Conversación en un gallinero #7
Y él: Era lo que pensaban hacer, pero lo postergaron. ¿Cómo podía ella abandonar a sus padres en un momento así? Mi abuelo ni siquiera era capaz de ir a trabajar. Mi padre debía ocuparse de la cantera.
Y ella: ¿Cuánto postergaron la partida?
Y él: Lo que postergaron fue su decisión final. La partida no se produjo nunca.
Y ella: Sí, lo entiendo. Pero ¿cuánto tiempo?
Y él: Cuatro años.
Y ella: Dios mío.
Y él: Sí. Mucho tiempo. Lo bastante, entre otras cosas, para que yo naciera.
Y ella: Te incorporas a la historia.
Y él: Sí, aunque no pinto nada. No soy más que una tarea adicional, una distracción en los mejores momentos, para mi madre y mi abuela.
Y ella: ¿Tu abuelo volvió a trabajar? ¿Ellas estaban solas en la casa, contigo?
Y él: Quizá él fuera algunos días a la cantera.
Imagino que mi padre lo mantenía informado de la marcha del negocio, que no tomaría decisiones importantes sin su beneplácito.
Quizá la pérdida del hijo lo hundió. Sí sé que iba a pescar.
Tenía una lancha, la Mirentxu, que amarraba en la ría, delante de casa.
Quizá así se distrajera. Quizá de ese modo encontraba alivio para el dolor.
No te puedes imaginar el escrúpulo que me produce decir esto, la importancia capital que tienen todos y cada uno de los «quizá».
Y ella, respetuosa a su vez: Lo comprendo.
Y él: Por la noche, cuando mi padre volvía de la cantera, llenaba el depósito de la Mirentxu, comprobaba el nivel de aceite y dejaba los aparejos preparados. Así, por la mañana, mi abuelo podía zarpar en cuanto la marea se lo permitía.
Su estrategia para afrontar el dolor fue la soledad.
Quizá pensara que, sacando su dolor de la casa, facilitaba las cosas a quienes se quedaban aquí.
O quizá solo pretendía huir del dolor que se respiraba entre estas paredes.
El pescado que traía al cabo de la jornada no era una contribución, sino un quehacer más.
También una medida fría y resbaladiza del tiempo durante el que él no había estado presente para ayudar a mi abuela y a mi madre.
En un año, pescó doscientos kilos de lubina.
A él le fue concedido abandonar el trabajo y refugiarse en el consuelo de la soledad y de una tarea de su agrado, mientras que su mujer y su hija hubieron de seguir haciendo lo mismo de siempre, a la vez que lidiaban con su propio pesar.
Me he olvidado de los «quizá», y lo lamento.
Debería comenzar cada frase con uno. Debería intercalarlos entre palabra y palabra.
Debería incrustarlos a martillazos. En este momento, debería ser capaz de amordazar y maniatar a mi imaginación, o al menos tener el buen criterio de ignorar cuanto sale de su boca.
Y ella: Podemos seguir en otro momento. Vamos a la playa con los niños.
Y él: Enseguida. Antes terminaré la historia. Queda poco.
Mi abuelo pasaba el día en la mar. Solía suceder que mi padre llegaba de la cantera y encontraba a mi abuela y a mi madre alarmadas porque mi abuelo aún no había vuelto a casa.
Él subía al faro o al monte Corbero. Para esas ocasiones, guardaba unos prismáticos en la guantera del Land Rover.
Escrutaba la mar hasta dar con la Mirentxu.
Regresaba a casa y decía a las mujeres que no había por qué preocuparse.
El abuelo estaba en racha o esperando la marea para entrar en la ría.
Mi padre ayudaba a mi abuelo como pensaba que debía hacerlo, sin hablar de lo que sentían, dando por supuesto que cada uno tenía que apechugar con lo suyo.
No veía nada malo en que mi abuelo pasara los días pescando.
También a él le gustaría hacerlo, replicaba a las mujeres.
¿Qué preferían ellas, que se pasara el día en los bares de la villa, que se quedara en casa rumiando sus cuitas?
¿No era mucho mejor lo que hacía? Así pronto recuperaría el ánimo de trabajar.
Mientras tanto, él se ocupaba de la cantera.
Aceptaba la carga sobre sus hombros y consideraba, quizá, quizá, quizá, que, a modo de compensación, se podía tomar la libertad de hacer algunas cosas a su manera.
Mi abuelo era un hombre de opiniones inamovibles, poco dado a aceptar consejos y adoptar métodos modernos, pero, estando en la mar, se hacía oír menos.
Una tarde, mi padre regresó de la cantera y encontró la Mirentxu frente a la casa; no amarrada sino embarrancada en la orilla.
Mi abuelo había sufrido un infarto mientras pescaba.
Había logrado volver a duras penas. ¿Imaginas lo que debió de ser?
Regresar a la costa. Embocar la desembocadura de la ría.
Navegar a lo largo del paseo de la Grúa y luego del puerto, donde habría gente pescando con caña, paseando, desenredando redes, pasar bajo el puente, a la vista de más personas, deseando llevarse la mano derecha al pecho, pero no pudiendo hacerlo porque la necesitaba para manejar la caña del timón, la mano izquierda muerta, todo el brazo izquierdo.
Me pregunto si se le pasó por la cabeza pedir ayuda, hacer un gesto en solicitud de auxilio, empotrar la Mirentxu contra algún barco del puerto, confiando en llamar la atención de alguien.
Quizá no. Seguramente no. Solo pensaría en volver a su casa. ¿Te lo imaginas?
Y ella: No. No puedo.
Y él: Le gustaba pescar a cacea. A finales de la primavera, los alevines de salmón bajaban el río y salían al mar.
Los bancos de lubinas se acercaban a la costa para alimentarse de ellos.
Mi abuelo, y otros pescadores, largaban sedales con cebo artificial por el costado de su embarcación y navegaban derechos hacia la playa, siguiendo el mismo rumbo que las lubinas, con las olas rompiendo por popa.
Hacía falta maña para virar. Apuraban al máximo, antes de quedar varados en la arena.
Esperaban a que rompiera una ola a popa y viraban ciento ochenta grados.
Había que ser rápido, para recibir la siguiente ola de proa.
Y había que esquivar las otras embarcaciones que hacían lo mismo.
Y si la lubina picaba en el momento de virar, todo se complicaba aún más.
No puedo evitarlo. La imaginación me empuja, igual que las olas que rompían contra la Mirentxu.
Imagino que el infarto sobrevino en aquel preciso instante, cuando la playa ya estaba a pocos metros, pero la ola no acababa de romper por popa, y, por supuesto, con una lubina de tres kilos dando tirones para zafarse del anzuelo.
Llegó a casa. Supongo que mi madre y mi abuela lo verían desde alguna ventana. Entre las dos lo sacarían de la lancha y lo subirían desde la orilla hasta su cama. Sobrevivió. Pero cuando unos días después sufrió otro ataque, no le quedaban fuerzas para afrontarlo.
Y ella: Entonces tus padres se quedaron aquí definitivamente. ¿No había otra opción?
Y él: Claro que la había. Podían vender la cantera y la casa. Podrían haber vuelto a Bizkaia. Mis padres, mi abuela y yo. Mi abuela habría estado dispuesta a acompañarnos.
Y ella: ¿Pero?
Y él: Era una época de recesión económica. La crisis del petróleo afectaba a todo el sector industrial. Si vendían la cantera en ese momento, perderían dinero. Mi padre opinó que era mejor esperar a que cambiaran las tornas. Eso lo decidió todo.
Y ella: La cantera la heredó tu madre.
Y él: Pero en la práctica era mi padre quien la dirigía.
Y ella: Y le gustaba ser jefe.
Y él: Lo ha sido durante casi toda su vida.
Volvía a casa y continuaba siendo jefe, un semidesconocido que los fines de semana se sentaba en el salón y daba órdenes desde detrás del periódico, y a quien no se le podía molestar porque estaba cansado o porque tenía muchas cosas en la cabeza.
Quizá lo que siempre ha querido hacer es nada más que su voluntad.
Y él de nuevo: Yo no soy así. Nunca he querido decir a los demás lo que tienen que hacer. No me gusta dar órdenes. Tampoco que me las den a mí.
Y ella: Porque también tú quieres hacer nada más que tu voluntad. En eso sois iguales. Y dar órdenes te encanta. ¿No escribes por esa razón? ¿Para obligar a tus personajes a que hagan lo que te venga en gana?
Y él, asintiendo: Quizá también por falta de confianza en mí mismo, por creer que no estoy legitimado para dar órdenes a personas reales.
O porque no estoy dispuesto a asumir las consecuencias que tales órdenes pueden acarrear.
Porque sobre el papel siempre hay un modo de enmendar los errores, de mitigar sus efectos y, en especial, de ofrecer justificaciones.
Por eso vuelvo a recurrir al paralelismo del que hemos hablado: mi abuelo trabajó para el padre de su mujer y mi padre hizo lo mismo: una armoniosa simetría estructural, una imposición de las convenciones de la narrativa, de la que escapar era imposible.
Eso determinó lo que sucedió. Por esa razón, y no por otras, mi padre no se planteó nunca vender la cantera, por eso siguieron viviendo en Ribadesella y por eso nosotros estamos ahora aquí, sentados en lo que queda de un antiguo gallinero.
VII
El niño y la niña se querían bañar donde no hubiera nadie.
Jon y Emilia los llevaron al pedral de la Atalaya.
Desde allí bordearon el monte Corbero, subiendo y bajando los bloques caídos de la pared negra, limados por las olas, trepando, saltando, distanciándose de la gente.
Dejaron que la perra los acompañara. Se subía a una piedra y miraba a su alrededor nerviosa, meneando la cola, mientras decidía por dónde seguir.
Los niños la animaban sin cesar. La confundían, la llamaban para que fuera por aquí, no, por aquí.
Doblaron un tajamar de roca pizarrosa y no se vio a nadie.
Jon y Emilia se sentaron en una piedra tras el baño. No habían llevado agua ni nada de comer, ni reloj, ni teléfono, ni siquiera calzado adecuado para la travesía de las rocas.
Y la niña: Aita …
No respondió. Quizá no fuera importante.
Y la niña: ¡Aita!
Había perdido el colgante. La estrella de mar que le regaló su madre. El de plata. Estaba nadando y ya no lo tenía.