Esta es tu casa Primera noche
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Primera noche

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El regreso de Markel

(A modo de epílogo)

D espués de meses sufriendo molestias, el padre de Jon por fin había accedido a operarse de la próstata.

La intervención se había llevado a cabo esa mañana, en una clínica de Gijón, y todo había ido bien.

Solo tendría que permanecer ingresado una noche, dos a lo sumo.

Emilia había pedido un par de días de vacaciones en la refinería para quedarse con los niños y que Jon pudiera acompañar a su padre.

Durante todo el día, Jon no había dejado de llamarla.

Emilia, medio en serio, medio en broma, le había regañado por preocuparse más por ellos que por su padre.

No había habido ningún incidente; el niño y la niña se habían portado de manera irreprochable; y ella se desenvolvía casi como en su propia casa, aunque solo pasaba en Ribadesella los fines de semana que se lo permitía su calendario de custodia compartida.

Sin embargo, mientras fregaba los platos de la cena, con los niños todavía sentados a la mesa de la cocina, donde estaban terminando el postre, experimentaba un apremio creciente.

Tal vez, pese a lo reiterado a Jon, sí había padecido una intranquilidad de la que, por estar concentrada en atender a los hijos de su pareja, no había sido consciente.

Ahora que se acercaba el final de la jornada, le aguijaba la urgencia de que los niños se fueran a la cama.

Necesitaba un momento de soledad y calma antes de acometer la siguiente prueba: pasar su primera noche en la casa sin la compañía de otro adulto.

Sofrenó el ímpetu con que manejaba el estropajo.

Se dijo que el único motivo por el que eso le despertaba aprensión era la responsabilidad de velar por los niños.

Ella también había crecido en una casa grande; más vieja que aquella.

En Ribadesella estaba a gusto. Le habían bastado unas pocas visitas para familiarizarse con la vivienda.

Cuando estaba en Bilbao, contaba los días que faltaban hasta que pudiera volver.

Jon le había propuesto que la próxima vez llevara a su hijo.

En algún momento tenía que dar ese paso, ¿no?

¿A qué estaba esperando? Y Emilia le daba la razón, aunque, en su fuero interno, la perspectiva le atemorizaba un poco, como si la casa y su entorno no supusieran ninguna amenaza para ella, pero sí pudieran serlo para su hijo.

Enfrascada en sus pensamientos, no advirtió que los niños, que no habían dejado de parlotear durante la cena, se habían quedado mudos. El sonido de los cubiertos había cesado también. Solo se oían los gemidos de la perra al pie de la mesa, mendigando comida.

¿Qué es eso?, preguntó el niño a media voz.

¿Es normal?, dijo la niña, con un temblor de miedo.

Emilia se volvió. Los niños miraban hacia la ventana. La perra gimoteó de nuevo. Nadie le hizo caso.

Secándose las manos con un trapo, Emilia se acercó a la ventana.

Solo es niebla. Terminad el flan y recoged los platos.

Los niños no se movieron. Tampoco ella dejó de mirar hacia fuera.

En efecto, el único cambio en el exterior era la niebla, pero esta no entraba desde el mar, como acostumbraba a hacer en Ribadesella.

Lo habitual era que lo primero en cubrirse fuera el monte Corbero y seguidamente la villa.

Luego la niebla remontaba la ría, en dirección a la casa, desde donde se la podía ver aproximarse como un frente cerrado detrás del que se disolvían las líneas y las luces de Ribadesella.

Esta niebla descendía del macizo donde la casa se encontraba.

Era espesa, se pegaba al suelo y parecía tener la consistencia de un líquido.

Como tal, más que caer, se derramaba por la ladera, como si en la cumbre del macizo hubiera una máquina de niebla artificial, como las utilizadas en los rodajes de las películas de terror, pero una máquina gigante, en la que se estuviera derritiendo hielo seco por toneladas.

Los niños se pegaron a Emilia, uno a cada lado.

Juntos vieron descender la niebla como una avalancha a cámara lenta.

En lo alto de la ladera, de la hilera de eucaliptos que señalaba la linde de la finca, solo los ápices asomaban de la masa blanca, por encima de la cual la luna llena brillaba en el cielo despejado.

La niebla llegó al rellano que la ladera formaba ante la ventana de la cocina, se tragó el columpio, un arriate de hortensias y alcanzó la fachada de la casa, contra la que se arremolinó, como una ola al golpear un malecón.

Segundos después, toda la casa quedó enterrada.

Emilia imaginó que la niebla proseguía descendiendo la falda del macizo, que rebasaba el seto de pitósporo que cerraba la finca, que saltaba a la carretera, que se derramaba a la ría e iniciaba el avance hacia la villa, en sentido contrario al habitual.

¿Hacemos algo?, preguntó la niña.

Emilia respondió que terminar de cenar, ponerse el pijama y cepillarse los dientes. Si querían, podían ver un rato la tele antes de ir a la cama.

¿Y la niebla?

Solo es niebla. Mirad. Ya no es tan espesa.

Se empezaba a entrever la silueta de los árboles más cercanos y también la del columpio, aunque este se encontraba a solo unos pasos de la ventana.

La perra volvió a gimotear y se alzó, apoyando las patas delanteras en la pared, como si ella también quisiera mirar hacia fuera.

Emilia la empujó suavemente para que se bajara.

Todo lo que había al otro lado de la ventana se iluminó por un potente fogonazo. Los niños dieron un respingo. También Emilia. La perra se encogió en el suelo. Duró apenas una fracción de segundo, tras la que regresó la oscuridad. También dentro de la casa estaban a oscuras. Se había ido la luz.

Por su trabajo en la refinería, Emilia sabía bien lo que era un accidente en una subestación eléctrica.

Supuso que había sucedido algo similar. Seguramente el fogonazo no había sido muy grande, pero la niebla había multiplicado su efecto, creando la impresión de que la luz provenía de todas partes, como si hubiera sido la propia niebla, cada una de las partículas que la componían, la fuente del destello.

Esta asociación de ideas la llevó a pensar, solo en un primer momento, puesto que la deducción carecía de base racional, que el fogonazo se había producido en la cima del macizo, por el mero hecho de que la niebla también había llegado desde allí.

¿Dónde guarda vuestro padre las linternas?

El niño y la niña compitieron por ser el primero en responder.

Más despacio. Repítemelo, por favor. Solo tú, dijo Emilia al niño.

Había dos linternas en un armario de la cocina. Las dos tenían pilas. Emilia se quedó con una y les dio la otra a los niños.

Esperadme aquí.

Fue a comprobar el cuadro eléctrico. Rearmó el automático, pero continuó sin haber luz.

Pegó la nariz al cristal de una ventana que daba a la parte delantera de la casa.

No vio ningún atisbo de claridad. Las farolas de la carretera también estaban apagadas.

La niebla no era tan densa como para ocultar su luz por completo.

El fallo eléctrico no se limitaba a la vivienda. Lo único que podían hacer era esperar.

El suelo era mullido. Estaba cubierto por capas y capas de hojas caídas. Respiró hondo. La humedad del aire y el fuerte olor a tierra y a madera mojadas le acabaron de despertar. Así se sentía, como al cabo de un sueño largo y placentero, con el cuerpo entumecido, reacio a moverse.

Estaba en pie. Flexionó los dedos, reconoció su camisa, sus pantalones, los zapatos.

Sabía quién era. Se frotó la cara con las manos para despabilarse.

Hacía poco que se había afeitado, pero no recordaba cuándo ni dónde.

Tampoco cómo había llegado allí, y la niebla no le permitía saber dónde estaba.

La desorientación, no obstante, no era motivo de inquietud. Tampoco la ausencia de respuestas, dado que ni siquiera había empezado a formularse preguntas. La sensación que primaba era el alivio.

Se sentía como debían de sentirse los cangrejos con los que jugaba en la playa cuando era niño.

Entonces le divertía explorar las charcas que se formaban en los roquedales al bajar la marea.

Atrapaba cangrejos con las manos. Llevaba un cubo de plástico donde guardar sus presas, siempre pequeñas. Los cangrejos grandes le daban miedo.

Siempre albergaba planes ambiciosos para sus cangrejos: observar su desarrollo durante un tiempo, ofrecerles alimentos inopinados, obligarlos a convivir con especies ajenas a su entorno natural.

Disfrutaba convirtiendo el fondo del cubo en un remedo de tal entorno, con arena, unos guijarros y algas arrancadas de las rocas expuestas por la bajamar.

Sin embargo, nunca hizo realidad sus planes.

Paseaba el cubo por la playa, mareando a las capturas, o lo dejaba junto a la toalla y se olvidaba de él mientras jugaba en la arena o se bañaba una y otra vez.

Llegado el momento de volver a casa, el desánimo caía sobre él.

De pronto, los cangrejos le parecían aburridos.

Meditaba que investigarlos, convivir con ellos, sería trabajoso y seguramente inútil.

Y los días en que se decidía a intentarlo, se topaba con la negativa firme de los adultos que lo acompañaban a la playa.

De un modo u otro, terminaba arrastrando los pies hasta la orilla y devolviendo la libertad a los cangrejos.

Si al obrar así sufría alguna decepción, esta expiraba con rapidez. La verdadera emoción residía en el hostigamiento y en la captura de las presas, y, en una medida menor, en el deleite de sentirse amo de aquellas criaturas, con control pleno sobre su destino, aunque solo fuera por un rato.

Ahora, en el bosque, sentía, por encima de todo, alivio, igual que los cangrejos recién liberados cuando se apresuraban a regresar al agua, a lo que les era familiar.