4. Lo que las fotos no cuentan
El taller de Adrien está detrás de una puerta verde, al fondo de un patio donde tres bicicletas y un laurel se disputan el mismo metro cuadrado. Viene a abrirme con un lápiz detrás de la oreja y un pomo en la mano.
—¿Un regalo de bienvenida? —pregunto.
—Estoy comprobando si este serviría para un encargo.
—Qué pena. Justo me faltaba un pomo.
Se aparta para dejarme pasar. El calor es discreto; el olor a madera, inmediato. Me detengo sin querer. Hay lugares que no intentan impresionarte y lo consiguen precisamente por eso.
Una mesa grande ocupa el centro. Contra la pared hay tablones ordenados por altura. Sobre un banco de trabajo cuelgan sargentos de carpintero. Una pequeña radio deja oír una voz que Adrien apaga al pasar, exactamente como me contó ayer.
En una estantería, tres objetos me llaman la atención: un joyero casi terminado, un caballo de madera con una sola oreja y una fotografía boca abajo.
Miro el joyero. No la foto. La gente tiene derecho a que algunas de sus cosas no provoquen comentarios.
—¿Lo has hecho tú?
—Sí. Para una clienta. Quería un compartimento secreto.
—¿Dónde está?
—Es secreto.
—Te tomas muy en serio tu trabajo.
—He firmado un presupuesto.
Deja dos tazas en un rincón libre. Me quito el abrigo y me desenrollo la bufanda que me regaló Salomé el invierno pasado. Adrien la cuelga lejos de las herramientas sin dejar que roce el suelo. Me fijo en esas cosas. Preferiría fijarme en menos cosas.
—¿Me has invitado por el contrato de Navidad o para hacer un diagnóstico estético?
—Por las dos cosas. Pensé que estar en un sitio donde sabes lo que haces te tranquilizaría.
Levanto los ojos hacia él. Lo dice mientras abre una caja de galletas, como si acabara de indicarme dónde está la papelera.
—Sabes, no siempre soy tan…
—Lo sé. En la tienda de té convenciste a cuatro personas para que movieran un mostrador sin levantar la voz.
—La levanté después, en el metro.
—El mostrador nunca llegó a enterarse.
Miramos sus fotografías en un ordenador viejo.
Son malas de una forma casi creativa. En la primera, una mesa parece inclinada porque el suelo y el encuadre no se han puesto de acuerdo.
En la segunda, un armario precioso queda oculto detrás de una botella de producto de limpieza.
La tercera muestra la esquina de una silla y, en el reflejo, a Adrien sujetándose el móvil delante de la cara.
—¿Intentas vender muebles o proteger testigos?
Se ríe. Su risa llena el taller mejor que la radio.
Le propongo conservar la pared sin revestir como fondo, apartar las herramientas solo de lo que entre en el encuadre y fotografiar los detalles que él pasa por alto porque le parecen corrientes: las uniones, las curvas, la manera en que una puerta se cierra sin dar un golpe.
—La gente no sabe en qué fijarse —explico—. Tienes que enseñarle dónde está tu trabajo.
—¿Sin dejarlo todo impecable?
—Ni se te ocurra. No eres un catálogo de muebles que crecen ya embalados.
Toma algunas notas. Descubro que su letra cambia cuando trabaja: abreviada, firme, rodeada de medidas. Reconozco el trazo inclinado de la libreta, pero aquí sabe adónde va.
Acordamos un día de enero. Propone dar un valor concreto al intercambio para que no se convierta en una deuda indefinida.
—Seis días con mi familia a cambio de un día de fotos —digo—. ¿Estás seguro de tus cuentas?
—Como durante seis días. No sabes lo que cuesta mi consumo de galletas.
—Te pago el tren.
—Cada uno paga el suyo.
Protesto. Él escucha y niega con la cabeza.
—Quiero poder marcharme si lo necesito sin sentir que te debo la estancia completa. Y lo mismo vale para ti.
Es razonable. Me parece injusto que sea él quien resulte razonable en este momento.
Reservamos dos asientos juntos. El del pasillo para mí. No hace ningún comentario al seleccionarlo.
—Te has acordado —digo.
—Lo dijiste ayer.
—La gente olvida cosas que se dijeron ayer.
—Algunas, sí.
No convierte la frase en una promesa. Se lo agradezco.
Hablamos de la familia. Le describo a papá, antiguo profesor de ciencias, ahora jubilado y convencido de que cualquier conversación mejora con un esquema.
A mamá, que trabajó muchos años en hostelería y luego en un comedor escolar, y que sigue cocinando como si pudieran materializarse invitados en el pasillo.
A mi abuela, que lee los anuncios inmobiliarios sin intención de mudarse.
A mi tía, que hace preguntas demasiado directas, pero sería la primera en ir a recogerte a las tres de la madrugada.
—Los quieres mucho —observa Adrien.
—Sí. Esa es parte del problema.
—Lo entiendo.
Lo dice con demasiada sencillez para que yo lo deje pasar.
—¿Y tú?
—Mi madre se llama Catherine. Pinta desde que se jubiló. Muy mal, según ella. Con mucho gusto, según todos los demás.
—¿Y tu padre?
Hace girar la taza entre las manos. El gesto dura lo suficiente para convertirse en una respuesta antes de que lleguen las palabras.
—Jacques. Ha dirigido empresas. Restaurantes también. Trabajamos juntos cuando yo era más joven. Acabó mal.
—No tienes por qué hablar de ello.
—Lo sé.
Mira hacia la ventana. En el patio, alguien mueve una bicicleta soltando palabrotas en voz baja.
—Le gusta más tener razón que entender lo que ha pasado —añade—. Tardé en ver la diferencia.
Pienso en la fotografía boca abajo. Sigo sin mirarla.
—¿Todavía hablas con él?
—Poco. A veces por mi madre. Por algún papeleo. En los cumpleaños. Llama cuando necesita algo y empieza preguntándome cómo estoy. Le agradecería que lo hiciera al revés.
Sonrío con cautela. Él me devuelve una sonrisa de verdad.
—Ya ves —dice—, quizá no sea el candidato ideal para unas Navidades en familia.
—El candidato ideal ya habría dicho que no.
Comemos pasta del pequeño restaurante de la esquina. Sentados en taburetes desparejados, repasamos nuestra historia común. Octubre. El proyecto. Un café después del trabajo. Nada de relatos demasiado precisos sobre el primer beso.
—¿Por qué nada de relatos? —pregunta.
—Porque los detalles inventados se contradicen.
—O porque así evitamos hablar de besos.
Lo miro. No llega a sonreír del todo. Luego coge el tenedor y el momento pasa, lo que me permite volver a respirar con normalidad.
—Por las dos cosas —digo.
Asiente como si la respuesta fuera perfectamente suficiente.
Antes de irme, le envío a mamá la hora de nuestro tren. Adrien cierra el ordenador y recoge el pomo que ha dejado junto a la puerta.
—¿Quieres probarlo?
—¿El qué?
—El pomo. Parecías decepcionada de que no fuera un regalo.
Me lo tiende. La madera está suave bajo mis dedos, pero no resbala. Su forma encaja en mi palma con una naturalidad agradable.
—Es bonito.
—Sobre todo, es cómodo de sujetar.
—Una cosa no quita la otra.
Nuestros dedos se rozan cuando se lo devuelvo. Nadie nos mira. No hay motivo para prolongar el contacto, ni para retirarme tan deprisa como lo hago.
En la calle vuelvo a ponerme los guantes. Ya estoy pensando cómo contarle la velada a Salomé suprimiendo los detalles que la harían sonreír.
Me escribe antes de que lo haya decidido: «¿Sigues viva?».
Respondo: «Sí. Tiene un taller estupendo».
Aparecen tres puntos. Después: «Claro. Todo el mundo sabe que lo peligroso son los muebles».