Esta es tu casa Primera noche #3
98%

Primera noche #3

Al niño le bastó oírlo para saltar del arcón congelador, coger la escoba que había en un rincón y salir de la cocina dando voces.

Espantada, Emilia lo vio correr por el pasillo y detenerse en el recibidor. Con la linterna en una mano y la escoba en la otra, el niño gritó: ¡Sal de mi casa!

Mirando por la ventana de la cocina, se preguntaba quiénes eran aquellas personas. En un primer momento, pensó que la mujer era Katharina, pero cuando el haz de una linterna le iluminó la cara vio que no.

¿Dónde estaban Jon y Katharina? ¿Aquella mujer y aquellos niños tenían alguna relación con ellos?

También le enojaba que no le prestaran atención, pese a lo ocupados que estaban.

Decidió esperar antes de entrar en la casa; la puerta trasera estaba abierta de par en par. Los observaría un poco más, tal vez obtuviera alguna pista acerca de quiénes eran.

En cuanto a prestarles ayuda, no se le pasó por la cabeza hacerlo. Fueran quienes fueran, no debían estar allí.

Quedó a la espera de lo que fuera a pasar, sin soltar la piedra.

La perra se zafó de los brazos de la niña, saltó al suelo y corrió detrás del niño. Juntos se plantaron en el recibidor; uno, aporreando el suelo con el mango de la escoba; la otra, ladrando.

Consiguieron lo que se proponían. El jabalí salió de la habitación y los miró. Se encaminó hacia ellos al trote.

Emilia saltó de la mesa. La perra se había adelantado para plantar cara al jabalí. Este se movió a la derecha, a la izquierda, tratando de alcanzar al niño, pero la perra no cesaba de cortarle el paso.

Esa breve pausa bastó a Emilia para agarrar al niño por el cogote y tirar de él hacia la cocina.

Estaba más que dispuesta a abofetearlo si se resistía.

Sin embargo, no fue necesario. Ver de cerca al jabalí había anulado el arrojo del niño, que soltó la escoba y corrió con Emilia a la cocina.

Los dos se subieron a la mesa. La perra calló repentinamente en mitad de un ladrido.

Harto de intentar esquivarla, el jabalí la había embestido. Emilia y el niño vieron a la perra lanzada hacia arriba. Golpeó el techo y cayó al suelo como un almohadón empapado.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?, quiso saber la niña.

Desde la despensa no podía ver el pasillo.

No te muevas, dijo Emilia, sin despegar la mirada del jabalí.

Este se acercaba trotando. Justo antes de llegar a la cocina, quizá deslumbrado por la linterna de Emilia, dobló a la derecha y entró en la sala de estar.

¿Los niños eran hijos de aquella mujer? ¿Quién era? Jon no tenía ninguna hermana. De eso estaba seguro.

Los ladridos de la perra le recordaron que también él tenía perros, dos pastores alemanes.

Edgar y Edmund. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no habían salido a recibirlo como solían hacer?

¿Es que ya no le importaba a nadie? Se empezaba a sentir como un cabo suelto condenado a quedarse así, como una promesa pendiente que, con el paso del tiempo, había dejado de despertar curiosidad.

Nadie se hacía preguntas sobre él porque otros acontecimientos, más cercanos, más perentorios y de mayor entidad, atraían toda la atención.

Emilia encontraba consuelo —poco— en que los muebles fueran nuevos. No quedaba nada con historia. Los tocadores, los armarios, las camas fabricadas con maderas adquiridas en Cuba por la familia de Jon se habían vendido hacía mucho.

Desde la sala de estar llegó un crujido de cristal al romperse.

La tele, susurró el niño.

No hubo más ruido. En el pasillo quedaban restos de niebla, en la unión de las paredes con el techo, como telarañas.

¿Qué pasa?, dijo el niño.

Cállate, susurró Emilia, con voz plana, esforzándose por escuchar.

¿Qué hacemos?, preguntó él.

Te he dicho que te calles, respondió Emilia, a la vez que le apretaba el brazo con intención de hacerle daño.

El niño hizo una mueca de dolor y se calló.

Despacio, sin dejar de mirar hacia la puerta, poniendo cuidado en no hacer ruido, Emilia bajó de la mesa. Se llevó el índice a los labios para ordenar a los críos que no abrieran la boca.

Había dado un par de pasos hacia la despensa cuando se detuvo. Por señas, le indicó al niño que la siguiera. Si el jabalí había sacado una puerta de los goznes, seguro que también podía volcar una mesa.

Obligó al niño a subirse al arcón congelador y repitió la orden de silencio.

Abrió el armario donde se guardaban los artículos de limpieza. Cogió una botella de amoníaco. Desenroscó el tapón. Luego tal vez no tuviera tiempo. Los niños la miraban con los ojos muy abiertos. Cogió su móvil y lo desbloqueó. Se lo entregó al niño y pegó la boca a su oreja para hablarle.

Si me pasa algo. Llama a tu padre.

Él siguió mirándola fijamente. Emilia le dio un par de cachetes, como los que se le aplican a alguien que ha perdido el sentido.

¿Entendido?

Asintió. La niña se había acurrucado detrás de él. No dejaba de temblar. Tenía tanto miedo que ni siquiera se atrevía a preguntar qué había sido de la perra.

Emilia volvió a acercarse a la oreja del crío.

Llama solo si me pasa algo. Y que no se os ocurra bajar de aquí.

Cogió la botella de amoniaco y la linterna.

Se movió con la espalda pegada a las paredes y la linterna apuntando al suelo. Al salir de la despensa, cerró la puerta. Hizo lo mismo cuando salió de la cocina.

Entró en la sala de estar conteniendo la respiración. Si el jabalí la atacaba, ella echaría a correr e intentaría salir de la casa. Al menos, sacaría de allí al animal.

Continuaba sin oírse nada. No dejó de mantener la linterna baja. La mesa de centro donde Jon y su padre acumulaban periódicos y suplementos culturales atrasados estaba volcada. En efecto, tendrían comprar un aparato de televisión nuevo. Cuando vio al jabalí, sintió que se le paraba el corazón.

Estaba en el sofá junto a la ventana, tendido como un gato, con las patas delanteras plegadas bajo el corpachón.

Se dedicaba a restregar el hocico contra el cristal, embadurnándolo con un rastro mocoso, como si olfateara el exterior.

El sofá estaba manchado de sangre. Se debía de haber herido al arremeter contra los muebles, o tal vez fuera sangre de la perra.

Para dejar libre la salida, Emilia rodeó la sala de estar pegada a las paredes, subiéndose a los sillones cuando era necesario. El jabalí la miró de reojo.

Cuando no se atrevió a acercarse más, vertió al suelo un chorro de amoníaco. El fuerte olor le hizo apartar la cara, pero al jabalí no le arrancó ninguna reacción. Volvía a mirar hacia fuera, sin hacerle caso.

Lo intentó de nuevo. El amoniaco salpicó la tapicería.

Envalentonada, y también porque quería que aquello terminara lo antes posible, del modo que fuera, pues los vapores la estaban mareando, sacudió la botella con mayor fuerza.

Más amoniaco fue a parar a la tapicería, e incluso mojó el hirsuto pelaje del jabalí, que se puso en pie, reculó apartándose del olor y se cayó por un lado del sofá.

Se levantó atropelladamente, patinando, aturdido por los vapores.

Emilia estiró los brazos, le apuntó con la linterna y con la botella de amoniaco, una actitud absurda, pero la linterna y la botella eran cuanto tenía para defenderse.

El jabalí resopló y salió de la sala de estar a la carrera. En el pasillo, patinó. Emilia reconstruyó su recorrido por el ruido de las pezuñas. Cuando el jabalí iba por mitad del pasillo, se hizo el silencio. ¿Había salido de la casa?

Fue a comprobarlo, sin dejar de apuntar hacia delante con la linterna y la botella. Pasó con cuidado por encima del cuerpo de la perra. En efecto, se había ido.

Soltó la botella de amoníaco y levantó a la perra.

No lamentaba su muerte. Que el incidente hubiera concluido con esa única pérdida le parecía un resultado más que aceptable.

Además, ella no había sido la responsable.

Si el crío hubiera tenido más cabeza y se hubiera quedado en la despensa, la perra seguiría viva.

Dejaría que él llegara a la conclusión por sí mismo.

Iba a cerrar la puerta de la casa cuando se acordó de algo. Volvió corriendo a la despensa y le arrebató el móvil al niño.

Entró en la casa y se quedó plantado en el recibidor. En la cocina, la mujer había dejado al perro muerto sobre la mesa. Los niños lloraban. Ella consolaba a la niña.

Esperaba que ahora sí se fijaran en él. Iba a decir algo para anunciar su presencia, pero se interrumpió antes de que ningún sonido saliera de su garganta. Alguien subía las escaleras que llevaban a la planta baja.

No había más luz que la de las linternas, y ambas estaban en la cocina.

Una silueta se detuvo a mitad de las escaleras.

Era delgada. Llevaba una vestimenta larga, hasta los tobillos, ceñida a la cintura, una bata o un hábito.

Las manos a la espalda. Era cuanto pudo distinguir.

Descartó que fuera Jon. Descartó también a Katharina.

Le extrañó que hubiera alguien más en la casa y que esa persona no hubiera hecho aparición hasta ese momento. ¿Había estado todo ese tiempo en el piso de abajo, escondida del jabalí?

Buenas noches, dijo la silueta.

Tenía voz de mujer mayor, cordial.

Hola, dijo él.

¿Quién eres?

Markel.

Me lo había parecido. Bienvenido.

Gracias, acertó él a decir.

Miró hacia la cocina. La mujer y los niños seguían alrededor del perro. Parecía como si no los oyeran.

Markel, dijo la silueta. Sí. Me acuerdo de ti.

¿De veras?

El primo de Jon. Primo segundo. Venías a casa de niño. También viniste después, pero recuerdo mejor tus primeras visitas. Tenías un juguete que te gustaba mucho, un jeep de safari. También un muñeco de un rinoceronte.

Es verdad, dijo Markel, emocionado; hacía décadas que no lo recordaba.

Te encantaba jugar en el jardín. Escondías el rinoceronte entre la hierba.

Sí, sí, respondió él.

No sabía con quién estaba hablando, pero aquella mujer lo conocía, se acordaba de él y le estaba prestando atención.

¿Quién es usted? Me temo que no la recuerdo.