Conversación en un gallinero #6
Y él, con asombro y alivio, asaltado por el prurito de pedirle que trazara un plano de esa versión desplegada de la casa: Cuéntame más.
Y ella: Das por sentado que hay algo más que contar.
Y él: Sí.
Y ella: A veces, tengo una impresión parecida estando aquí.
Sucede si me despierto por la noche. También durante el día, si estoy concentrada en algo, leyendo o cocinando.
Me asalta la impresión de que, si quisiera salir de la casa, tendría que recorrer un trayecto mucho más largo e intrincado del que sé que existe en realidad.
La sensación continúa mientras permanezco a oscuras o con la vista baja, sin dejar de leer o de cocinar, y se disipa en cuanto enciendo una luz o levanto la mirada.
Vuelvo a ver las habitaciones luminosas, la ría al otro lado de las ventanas, los muebles nuevos, y no encuentro en ello nada, absolutamente nada, que me remita a lo que de manera tan vívida se ha presentado en mi cabeza.
La casa se trasmuta cuando le das la espalda o apagas la luz, y le basta un parpadeo para recuperar su aspecto habitual.
Y él, mirando la casa con un gesto a medio camino entre la sonrisa y la desaprobación, como haría con un hijo díscolo, pero de cuyo temperamento y personalidad se siente orgulloso: ¿Eso cómo te hace sentir?
Y ella: No lo sé.
Y él: ¿Te asusta?
Y ella, categórica, como si tal posibilidad nunca se le hubiera pasado por la cabeza: No.
Y ella de nuevo, con más calma, expresando algo que hasta ese momento no se había detenido a concretar en palabras: Puede que me asustara si fuera la casa de otros, si no vivierais en ella tú, tu padre y tus hijos.
No acierto a expresar lo que siento, pero, sin duda, no es miedo. Supongo que me intriga.
Y él: Es una casa con méritos y deméritos. Unos reales; otros, la mayoría, atribuidos. Puede que sea esto, la parte atribuida, lo que la hace parecer mucho mayor de lo que es.
Cuando yo era niño, la planta de abajo no la utilizábamos casi nunca.
Nos bastaba con la de arriba. Bajar las escaleras era como colarse en la vivienda de otras personas.
Me fascinaba y me asustaba, por no saber con qué me podría encontrar, como si todo pudiera haber cambiado desde mi última visita.
Tengo el falso recuerdo de haber recorrido la casa una noche mientras mis padres dormían.
No había nada que se apartara de lo cotidiano.
Sin embargo, el aspecto más llamativo, lo que de manera perenne ha quedado dentro de mí, es la duración de aquel deambular sin propósito.
Horas y horas. Una duración disparatada, desmesuradamente mayor de la necesaria para recorrer esta casa, por muy cortos y cautelosos que sean los pasos.
También cuando era niño, imaginaba que en la casa vivían otras personas al mismo tiempo que mis padres y yo, y que nunca nos cruzábamos con ellas.
Esas personas tenían sus propias habitaciones, todas ciegas, a las que se accedía por puertas y trampillas disimuladas en las paredes.
Se desplazaban, caminando de costado, por huecos entre los tabiques, o arrastrándose sobre los falsos techos.
No sé cómo llegué a pensar en algo así. La idea no me asustaba.
Me recreaba en ella figurándome cómo sería la vida de aquellas personas.
Saldrían de sus escondrijos cuando nosotros no estábamos en casa o mientras dormíamos.
Estaban muy delgadas y pálidas, y eran perfectamente sigilosas.
La madera del suelo no crujía cuando la pisaban.
La cisterna del inodoro descargaba sin producir ruido.
Hacían de la casa el mismo uso que nosotros.
Cogían comida de la nevera y de la despensa, pequeñas cantidades siempre, de manera que la sustracción no despertara sospechas.
Usaban nuestros platos y cubiertos. Los fregaban y volvían a dejarlos en la alacena.
Por las noches, cuando yo apagaba la luz, pensaba que muy cerca, al otro lado de la pared contra la que estaba mi cama, podía haber una de esas personas, leyendo, mirando el reloj con impaciencia, deseosa de que yo me durmiera para salir a estirar las piernas o usar el cuarto de baño.
A la mañana, cuando mi madre me servía el desayuno, yo pensaba que, poco antes, otros labios se podían haber posado en el borde de la taza donde tomaba la leche.
Buscaba manchas en platos y cubiertos, fruto de tener que fregarlos a oscuras y con cautela infinita.
Si un vaso se les resbalaba de entre los dedos y se hacía añicos contra el suelo, no haría ruido, en virtud del poder silenciador que aquellas personas tenían sobre cuanto manipulaban, pero cabía el riesgo de que mi madre lo echara en falta.
Y ella: ¿Quiénes eran?
Y él: No lo sé. No hay nada que saber.
Y él de nuevo, al cabo de una pausa: Por alguna razón, me venía con frecuencia a la cabeza la imagen de una mujer muy mayor, con el pelo blanco y un delantal gris, cocinando.
Movía los labios sin que se oyera lo que decía, como si rezara de corrido.
De la misma manera que del falso recuerdo de mi paseo nocturno por la casa subsiste su duración, de la fantasía de las personas ocultas, persiste esa anciana.
También una sensación de rechazo, de asco, al pensar en sus dedos silenciosos, a oscuras, toqueteándolo todo.
A las demás personas no llegué a ponerles cara.
Eran muchas, tantas que no podían salir todas a la vez.
Vivían hacinadas detrás de las paredes, con su propia jerarquía, con sus debates internos, con sus asuntos pendientes.
Y ella: ¿Cómo se te ocurrió algo así? ¿De veras pensaste todo eso cuando eras un crío, con ese grado de detalle?
Y él, sorprendido en falta: Casi todo lo pensé siendo niño. Respecto a cómo se me ocurrió, no sé qué decirte. A veces desaparecían cosas y nunca las volvíamos a encontrar.
Y ella: Pasa en todas las casas.
Y él, sopesando lo que Emilia había dicho: Tienes razón. Seguramente, aquí no sucedía con más frecuencia que en otros sitios, pero era extraño.
Y ella: ¿Por qué? Dame detalles. Pero no los inventes.
Y él: Sucedía de improviso. No te hablo de un objeto que al cabo de mucho tiempo de haberlo usado por última vez no pudieras recordar dónde estaba, sino de cosas que habías tenido en las manos hacía unos segundos.
Las posabas en la mesa, apartabas la vista y, cuando volvías a mirar hacia donde las habías dejado, habían desaparecido.
Una vez, estaba yo hojeando un álbum de cromos en la cocina.
Entonces teníamos allí el teléfono, en la pared, al lado de la ventana.
El teléfono sonó, dándome un susto. Solté el álbum.
No llegó a tocar el suelo. Cuando miré hacia abajo, no estaba.
Y ella, divertida: ¿Un álbum de cromos?
Y él: De Superman II. En ese sitio de la cocina me pasó lo mismo otra vez, con un juguete, un muñeco.
Años después, mis padres remodelaron la cocina.
Quise estar presente cuando desmantelaron los muebles viejos, para comprobar si el álbum de cromos y el muñeco, de alguna manera, por alguna rendija, habían ido a parar debajo de alguno, pero solo había polvo y suciedad.
No recuerdo si las desapariciones fueron el origen de la fantasía de las personas ocultas o si esta fue anterior y las desapariciones solo la reforzaron.
Lo más desconcertante era la clase de objetos que desaparecían.
Vanos y absurdos. El álbum de Superman II, un envoltorio de celofán arrugado, unas peladuras de mandarina o una figura de plastilina que yo acabada de modelar.
Y ella, sin saber qué decir al respecto: ¿Me sigues contando lo de tus padres?
VI
Y Jon, al ver que su padre acababa de salir de la casa, vestido con unos pantalones de faena, una camiseta sucia, una gorra y una faja lumbar, con la cara brillante de crema solar mal extendida: ¿Vas a trabajar, aita ?
Y el padre: Esos niños llevan horas viendo la televisión. ¿No pensáis sacarlos de casa?
Y Jon, mirando a su padre y pensando que detrás de él se escondía la larga estela de padres, todos ellos poseedores de alguna diferencia particular, todos ellos un poco encorvados para ocultarse tras el padre que estaba en la puerta de la casa, enfundándose unos guantes de jardinero, sabedor, Jon, de que, en cuanto retomara la narración, la estela se volvería a desplegar, pensando también que cada vez que su padre había aparecido en la historia, había sido un padre distinto, nunca el que tenía ahora ante sus ojos: ¿Esa camiseta no habría que lavarla?
Y el padre: Mañana. Pasado mañana. Recuerda que tienes hijos.
Y Emilia, amablemente: ¿Vas a hacer algo en el jardín?
Y Jon, viendo que su padre se alejaba hablando entre dientes, respondió, pero no a Emilia, sino a la casa, como si esta le hubiera preguntado «¿Qué plan tienes para mí esta mañana?
, ¿cómo vas a seguir cuidándome?»: El hermano de mi madre nunca se puso al frente de la cantera.
Cuando le faltaba poco para concluir la carrera de ingeniería, falleció en un accidente de tráfico.
Y Emilia: ¿Por eso tus padres no se fueron, como habían planeado?
Y él: No, no fue por eso. Mi abuela, a la que hasta ahora apenas he mencionado, le dijo a mi madre, sobreponiéndose al dolor, que lo sucedido no debía alterar sus planes, que ella y mi padre tenían que irse, buscar su propio camino.
Mi abuelo dirigiría la cantera en solitario.
Cuando ya no lo pudiera hacer, el negocio se vendería.
¿Te lo imaginas? Una madre que acaba de perder a un hijo y que, aun así, invita a su otra hija a irse, a ceñirse a su propósito, a no quedarse enfangada en la tristeza.
Y ella: ¿A tu abuela tampoco le gustaba vivir aquí?
Y él: Lo desconozco. No sé casi nada de ella. Si te dijera algo, sería la imaginación quien hablara, quizá con la deferencia de limitarse a unas pocas palabras verosímiles.
Y ella: Aun así, tus padres no se fueron.