Esta Navidad no vuelvo sola 12. Tres meses en otra ciudad
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12. Tres meses en otra ciudad

Asunto: Entrevista — residencia de escenografía.

Leo el mensaje una vez, luego otra, y después compruebo el remitente, como si algún organismo secreto pudiera haberme enviado una buena noticia por equivocación.

El teatro propone una entrevista por videollamada el veinticuatro a las once.

Treinta minutos. Quieren hablar de mi candidatura, de mi disponibilidad y de cómo plantearía un proyecto para público infantil.

Me siento en un escalón.

Papá pasa por delante con una caja de cables.

—¿Malas noticias?

—No.

—Tienes cara de malas noticias.

—Es una buena noticia que exige trabajo.

Deja la caja.

—Entonces es una noticia normal.

Le enseño el mensaje. Lo lee alejando el móvil y luego busca las gafas, que lleva sobre la cabeza.

—¿Lyon? ¿Tres meses?

Me preparo para explicar por qué no está tan lejos, por qué eso no significa abandonar a mis clientes y por qué lo del alojamiento temporal tiene solución. Papá me sorprende.

—¿Ya conoces la sala?

—He visto planos y fotos.

—Tendrás que comprobar los accesos para los decorados. Las puertas, las alturas…

—Sí, papá.

—Ya sé que lo sabes. Es mi manera de alegrarme.

Lo miro. Me sonríe con una timidez que se parece a la mía.

—¿Te alegras?

—Claro. Llevabas mucho tiempo queriendo trabajar con un teatro.

No recordaba habérselo dicho. O, mejor dicho, recordaba habérselo dicho sin estar segura de que me hubiera escuchado.

—De momento solo es una entrevista.

—Pues nos alegraremos por una entrevista.

Recoge la caja, da dos pasos y se vuelve.

—¿Quieres usar mi despacho?

—Adrien duerme allí.

—Puede salir treinta minutos. No creo que haya echado raíces.

Me río. Papá baja y anuncia la noticia en la cocina antes de que me dé tiempo a pedir una prórroga. Mamá aparece casi enseguida.

—¿Por qué no nos habías dicho nada?

—Porque no sabía si saldría algo.

—Ya ha salido algo.

—Lo sé.

Me abraza. Me quedo entre sus brazos un poco más de lo previsto.

—El veinticuatro a las once —repite—. Nadie hará ruido.

—No hace falta convertir la casa en una biblioteca.

—Has traído a un hombre que arregla estanterías. Estamos equipados.

La broma me sorprende. Quizá a ella también. Se le borra un poco la sonrisa, pero no retira lo que acaba de decir.

Más tarde me instalo en mi habitación con el ordenador. De pronto, mi candidatura parece escrita por alguien mucho más competente que yo. Releo las intenciones, los bocetos, las limitaciones. Cada frase me parece demasiado segura o no lo bastante.

Llaman a la puerta.

—¿Sí?

Adrien se queda en el umbral.

—Me lo ha contado tu padre. Enhorabuena.

—Es una entrevista.

—Esa información la he oído varias veces ahí abajo.

Sonrío. Señala el escritorio.

—¿Quieres que te deje trabajar?

—Lo que quiero es dejar de reescribir frases que ayer estaban perfectamente bien.

—¿Puedo leerlas?

Le tiendo el ordenador. Se sienta en la silla, no en la cama. Esa elección minúscula me tranquiliza y me decepciona, lo que se está convirtiendo en una actividad recurrente para mí.

Lee despacio. Me entretengo enderezando un libro que ya está recto para no observarle la cara en cada línea.

—Explicas muy bien lo que quieres hacer —dice al fin—. Pero te disculpas tres veces.

—¿Dónde?

Me lo señala. No digo «perdón», claro. Digo «modestamente», «a mi pequeña escala», «dentro de mis posibilidades». Pequeños cojines colocados delante de mis ideas para que no golpeen a nadie.

—No es lo mismo —protesto.

—Como quieras. Pero tu decorado no parece estar pidiendo disculpas.

Miro los dibujos. Un bosque de paneles móviles, sombras que cambian de tamaño, un camino que aparece porque los propios actores apartan lo que le impide existir. Me gustaba el proyecto cuando lo dibujaba. Había sepultado ese placer bajo el miedo a que lo juzgaran.

—¿Quieres que haga de comité? —propone Adrien.

—¿Vas a preguntarme por qué no se sostiene el arco?

—Solo si no se sostiene.

Hacemos una prueba. Plantea preguntas sencillas y concretas.

¿Por qué esos materiales? ¿Cómo se transportan los elementos?

¿Qué pasa si se reduce el presupuesto? Respondo, vacilo, recupero mis argumentos.

En la tercera pregunta se me olvida que quiero gustarle.

En la quinta le explico por qué el refuerzo que propone modificaría la sombra de una forma inconveniente.

Me escucha, mira el dibujo y reconoce que tengo razón.

Esa pequeña victoria me sienta desproporcionadamente bien.

—Eso es —dice—. Esa voz.

—¿Qué voz?

—La que usas cuando hablas de algo que te gusta, no cuando pides permiso para que te guste.

Bajo los ojos. No siempre sabe evitar las frases que se quedan.

En la planta baja, Ninon reclama a alguien que la ayude a encontrar una pieza de puzle. Oímos a varios adultos proponer métodos contradictorios. Adrien se levanta.

—Voy a ver si el dragón puede ayudar en una investigación.

—Adrien.

Se detiene.

—Gracias.

—¿Por el comité o por las críticas gratis?

—Por las dos cosas.

Sonríe y sale. Me quedo delante de la pantalla. Durante una hora trabajo sin pensar en Navidad, en mi madre ni en el acta de 2014. Recupero el placer exacto de mi oficio: buscar la forma adecuada, modificarla, reconocer el momento en que empieza a respirar.

Cuando bajo, papá ha encontrado el alargador. Estaba en el cajón que había dicho, debajo de una caja que todos habíamos considerado demasiado ligera para contenerlo. La satisfacción que le produce es casi filosófica.

En la mesa, la tía Béatrice pregunta si pasar una temporada en Lyon no complicará mi relación con Adrien.

Me quedo inmóvil. Estoy acostumbrada a responder a esa pregunta incluso antes de que me la hagan. Explicar que no es tanto tiempo, que existen los trenes, que ya veremos. Adrien abre la boca y vuelve a cerrarla. Me deja responder.

—No voy a decidir sobre este proyecto en función de una relación que acaba de empezar —digo.

El silencio dura un segundo.

—Muy bien —responde mi tía—. Solo preguntaba.

—Y yo respondía.

Zoé esconde una sonrisa en el vaso. Mamá me mira, sorprendida, y sigue sirviendo el gratinado.

Debajo de la mesa separo las manos. Me tiemblan un poco. No he puesto a la familia patas arriba. Ni siquiera he volcado el vaso. Solo he dicho una frase que me pertenecía.

Adrien me mira desde el otro lado de la mesa. No me felicita. Sonríe como si lo que acabo de hacer hubiera sido posible desde siempre.