Esta es tu casa Primera noche #2
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Primera noche #2

Sabía que estaba en un bosque porque la niebla retrocedía, despejando un claro circular, cuyo centro ocupaba él.

Era más bien un bosquecillo, un soto. Las palabras acudían a su cabeza a medida que la pereza mental se retiraba, simultáneamente a la niebla.

Sabía que los árboles eran castaños. Sabía que la zanja en el suelo, a unos pasos de donde estaba, eran los restos de un antiguo horno de cal.

Reconoció el lugar. Estaba en Ribadesella. Cerca de la casa de Jon.

Tuvo un sobresalto. De entre la niebla, desde diferentes lugares, llegaron ruidos. Vegetación sacudida, ramas partidas, hojarasca pisoteada. También gruñidos.

El niño repitió que había oído algo fuera. Su hermana y él seguían pegados a la ventana, apuntando al exterior con su linterna.

Emilia había dejado la otra linterna, encendida, sobre la encimera de la cocina y retomado sus tareas, como si no sucediera nada a lo que mereciera la pena conceder atención. Había terminado de recoger la mesa y estaba secando los platos.

Yo no he oído nada. ¿Tú has oído algo, cariño?, preguntó a la niña.

No. Pero ahora hay menos niebla.

¡Escuchad! Lo he oído otra vez, dijo el niño. En el monte.

Emilia miró hacia fuera. No vio ni oyó nada. Giró la manilla de la ventana.

¡No abras!, dijo la niña.

¿Por qué? No pasa nada.

Si abres, entrará la niebla.

Estaba asustada de verdad.

De acuerdo, dijo Emilia. No pasa nada, repitió. Me voy a asomar a la puerta. Vosotros esperadme aquí.

Cogió su linterna y fue a la puerta trasera de la casa.

En cuanto la abrió, la niebla se derramó sobre sus pies, cubriéndolos, le subió hasta los muslos, se extendió por el recibidor y se dividió.

Una parte continuó de frente y resbaló por las escaleras, camino de la planta baja; otra, dobló hacia la derecha y siguió el pasillo hacia las habitaciones; y una tercera, tomó el pasillo de la izquierda, a cuyo extremo estaba la cocina.

Los niños la vieron acercarse. Retrocedieron de espaldas, sin dejar de apuntar a la niebla con su linterna, como si fuera un animal al que se pudiera deslumbrar.

Se esparció sobre los azulejos. Ellos siguieron reculando y entraron en la despensa.

Se encaramaron al arcón congelador. Subieron también a la perra.

La niña la abrazó con fuerza. La niebla los siguió hasta allí dentro y el suelo de la despensa quedó cubierto por un lecho blanquecino de un palmo de espesor.

No llegó más arriba. El arcón congelador estaba junto a una ventana que daba a la parte trasera de la casa.

Miraron hacia fuera, donde vieron el haz de luz de la linterna de Emilia escrutar la niebla.

Los ruidos se alejaron. No llegó a ver qué los producía. La niebla retrocedía, pero los ruidos lo hacían a mayor velocidad.

El alivio no era ya la sensación preponderante. Había dejado de serlo en cuanto supo dónde estaba, y que bastaba con que saliera del bosquecillo, pasara sobre el murete de piedra seca que discurría al pie de la hilera de eucaliptos y bajara la ladera para llegar a la casa de Jon y Katharina.

Los sentimientos que ahora asfixiaban a todos los demás eran el reproche y la aversión.

Experimentarlos fue, asimismo, volver a un lugar familiar, donde había residido el último periodo de su vida, rumiando el perjuicio causado por aquellos dos, manteniéndolo vivo e íntegro en el recuerdo, agigantándolo incluso, y anhelando la oportunidad de reencontrarse con ellos para ajustar cuentas.

Emilia refrenaba las ganas de llamar a Jon.

¿Había alguna justificación para hacerlo, más allá de mendigar consuelo?

¿Qué le diría? ¿Le explicaría lo que estaba pasando y le preguntaría si entre todas las cosas que habían sucedido en la casa, o que él afirmaba que habían sucedido, existía algún precedente?

Y él respondería: ¿Precedentes de qué? ¿De niebla?

¿De apagones? Y ella no sabría qué decir, y se sentiría avergonzada, y se arrepentiría de haberlo alarmado sin motivo, porque él, aunque en ese momento no se lo echara en cara, dudaría de su competencia para encargarse de los niños.

Es más, quizá, de pronto, dudaría de toda ella, de cada una de sus cualidades, incluyendo su integridad y su compromiso.

Le surgirían interrogantes acerca de la medida en que podía confiar en su pareja.

Apuntaba con la linterna hacia la niebla. Al principio no distinguió nada, pero al cabo de un momento la luz llegó al gallinero. Luego, más allá.

La niebla se retiraba con rapidez, como había llegado. Sobrevivían hilachas prendidas a la base de los árboles.

Un crujido en la parte alta de la ladera, cerca de los eucaliptos, la sobresaltó. Apuntó hacia allí con la linterna, sin distinguir nada. ¿Era eso lo que el niño había oído?

A su derecha, el haz de otra linterna bailaba en la ventana de la despensa. Los niños pegaban la cara al cristal.

Otro crujido, más cercano. Y de inmediato, un segundo y un tercero, más cerca también, y gruñidos.

En un primer instante no supo qué eran, ocultos por la oscuridad, la maleza y los residuos de niebla.

Parecían rocas que rodaran por la ladera, dando botes, hacia la casa, como una técnica de asedio primitiva.

Hacían quiebros repentinos, entrechocaban, se revolcaban y continuaban bajando, grandes y pequeños.

Sin suministro, el pastor eléctrico tendido por el padre de Jon, no sirvió de nada.

Los jabalíes lo arramblaron sin frenar su carrera.

Había media docena de adultos, aunque la oscuridad y la confusión causaban que parecieran muchos más. Los jabatos eran incontables. A medias trotaban, a medias bajaban rodando.

Cuando llegaron al gallinero, la estampida se dividió en dos para evitarlo y cada grupo desapareció por un costado de la casa. Solo quedó algún rezagado.

Un jabato tropezó mientras trataba de esquivar el gallinero, cayó dando vueltas por un costado e, incapaz de detenerse, se estampó contra la casa, a escasos dos metros de Emilia, que le apuntó con la linterna. El jabato se puso en pie y se alejó cojeando.

La madre del jabato sí esquivó el gallinero. Temiendo que su cría se hallara amenazada, arremetió contra Emilia.

Si estaba al lado mismo de la casa de Jon y Katharina, ¿por qué no habían salido a recibirlo?

¿Es que no les interesaba lo que tenía que contarles?

¿Habían tardado tan poco en olvidarse de él?

¿Se habían vuelto a acomodar en su vida fácil, regalada, en sus cuchicheos, en su falsa modestia, detrás de la que no había nada más que arrogancia y un egoísmo rayano en lo monstruoso?

Esta vez no se librarían de él tan fácilmente. Estaba resuelto a decirle a Jon lo que le tenía que decir, cuál era su propósito, cuál su legitimidad. En esta ocasión, sin rodeos ni miramientos. No se volvería a ir de la casa sin lo que quería.

Echó a caminar. La claridad de la luna le ayudó a encontrar el camino.

En la hilera de eucaliptos se detuvo y miró hacia abajo. Las luces de la casa estaban apagadas. No vio más que destellos detrás de una ventana, como si dentro alguien se moviera con una linterna. También llegó hasta él, en la quietud de la noche, un estrépito de rotura de objetos.

No sabía qué estaba pasando, pero eso no le hizo variar de intención.

Al pasar por encima del murete que corría parejo a los eucaliptos, cogió una piedra que parecía hecha a la medida de su mano, con aristas afiladas.

No tuvo tiempo de cerrar la puerta. Saltó a un lado justo antes de que el jabalí entrara en tromba.

El animal impactó contra una pared, bajo un espejo que se tambaleó con el golpe.

Aturdido, resopló y giró sobre sí mismo, decidiendo hacia dónde dirigirse.

El recibidor estaba en el centro del pasillo.

En un extremo, los dormitorios; en el otro, la cocina.

No, por ahí no, por ahí no.

Emilia no supo si lo pensó o si lo dijo en voz alta.

Vamos, sal, sal de aquí.

¿Qué pasa?, preguntó la niña desde la despensa, y seguidamente llegó una ráfaga de ladridos de la perra.

¿Voy? ¿Te ayudo?, preguntó el niño, gritando para hacerse oír.

¡No!, gritó a su vez Emilia. ¡No os mováis de ahí!

Espantado por los gritos y los ladridos, el jabalí corrió hacia las habitaciones.

Emilia no perdió ni un segundo. Se apresuró a regresar a la cocina, donde se subió de un salto a la mesa.

Antes de llegar, oyó un fuerte golpe a su espalda, aunque no por eso se detuvo.

El jabalí había embestido contra una puerta y, a juzgar por el ruido, debía de haberla sacado de los goznes.

¿Estáis bien?

Sí.

Yo también.

La perra no dejaba de ladrar, revolviéndose en brazos de la niña.

No la sueltes. Agárrala fuerte.

¿Ha entrado un jabalí?, preguntó el niño, asustado. ¿Dónde está?

Desde donde se encontraba, Emilia veía toda la extensión del pasillo y también la despensa, donde los niños seguían sobre el arcón congelador.

¡No bajéis de ahí! ¡Pase lo que pase no bajéis de ahí!

¿Por qué?, preguntó la niña. ¿Qué va a pasar?

Emilia no respondió. Jadeaba de pura inquietud, mirando hacia la habitación del fondo. Llegaban sonidos de impactos y de rotura. En el pasillo y en el suelo de la cocina quedaban restos de niebla, revueltos por las carreras.

¿Dónde está?, quiso saber la niña. Emilia, por favor, dinos algo.

En tu habitación.

La niña soltó una exclamación de espanto. Lo que oía era su cama, su mesilla, su lámpara, su armario, sus juguetes al romperse, pisoteados por las pezuñas del jabalí, duras como el hierro.

¡No os mováis!, los amenazó Emilia, desahogando la angustia con los niños.

En la habitación se hizo el silencio. De pronto, lo único que se oía eran los ladridos de la perra, a la que era imposible callar.

Emilia dio un respingo cuando sonó su móvil. A punto estuvo de dejar caer la linterna. Era Jon. No respondió la llamada. Vio al jabalí salir de la habitación de la niña y entrar en la del niño.

¿Qué pasa?, preguntó el niño. ¿Ha hecho algo?

Está en tu habitación.