Esta Navidad no vuelvo sola 2. Condiciones generales
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2. Condiciones generales

Adrien no responde enseguida. Deja la taza, se limpia del pulgar una gota de sopa y me mira como si le hubiera propuesto cruzar París dentro de un armario.

—Quieres que finja ser tu pareja.

Dicho por otra persona, mi proyecto pierde varias capas de credibilidad.

—Si lo planteas así…

—¿Se puede plantear de otra manera?

—Como un favor puntual.

Salomé se levanta.

—Voy a buscar queso. Hay conversaciones que necesitan calcio.

La retengo por la manga.

—Puedes quedarte.

—Ya lo sé. Quiero queso.

Adrien espera a que se aleje antes de continuar.

—¿Por qué yo?

Porque estás aquí. Porque tienes unas manos bonitas. Porque me has ofrecido una sin decidir por mí que me iba a caer. Porque estoy cansada de pensar y, por una vez, una mala idea parece una ventana.

—Sabes mantener la calma —digo.

—Nunca me has visto montar un mueble comprado por internet.

—Nos conocemos lo suficiente para no ser dos desconocidos. Y no tanto como para complicarnos la vida.

Inclina la cabeza.

—¿Esa es tu definición de seguridad?

Bajo la mirada. En la mesa, una gota de vino se ha detenido al borde de una factura. La seco con una servilleta.

—No. Es mi definición de una idea que se me acaba de ocurrir y que todavía no he tenido tiempo de odiar.

Sonríe. Me gusta más cuando sonríe de verdad. Se le forma un pequeño hoyuelo junto a la mejilla izquierda. Un dato sin ninguna utilidad práctica.

Salomé vuelve con un plato y un cuchillo de untar que, a todas luces, no va a estar a la altura de su misión.

—Antes de nada —dice—, puedes negarte. Y tú, Lina, todavía puedes decir la verdad. Que estemos en una librería no nos obliga a vivir una novela.

—Lo sé.

—Lo digo por si luego hay reclamaciones.

Adrien se cruza de brazos.

—¿Y qué esperas de mí, exactamente?

Ese «exactamente» me tranquiliza. Entramos en un terreno donde puedo hacer listas.

—Venir a Orléans del veintiuno al veintiséis. Ser educado. Comer. Contestar algunas preguntas. No abrir un debate sobre educación infantil con mi tía.

—¿Es profesora?

—No. Ha criado a dos personas y considera que eso la convierte en experta en ocho mil millones.

Salomé me lanza una mirada.

—También es muy generosa.

—Te dio de comer una vez. No puedes ser objetiva.

—Tres veces.

Adrien coge una rebanada de pan.

—¿Y después?

—Después de las fiestas decidimos que estamos mejor como amigos.

—¿Lo decidimos de verdad o anunciamos que lo hemos decidido?

—Lo segundo.

—Son muchas decisiones ficticias para tan pocos días.

Me incorporo.

—Mira, olvídalo. Lo siento. Has arreglado un mueble; no has pedido arreglarme la vida.

No se apresura a tranquilizarme. Mira la lluvia al otro lado del cristal, se toma su tiempo para tragar y vuelve a mirarme.

—No he dicho que no.

Salomé cierra los ojos como quien oye arrancar una máquina que acaba de desenchufar.

—Quizá deberías —digo.

—Probablemente. Pero no he dicho que no.

—No tienes ninguna obligación de salvarme la noche.

Se recuesta en la silla.

—Pensaba más bien en la mía. Las Navidades pasadas las pasé en el taller. A las diez de la noche descubrí que conocía mejor los horarios de reparto que los de mi madre.

Salomé deja de rebuscar en el bolso. Adrien se encoge de hombros.

—No fue ningún drama. Tenía calefacción, cena, una película. Pero no me apetece repetirlo. Y me gusta hablar contigo, incluso cuando propones cosas absurdas.

Miro la mesa para darle tiempo a arrepentirse de esa última frase. No la retira.

—Podrías ir como amigo —dice Salomé.

—Sí —responde él.

Los dos me miran. Acaba de abrirse una salida perfectamente transitable y yo sigo empeñada en quedarme al otro lado.

—Tendría que dar explicaciones antes —digo.

Salomé levanta las manos. Adrien deja de sonreír.

—Entonces no nos contemos que no tenemos otra opción.

—No.

Espera un instante más.

—Voy a pensármelo hasta mañana. De momento, quiero saber a qué estaría diciendo que sí.

Mi corazón hace algo completamente inútil.

—¿Quieres que te pague?

La pregunta sale demasiado deprisa. No parece ofendido, solo sorprendido.

—No.

—Pensaba que…

—Lina, me estás proponiendo un papel raro, no que te instale el parqué.

—De acuerdo.

—Lo que sí tengo son unas fotos malísimas del taller. Parece que vendo sótanos húmedos. Podrías ayudarme a repetirlas en enero. Un día. Con un fondo de verdad y una luz de verdad, sin mi toalla de baño.

Vuelvo a respirar.

—Eso sí sé hacerlo.

—Ya sé que sabes. He visto la tienda de té.

Lo dice sin énfasis. Quizá por eso me llega tanto el cumplido.

—Aun así, te dibujé un arco imposible.

—Me dibujaste un arco bonito. Solo le faltaba el permiso para existir.

Salomé consigue cortar el queso con una herramienta más convincente.

—Os dejo cinco minutos para redactar las condiciones generales —anuncia—. Después cierro y os vais cada uno a vuestra casa a pensarlo con el cerebro entero.

Saco una libreta. Adrien se ríe.

—Estás de broma.

—Trabajo mejor si lo pongo por escrito.

—Eso era precisamente lo que me temía.

Escribo «Navidad» al principio de una página. Lo tacho. Luego escribo «Estancia en Orléans». Resulta menos comprometedor si me muero y alguien registra mi bolso.

—Primera norma —digo—. Nada de promesas de matrimonio.

—Ambicioso punto de partida.

—No conoces a mi tía.

—De acuerdo. Nada de bodas. Ni de hijos imaginarios.

Lo apunto.

—Segunda norma: preguntamos antes de tocarnos. Cogernos de la mano, pasar un brazo por los hombros del otro… Sin sorpresas.

Su expresión cambia un poco. Se vuelve atenta.

—Sí. Y un no sigue siendo un no, incluso delante de tu familia.

Escribo la frase entera.

—Tercera norma: dormimos separados.

—¿Estás segura de que tu madre ha preparado dos habitaciones?

—Ha preparado una silla. Iré resolviendo los asuntos de uno en uno.

—Puedo ir a un hotel.

—Prefiero que tengamos esa opción. No quiero que te sientas atrapado.

—Ni tú tampoco.

Me coge el bolígrafo con suavidad y añade una línea: «Cualquiera de los dos puede dejarlo».

Su letra es menos regular que la mía. Se inclina hacia delante, como si tuviera un sitio al que ir.

—Cuarta norma —dice—. Si alguien me hace una pregunta que no quiero contestar, no la contesto. Lo mismo vale para ti.

—Les va a parecer raro.

—Las parejas de verdad no tienen gabinete de prensa.

Me río. No había previsto que fuera tan fácil reírme con él.

Decidimos que estamos saliendo desde octubre, lo que nos ahorra inventar un aniversario de verano.

Nos fuimos acercando mientras trabajábamos en un proyecto, que es casi verdad.

Le gustan las películas antiguas, que es completamente verdad.

Yo odio las pasas en los platos salados, un dato que recibe con una seriedad desproporcionada.

—¿Es importante para el papel?

—Es importante para la humanidad.

Descubro que toma el café sin azúcar, pero se come las galletas más dulces que encuentra. Que escucha la radio mientras trabaja y la apaga en cuanto alguien entra en el taller. Que no le gusta que den un objeto roto por perdido antes de haberlo mirado.

Él descubre que guardo todas las entradas de los espectáculos, incluso de los malos. Que ordeno mis libros por etapas de mi vida en vez de por autores. Que en el tren siempre elijo el asiento del pasillo porque me gusta poder levantarme sin pedir permiso.

—Eso —dice— lo puedo recordar.

—No hace falta que lo memorices todo.

—Lo sé.

Se hace un silencio. No el de antes, que buscaba una salida. Otro distinto. Me apresuro demasiado a llenarlo.

—Mi madre se llama Mireille. Mi padre, Alain. Mi hermana, Zoé. Hugo es su marido. Ninon, su hija. También estarán mi tía Béatrice y mi abuela Élisabeth. No todos duermen en casa, pero todos tienen una opinión sobre quienes sí lo hacen.

—¿Y tú cómo te llamas de nombre completo? —pregunta con una sonrisa.

—Lina Morel. Lo pone en mis facturas.

—Me fijé sobre todo en el importe.

—Eso es ofensivo.

—Adrien Delcourt —dice—. Por si tú solo te fijaste en mis centímetros de más.

Repito su apellido para recordarlo. No me suena. En mi familia, las cosas de las que dejamos de hablar suelen acabar perdiendo hasta el nombre.

Salomé apaga una fila de lámparas.

—Última llamada para los viajeros con destino a una mala idea.

Adrien se pone el abrigo. Delante de la puerta me devuelve la libreta.

—Nos damos hasta mañana al mediodía. Si uno cambia de opinión, no tiene que justificarse.

—De acuerdo.

—Y hasta entonces no llamas a tu madre.

Bajo los ojos hacia el móvil. Acaba de vibrar.

Mamá ha enviado una foto de la silla. Verde, en efecto. Sobre el asiento hay un par de calcetines todavía unidos por la etiqueta.

Debajo de la foto ha escrito: «¿Le gustan las rayas?».

Le enseño la pantalla a Adrien. La observa un momento.

—Depende de su proyecto de vida —dice.

Luego sale a la lluvia y yo me quedo en la librería con una libreta llena de normas y la peligrosa impresión de haber encontrado una solución.