3. Un nombre en el grupo
A las once y cincuenta y siete del día siguiente estoy convencida de que Adrien ha cambiado de opinión.
Es una certeza agradable. Me permite sentirme decepcionada sin tener que admitir que esperaba su respuesta.
Lavo una taza que ya está limpia, ordeno tres presupuestos y preparo el mensaje digno que enviaré a las doce y un minuto: «No te preocupes, era una idea absurda. Que pases unas felices fiestas».
A las once y cincuenta y nueve escribe: «Las rayas me van bien. ¿Lo hablamos esta tarde?».
Me siento al borde de la cama. En mi estudio también es el borde del salón y, los días de mucho trabajo, una prolongación del escritorio. De pronto, el piso me parece menos pequeño. Entonces recuerdo lo que acabo de conseguir.
Respondo: «Sí. Gracias».
Añado un árbol de Navidad. Lo borro. Es demasiado pronto para introducir vegetación en nuestra relación.
Mamá llama a las doce y seis, como si tuviera acceso a nuestros mensajes. Contesto con la voz de alguien que, sencillamente, se ha tomado su tiempo para organizar un viaje corriente.
—Se llama Adrien.
—Hola, Lina.
Reconozco la trampa. Me acomodo en ella.
—Hola, mamá.
—Adrien —repite—. Es bonito. ¿Cuándo llegáis?
—El lunes, a primera hora de la tarde. Y nos volvemos el sábado.
Oigo un papel. Seguro que mamá tiene una lista. En nuestra familia nadie desconfía lo suficiente de las listas de los demás.
—Muy bien. ¿Come de todo?
—Que yo sepa.
—¿No se lo has preguntado?
—Se lo pregunto ahora.
—No le escribas mientras hablas conmigo. Tendréis tu habitación.
Cierro los ojos.
—Precisamente, había pensado que Adrien podría dormir en el despacho.
Esta vez se callan hasta las cazuelas.
—¿Por qué?
—Porque estamos empezando.
—Tienes treinta y un años. No hace falta que finjas delante de nosotros.
Hay una forma muy particular de dolor cuando tu madre te anima a ser sincera justo donde no debe.
—Lo prefiero —digo.
—De acuerdo. Habrá que sacar las cajas. Tu padre ha guardado allí los archivadores viejos.
Me sorprende tanto que acepte que dejo pasar dos segundos antes de darle las gracias. Mamá los aprovecha para pasar al siguiente asunto.
—Me he cruzado con la madre de Julien.
Mi cuerpo se tensa antes que mi pensamiento.
—Ah.
—Me ha preguntado por ti. Le he dicho que estás bien.
—Estoy bien.
—Eso le he dicho.
Se instala un silencio. Miro la planta que me regaló Julien y que está mejor desde que él se fue. Durante mucho tiempo me he negado a buscarle un simbolismo. Todavía me resisto.
—Es una buena mujer —añade mamá.
—Lo sé. No he roto con ella.
—Yo no he dicho…
—Lo sé, mamá.
Nos disculpamos casi a la vez, sin utilizar la palabra. Me pregunta si paso frío en el piso. Le pregunto si tiene mejor la rodilla. Así arreglamos los desperfectos: les ponemos una prenda encima y confiamos en que nadie la levante.
Después de la llamada descubro que han añadido a Adrien al grupo de la familia.
No le he dado su número a nadie para esta visita.
Durante un segundo creo que he perdido el control de la tecnología mundial. Luego Zoé me escribe por privado: «Me pasaste su número el año pasado por lo de nuestra estantería. ¿Es el mismo Adrien? He reconocido la foto».
Contemplo el mensaje. Una mala idea nunca se queda sola. Llama a sus conocidos.
En el grupo, papá ha escrito «Bienvenido» y luego ha enviado por error la foto de un cartucho de impresora.
La tía Béatrice pregunta si prefiere vino tinto o blanco.
Mi abuela, que nunca puntúa sus mensajes, escribe ENCANTADA DE CONOCERTE ADRIEN sin tener en cuenta los efectos del volumen tipográfico.
Adrien responde: «Gracias por la bienvenida. Encantado de conoceros el lunes. Tinto o blanco, lo que acompañe mejor la comida».
Una respuesta perfecta. Lo bastante cálida, sin invadir. Mamá añade un pulgar hacia arriba.
Zoé envía una foto de Ninon sosteniendo un dibujo. Dos personajes se dan la mano junto a un árbol gigantesco. El de la derecha tiene el pelo naranja.
«Para la tita y su novio».
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa.
Hasta ese momento había imaginado a los adultos, sus preguntas y mi alivio. Me había olvidado de la niña. No de su existencia: de su confianza. Ninon se toma las palabras en serio. Si le dicen que un hombre está enamorado de su tía, le dibuja el pelo, le reserva un sitio y lo incorpora al mundo.
Llamo a Zoé.
—Podrías haberme preguntado antes de añadirlo.
—Hola a ti también.
—Perdona. Hola. Podrías haberme preguntado.
Nota algo en mi voz. Disminuye el ruido de fondo. Debe de haber salido de la habitación donde está su hija.
—Pensaba que hacía bien. Nunca das información, así que se me ocurrió que así no llegaría a casa de unos desconocidos.
—No te corresponde a ti organizarlo.
—Vale. Lo siento.
Su respuesta inmediata me arrebata la discusión que llevaba preparada. Me quedo con un enfado que no sé dónde poner.
—Y lo de Ninon… No hay que prometerle que él va a estar siempre.
—No le he prometido nada parecido. Le he dicho que vienes con alguien que te gusta.
Oigo a mi sobrina pedir un rotulador y a Hugo responder que está buscando el tapón antes que el rotulador, lo que me parece una buena política familiar.
—¿Tienes miedo de que no dure? —pregunta Zoé.
Miro mi taza. Podría decirle la verdad. Mi hermana tiene veintisiete años, una hija, un marido y la injusta fama de haber acertado en la vida por el orden debido. Hemos dejado que esa comparación se instale entre nosotras como un mueble viejo demasiado pesado para moverlo.
—Estamos empezando —digo.
—Pues podéis estar empezando. Nadie te pide un certificado de garantía.
Pienso en la silla verde. En los calcetines. En el dibujo.
—Eso lo dices tú, pero…
—Mamá se embala. Es mamá. Podemos decirle que frene un poco.
Podemos. Ese pequeño plural me llega más de lo que quisiera.
—No quiero que Ninon se encariñe demasiado deprisa.
—Lina, en octubre se encariñó con una calabaza. Yo me encargo. Tú intenta venir sin pensar que te vas a examinar.
Me río sin querer.
—¿Enterrasteis la calabaza?
—No. Tu cuñado quiso explicarle lo del compost. Ahora vivimos con una niña que pregunta adónde iremos cuando nos pongamos blandos.
Al colgar me siento mejor y peor. Mejor porque mi hermana me ha tendido una mano. Peor porque solo he depositado en ella una parte de mí.
Adrien me llama poco después.
—Ya conozco el modelo de cartucho de tu padre.
—Siento lo del grupo.
—No pasa nada. He tenido recibimientos más hostiles.
—Puedes salirte.
—¿Y dejar a tu abuela gritando sola en el vacío?
Sonrío. Después le hablo de Ninon, del dibujo y de lo incómoda que me siento. Deja de bromear.
—Con ella no vamos a jugar —dice—. Nada de grandes promesas. Nada de «pronto haremos tal cosa» si no pensamos hacerlo.
—De acuerdo.
—Y si pregunta, contestamos con sencillez. Nos estamos conociendo. Eso es verdad.
Miro su foto de perfil. Ha cambiado la que reconoció Zoé. Ahora se distinguen sobre todo una ventana, una planta y su hombro. Es una foto sorprendentemente poco ambiciosa para alguien que podría mejorarla con solo colocarse en el centro.
—Todavía puedes echarte atrás —digo.
—Tú también.
—Lo sé.
—¿Quieres hacerlo?
Me tomo mi tiempo para responder. Por primera vez desde que me inventé a este hombre, alguien me hace la pregunta sin decidir de antemano cuál es la respuesta correcta.
—No.
—Entonces nos vemos a las siete. En el taller. Me dirás qué fotos te recuerdan menos a un sótano.
Cuelgo y abro el grupo familiar.
Mamá acaba de escribir: «Adrien, Lina dice que dormirás en el despacho. Alain está sacando las cajas».
Luego papá añade: «Aprovecho para buscar el contrato de alquiler de 2009».
Adrien responde: «Encantado de contribuir al orden de los archivos».
Me río sola, esta vez de verdad. Quizá así empiezan los problemas: te hacen reír antes de pedirte algo a cambio.