Esta Navidad no vuelvo sola
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1. Una silla de más
Mi madre ha comprado una silla para un hombre que no existe.
Me lo anuncia un jueves, a las siete y doce de la tarde, mientras estoy subida a una escalera de tijera, con una estrella de cartón entre los dientes y el móvil sujeto entre el hombro y la oreja.
Debajo de mí, el escaparate de una librería parisina parece el resultado de un bosque que hubiera decidido vender novelas.
—Una silla de verdad —precisa—. Alain quería usar la del despacho, pero se baja sola. No se recibe a alguien por primera vez en una silla que se baja sola.
Me saco la estrella de la boca.
—Buenas tardes a ti también, mamá.
—Ya te he saludado.
—Has dicho: «He encontrado una silla».
—Era un saludo con información.
En el reflejo del cristal veo a Salomé levantar la vista de la caja. Reconoce mi manera de inclinar la cabeza. Al parecer, las hijas que hablan con su madre mientras esperan que una pequeña catástrofe interrumpa la conversación adoptan una postura muy concreta.
—Es verde —prosigue mamá.
—¿Quién?
—La silla, Lina. ¿Sigues trabajando?
—Un poco.
—Siempre trabajas un poco. Tu padre quiere saber si el veintiuno llegáis antes o después de comer.
Llegáis. Dos personas. Dos abrigos en la entrada. Dos vasos junto a los platos. Se me encoge el estómago con precisión administrativa.
En junio, Julien me dejó. En septiembre dejé de llorar cada vez que encontraba su champú. En noviembre, en la tercera conversación familiar que empezaba con un «¿y de amores?», pronuncié una frase que debería haber dejado morir antes de la segunda palabra.
Estoy saliendo con alguien.
Por entonces, ese alguien era un repartidor de fideos al que había visto tres veces en una semana. Naturalmente, omití ese detalle.
—Te lo confirmo mañana —digo.
—El domingo ya me dijiste mañana.
—Era otro mañana.
Al pie de la escalera, Salomé se pasa un dedo por el cuello. Le contesto con un gesto igual de profesional: le enseño la estrella.
—Tu hermana ya se lo ha contado a Ninon —añade mamá—. Le ha explicado que el tío Julien ya no va a venir y que tienes un novio nuevo. Conviene no volver a cambiar el reparto; la niña tiene una memoria excelente.
Cierro los ojos.
—Zoé podría haber esperado.
—¿A qué?
La pregunta es sencilla. No encierra ninguna amenaza. Por eso cuesta tanto responder.
—A que se lo contara yo.
Mamá hace una pausa. A través del teléfono oigo la tapa de una cazuela y luego la voz de papá, que pregunta dónde están las pilas.
—Tienes razón —dice al fin—. Se lo diré. Pero dinos al menos cómo se llama. No voy a escribir «el señor de Lina» en el paquetito.
—¿Le has comprado un regalo?
—Unos calcetines. Se pueden regalar calcetines sin saber el nombre de una persona.
Podría aprovechar este momento. Basta con decir: mamá, he mentido porque cada vez que vuelvo sola tratáis mi soltería como si hubiera perdido un enlace de tren. Nada me impide pronunciar esas palabras. Salvo el vértigo. Salvo ese miedo absurdo a que me responda que lo sabía desde el principio.
A mi espalda suena un golpe seco. La estantería donde exponemos nuestras lecturas favoritas acaba de inclinarse peligrosamente. Un hombre agachado junto a ella la sujeta con una mano.
—Que nadie se mueva —dice.
El universo me ofrece una salida.
—Mamá, se está cayendo un mueble. Te llamo luego.
—¿Lina?
—Yo no soy la que se cae.
Cuelgo antes de que pueda apreciar el matiz.
El hombre endereza la estantería, coloca una cuña debajo y se incorpora. Adrien. Sé cómo se llama porque Salomé lleva repitiéndolo desde el lunes: Adrien va a arreglar la balda, Adrien ha encontrado madera, Adrien dice que no se cuelgan doce kilos de un taco elegido por su color.
Hemos trabajado juntos dos veces. Una, en el decorado de una feria; otra, en una tienda de té para la que yo había dibujado un arco demasiado fino para mantenerse en pie.
Lo construyó casi tal como lo había imaginado, añadiéndole tres centímetros que le reproché durante media hora, hasta reconocer que la gravedad tenía argumentos de peso.
Hoy lleva un jersey gris, unos pantalones cubiertos de polvo y esa expresión tranquila de quienes saben para qué sirve cada pieza de su caja de herramientas.
—Ya estaba torcida antes de Navidad —aclara Salomé.
—Es más: ahí reside su concepto decorativo —responde él.
Bajo de la escalera. El último peldaño está más lejos de lo que esperaba. Adrien me ofrece la mano sin agarrarme. Me apoyo en ella, piso el suelo y retiro los dedos enseguida.
—Gracias.
—¿Por la estantería o por la coartada?
—Por las dos cosas, creo.
No hace preguntas. Eso me gusta de inmediato, motivo suficiente para dejar de mirarlo.
Salomé cierra la puerta cuando salen los últimos clientes.
Fuera, la gente camina bajo paraguas inclinados, con bolsas brillantes pegadas a las piernas.
La nieve que anunciaba mi aplicación del tiempo ha vuelto a elegir el estado líquido.
Sobre el restaurante de enfrente parpadea una guirnalda azul con la obstinación de un aparato que pide a gritos que lo desenchufen.
—Tengo vino —anuncia Salomé—. Y una sopa que se hace llamar crema para justificar lo que cuesta.
—Tengo que terminar —digo.
—Llevas cuarenta minutos terminando. Esa estrella ha cambiado de sitio seis veces.
—El equilibrio visual importa.
—Y tu equilibrio interior también. Siéntate.
Adrien cierra su caja.
—Os dejo tranquilas.
—Quédate a tomar una copa —le propone ella—. Acabas de salvar la literatura contemporánea. Tenemos que darte las gracias.
Duda, mira el móvil sin encender la pantalla y acepta.
Nos acomodamos al fondo de la librería en tres sillas que no se bajan solas. Salomé sirve la sopa en tazas promocionales y deja una botella entre las facturas. Bebo demasiado deprisa. El calor me quema la lengua y me ahorra una frase.
—¿Tu madre? —pregunta.
Asiento.
—Ha comprado una silla.
Salomé me mira. Después mira a Adrien. Y vuelve a mirarme con la delicadeza de una mujer que, si quisiera, podría dedicarse a desactivar explosivos.
—¿Para tu… invitado?
—Sí.
Adrien sopla la sopa. Hace un esfuerzo admirable por convertirse en parte del mobiliario.
—Díselo —me aconseja Salomé.
—Se lo voy a decir.
—Eso dijiste antes de que comprara el regalo.
—¿Sabías lo de los calcetines?
—No sabía lo de los calcetines.
Se me escapa una risa. Breve, algo desagradable: la que me sale cuando descubro que una situación ridícula todavía tiene un sótano.
—He dejado que mi familia crea que estoy con alguien —le explico a Adrien—. Eso es todo. No lo hago habitualmente. No me invento una pareja para cada comida.
—Solo para las que incluyen una silla nueva.
Lo miro. Sigue casi serio.
—¿Te estás burlando de mí?
—Un poco. Pero con todo el respeto hacia el mobiliario.
Salomé se ríe abiertamente. Yo también, y algo se afloja dentro de mi pecho.
—Solo quería pasar unas Navidades sin que nadie me preguntara si me había apuntado a una aplicación —digo—. O si le había dado una oportunidad al hijo de una amiga. O si era demasiado exigente, que tiene su gracia viniendo de gente que devuelve un mango porque no está bastante maduro.
—¿Has intentado decírselo? —pregunta Adrien.
—Con menos fruta, sí.
—¿Y?
—Me dijeron que me lo tomaba todo a mal.
Salomé me acerca una rebanada de pan.
—Tu madre se preocupa por ti. No siempre sabe hacerlo sin organizarles la vida a los demás.
Odio que mi mejor amiga dé la razón a los dos bandos. Es un talento que, en el momento, no le sirve de nada a nadie.
—¿Tú qué haces en Navidad? —pregunta ella de pronto.
Creo que se dirige a mí, hasta que sigo su mirada y llego a Adrien.
—Nada espectacular. Mi madre se va a casa de su hermana. Mi padre y yo… ya no celebramos gran cosa juntos. Tengo que volver a hacer las fotos del taller. Y ordenar presupuestos.
—Pura magia —murmura Salomé.
—He previsto una pizza para Nochebuena. Respeto las tradiciones.
Lo dice sonriendo, pero no del todo. Conozco esa sonrisa. Es la que se usa para cerrar una puerta sin que parezca un portazo.
Entonces llega la idea. No como un relámpago, sino como una pequeña cuenta vergonzosa: un hombre solo, una silla vacía, seis días a los que sobrevivir y luego cada uno a su casa.
Dejo la taza.
—Adrien.
Él levanta la vista.
—Voy a hacerte una pregunta totalmente fuera de lugar.
—¿Más que pedirle a una estantería que se sostenga sobre tres patas?
Salomé deja de masticar.
—¿Vendrías a pasar la Navidad conmigo?
El silencio dura lo suficiente para que arranque la calefacción y los tres oigamos su primer chasquido.
—¿Como carpintero? —pregunta al fin.
—No exactamente.
Salomé se tapa la cara con las manos.
Y yo, por primera vez en tres semanas, no tengo ninguna mentira preparada.