables con él.

Miro la ventana del despacho. Acaba de encenderse la luz.

—De acuerdo.

—¿Y la entrevista?

—Mañana a las once.

—Lo vas a hacer muy bien.

—Eso no lo sabes.

—Sé que conoces tu oficio. Lo demás lo deseo con todas mis fuerzas.

Me gusta más esa formulación que una certeza. Me deja margen para no ser perfecta.

Cuando entro, tengo los dedos helados. Mamá me tiende una taza sin preguntarme con quién hablaba. Le doy las gracias y me quedo junto al radiador, en silencio, hasta recuperar la sensibilidad en las manos.

Después de cenar, papá propone dar un paseo para ver las luces del barrio. Mi abuela se niega con una frase definitiva: ya ha visto bombillas. Zoé y Hugo se han ido a casa con Ninon. La tía Béatrice quiere terminar una llamada. Mamá dice que está cansada. Papá mira el salón y luego me mira a mí.

—Podéis ir vosotros dos.

La frase nos señala como algo evidente. Noto que la mentira se mueve, pero esta vez no es lo único que se mueve.

Adrien me mira.

—¿Te apetece?

—Sí.

Caminamos hasta una placita donde hay un árbol de Navidad con adornos de tamaños desiguales. Algunos los han hecho los niños del barrio. Un pájaro de cartón ha perdido un ala, pero conserva una expresión asombrosamente confiada.

Le hago una foto.

—¿Para tu trabajo? —pregunta Adrien.

—Para mí.

Asiente. Damos una vuelta por la plaza. Una panadería cierra. Una mujer baja la persiana de una tienda mientras le desea ánimo a alguien a quien no vemos. La noche no tiene nada de espectacular y se lo agradezco.

—Tenemos que hablar —digo.

Adrien se detiene junto al árbol.

—Sí.

—Ya no sé muy bien cómo distinguir lo que fingimos de lo que no.

Mantiene las manos en los bolsillos.

—Yo tampoco. Pero sé que no finjo cuando tengo ganas de quedarme contigo.

La frase es sencilla. La recibo como algo frágil que me ofrece sin envolver.

—¿Tienes ganas de quedarte conmigo?

Sonríe levemente.

—Creía que lo de la mano había dado alguna pista.

—Las pistas no son frases.

—Pues sí. Tengo ganas de quedarme contigo. Fuera de tu familia. Fuera de la Navidad. Sin libreta.

Agacho la cabeza. El frío entra por el cuello de mi abrigo, pero tengo las mejillas calientes.

—Yo también quiero.

No se mueve enseguida.

—Hay muchas cosas a nuestro alrededor —dice—. Tu madre, lo que le debo, tu entrevista, nuestra mentira. No quiero que te sientas obligada a convertir todo esto en una historia bonita para poder soportarlo.

—No me siento obligada.

—Lo sé. Solo quiero que lo digamos.

Levanto la vista.

—A veces tu precisión es agotadora.

—Es mi principal encanto.

—Tienes otros.

Me mira como si acabara de mover algo de sitio en la habitación, solo que estamos fuera y lo que se mueve está entre nosotros.

—¿Puedo besarte? —pregunta.

No necesito buscar la respuesta.

—Sí.

Se acerca despacio, lo justo para dejarme recorrer la mitad del camino.

Me apoya una mano en la mejilla; al principio está fría, pero luego dejo de pensar en la temperatura.

El beso es suave, algo vacilante, sin la perfección inútil de los gestos imaginados durante demasiado tiempo.

Siento su aliento, la lana de su bufanda, mi propio corazón ocupando todo el espacio disponible.

Cuando nos separamos, mantengo los ojos cerrados un segundo más.

—Esto —digo— no estaba previsto.

—No.

—Y no había nadie.

Mira a nuestro alrededor.

—El pájaro lo ha visto.

Me río contra su abrigo. Me rodea con los brazos y espera a que me relaje del todo antes de estrechar el abrazo. No me había dado cuenta de cuánto lo deseaba.

Nos quedamos así un rato, sin hablar del futuro. No quiero meter tres meses, un año, una promesa ni una reparación dentro de este beso. Puede ser lo que es. Algo de verdad, esta noche.

Después me aparto despacio.

—Tenemos que decírselo.

Adrien asiente.

—Sí.

—Lo del beso no. Lo demás.

—Lo había entendido.

Miro el árbol. El pajarito se inclina hacia la derecha, decidido a sobrevivir a su estado.

—Mañana, después de la entrevista. No quiero seguir pidiéndole a mi madre que sea sincera conmigo mientras yo le miento.

—Se lo diremos juntos. Pero no voy a dejar que cargues con toda la responsabilidad. Yo acepté.

—Fue idea mía.

—Y decisión mía.

Asiento. Esta vez su precisión me ayuda.

Volvemos de la mano hasta la verja. Allí no lo suelto enseguida. Él espera. Lo miro y vuelvo a besarlo, brevemente, porque me apetece y porque nadie me lo ha pedido.

Dentro, la casa está tranquila. Papá ha dejado una luz encendida en la entrada. Subimos sin hacer ruido y nos separamos delante de nuestras habitaciones.

Dejo el móvil en el escritorio. La foto de la pista de hielo sigue abierta.

Esta vez no la cierro para protegerme. La cierro porque ya no necesito una pantalla para saber lo que ha pasado.