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Conversación en un gallinero #8

Y Jon: No tendrías que haberte bañado con él.

Y la niña: Me tendrías que haber dicho que me lo quitara. ¿Es que no me miras?

Y el niño, orgulloso de ayudar, con las gafas de bucear subidas a la frente: Está ahí. Se ve. Pero muy abajo. Yo no llego. ¿Llegas tú?

Una pareja de estratos de pizarra asomaba del Corbero, dos espigones paralelos que, junto con la base del acantilado, formaban una piscina natural, con un costado abierto al mar.

Y el niño de nuevo, señalando junto a una de las paredes y tendiéndole las gafas: Ahí.

Saltó al agua. Vio destellar el colgante de plata. Era cierto que muy abajo.

Le dolieron los oídos. Hacía años que no bajaba tanto.

Quizá solo fueran cinco metros, o seis, pero había que bajarlos.

Tener localizado el objetivo le animaba.

Recordó cómo moverse bajo el agua, con calma, para reducir el consumo de oxígeno.

El colgante había caído en una zona cubierta de caparazones de cangrejos y conchas de almejas y mejillones.

Un pulpo debía de tener su madriguera cerca.

Recuperó el colgante. Le quedaba aire para unos segundos.

Se ancló abrazándose a una roca y observó la zona donde el estrato de pizarra se hundía en el lecho de guijarros.

Localizó al pulpo en la entrada de una grieta.

Le devolvía la mirada. El pulpo no hizo nada por ocultarse.

Se quedó inmóvil, exhibiéndose en su totalidad.

Cuando Jon pescaba, había apresado pulpos a los que les faltaban uno o dos tentáculos, perdidos en lances con depredadores. Aunque también entraba dentro de lo posible que se hubieran comido sus propios apéndices. Lo hacían si no hallaban otro alimento.

Al pulpo que tenía delante le quedaba un solo tentáculo.

Y Jon: No puede haber perdido los otros siete evadiéndose vulgarmente de atunes o cormoranes.

Se alimenta de sí mismo. ¿Acaso no encuentra nada de comer?

Los restos diseminados frente a su refugio lo desmienten.

Quizá prefiere su sabor al de las presas disponibles, un sabor, el propio, intensificado, valorado en grado sumo por el coste que supone.

Tal vez interpreta la automutilación como un signo de superioridad, de denuedo, de hallarse dispuesto a apurar hasta la hez.

Imagino el momento en que ese pulpo, en su madriguera, acuciado por el hambre, aunque no el hambre usual, y por la curiosidad y acaso por el aburrimiento, probó su primer tentáculo, sabedor de que la pérdida apenas sería digna de lamentar, disponiendo de otras siete extremidades.

El resto de criaturas marinas, necias ellas, ni siquiera se percatarían; a muchos pulpos les falta un apéndice.

Me pregunto si se detuvo a elegir un tentáculo en particular; seguramente uno de los seis que empleaba a modo de brazos, y no uno de los dos que le servían de patas, para empujarse cuando se desplazaba por el fondo marino.

Me gustaría saber si el tentáculo obedeció voluntariamente o si los demás hubieron de tirar de él hacia el pico de loro, duro y afilado, con el que hasta entonces despedazaba cangrejos y al que, en comparación, le debió de resultar sencillo desgarrar el músculo, las ventosas y el cordón neuronal, ramificación directa del cerebro del que partió la orden.

Imagino también el momento, aún por llegar, en que el pulpo coma su último tentáculo. Entonces quedará varado, reducido a una cabeza que mirará en derredor, confusa, plagada de dudas, con sus horizontes limitados a los arreones de corto alcance que el sifón le permita.

Demora la ocasión. Prefiere mostrarse como lo hace ahora, tentando a los depredadores con su debilidad, invitándolos a probar lo que tan sabroso debe de ser.

Y mientras se despliega ahora ante mí, si es que esto se puede decir de semejante ejemplar, quizá barrunta las primeras dudas.

A lo mejor sus automutilaciones no despiertan curiosidad, ni mucho menos admiración, sino que, por el contrario, son motivo de rechazo, de lástima y, al cabo, de desprecio.

Quizá se cuestiona si su sabor era tan exquisito como había pensado, si no ha sido víctima de un engaño, si acaso ha incurrido en desacierto al no escoger un alimento más convencional y a la vez mejor.

De repente sospecha, sabe, teme que ya nadie desea devorarlo, pues ya nadie comprende lo que es, y ahora no se puede aducir como razón la necedad de las criaturas marinas.

Ninguna ha visto nada semejante. No saben si es comestible o no, peligroso o no, si su ingesta les causará daño o no.

Y si finalmente es devorado, quién puede ser entonces el depredador, alguien que no tenga en consideración ninguna de las dudas anteriores, alguien que igualmente, y quizá con una satisfacción mayor, podría engullir una piedra, un bocado de arena, un cadáver agusanado o un anzuelo que lleve prendido algún cebo insípido.

El pulpo fundió a negro los pensamientos de Jon.

Descargó su tinta. Entre el nubarrón de color petróleo, Jon vio una pupila rectangular en el centro de un iris de color azafrán, que lo observaba con fijeza, y el ojo se encogió hasta una mota y desapareció cuando el pulpo, mediante una descarga del sifón, se alejó, con su único tentáculo ondulando detrás, como un espermatozoide grueso y parduzco.

Jon emprendió el ascenso. Antes recordó comprobar que seguía teniendo el colgante.

La tinta se deshacía en hilachas y colaba haces de sol.

Quizá no fueran seis metros de profundidad sino más.

Arriba le aguardaban sus hijos y Emilia.

No distinguía sus caras, pero las actitudes eran incontestables: el niño con las manos en la cintura, presto a zambullirse en su ayuda; la niña, abrazada a la perra; Emilia con una mano en la frente, a modo de visera, escrutando el agua, preocupada; sus siluetas rodeadas de destellos, deformadas por las ondulaciones de la superficie y hermosas.

Disminuyó la velocidad a la que subía, ignorando el apremio de los pulmones, para verlos así unos instantes más, antes de rasgar el velo de la superficie.