Esta es tu casa Conversación en un gallinero #5
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Conversación en un gallinero #5

Atesoro fotos de mi madre hechas en aquella época.

Joven, guapa. En la mayoría aparece ante esta casa.

En realidad, parecen más bien fotos de la casa, en diferentes estadios de su levantamiento: cimientos, estructura sin revestir, vivienda concluida, y mi madre nada más que alguien a quien se le ha pedido que pose delante para servir de referencia y que las dimensiones de la construcción puedan apreciarse.

Incluso en las fotos donde la casa está terminada, la impresión es la propia de un lugar nada hospitalario.

Se debe al entorno. Para erigir la casa fue necesario desnudar la ladera, retirar los árboles y el recubrimiento vegetal, dejar la roca expuesta.

Había que perforar cimientos, sótano, fosa séptica.

Había que excavar terrazas por las que se pudiera caminar sin riesgo de resbalar y partirse el cuello, donde se pudieran plantar lechugas, poner un columpio o construir un gallinero.

Había que habilitar una subida para vehículos.

En las fotos, la casa se alza en el centro de un yermo de piedra desmenuzada.

Lleva a pensar en un lugar donde cumplir trabajos forzados, en un recinto natural para confinar a los prisioneros de una guerra de la antigüedad; en el mejor de los casos, lleva a pensar en una cantera.

No había tierra para plantar fresas, lechugas, perejil.

No había hierba para que pastara ningún animal.

Al irse a vivir a Ribadesella, un traslado sobre al que a ella nunca se le preguntó su parecer, mi madre había dejado atrás amistades, una vivienda y una vida de su agrado.

Se aferraba a una esperanza: cuando se casara con mi padre, se marcharía de Ribadesella.

No podría volver al caserío, pero sí a algún sitio cercano.

La oferta de trabajo de mi abuelo amenazaba esa esperanza. Ella y mi padre lo debatieron. Intuyo que ella se enfadó, que fue vehemente. Pero tal vehemencia no sirvió de nada, pues él ya había tomado una resolución, que defendió con un buen argumento y una mejor coartada.

Para comprar una casa en Bizkaia, donde empezar de cero, donde ser ellos quienes tomaran las decisiones, necesitaban ahorros.

Él los podía conseguir trabajando en la cantera.

La experiencia que adquiriera le facilitaría encontrar otro trabajo cuando se fueran.

Mientras tanto, podrían vivir juntos en Ribadesella.

Eso era mejor que lo que tenían en ese momento, ¿no?

Ella reconoció que llevaba la razón, pero ¿cuánto tiempo deberían quedarse aquí?

Mi padre expuso entonces la coartada. Poco.

Unos años. Hasta que él ya no fuera necesario.

El trabajo que le ofrecía mi abuelo no era para toda la vida, tenía una fecha límite.

Y ella, al ver que Jon callaba y torcía el gesto, tal vez cansado, tal vez arrepentido: ¿Qué fecha límite?

Y él: He llegado a una parte difícil, repleta de trampas.

Es mucho lo que no sé y que me invita a especular, a llenar los espacios en blanco con material de mi propio cuño, a limar y amoldar lo poco que conozco para que la historia no se quede atascada ni se desbarate.

Sinceramente, me inspira respeto continuar.

También me inspira miedo. Dudo de mí mismo.

No sé de dónde van a proceder mis siguientes palabras, si de la memoria o de la imaginación.

Imagino a mi memoria como una mujer enjuta, fibrosa, de pechos casi inexistentes, pálida, con una melena larga, canosa y enmarañada.

Por el contrario, mi imaginación es una mujer lozana, de cuerpo lleno, eternamente preñado.

Tiene dos pares de robustos brazos, igual que la diosa Kali, y en su boca se apelotonan tres lenguas que siempre quieren hablar al mismo tiempo.

Si la vieras de lejos, pensarías que se oculta tras un reluciente antifaz de pedrería, pero no es así.

Son ojos. Un racimo de ojos. En las cuencas oculares, sobre los pómulos y el tabique nasal hay ojos.

También donde deberían estar las cejas. Por los costados, abarcan hasta las sienes.

Están amontonados, tangentes unos con otros, y los hay que se intersecan.

Cuando mi imaginación duerme, no cierra todos sus ojos.

Más de la mitad permanecen abiertos. Descansan por turnos.

Memoria e imaginación tienen la misma edad, pero la segunda se conserva mucho mejor.

Son dos hermanas mal avenidas, envidiosas de todo cuanto la otra posee.

Ambas abundan en rasgos censurables, son veleidosas y antojadizas.

No pudiendo apropiarse de lo que anhelan, se enrabietan y tratan de destruirlo, prefieren que nadie lo tenga.

Viven en el fondo de una cueva, desde donde me hablan.

El mayor problema es que las dos hermanas tienen la misma voz; las múltiples lenguas de imaginación también poseen voces indiferenciables.

Cuando alguna me habla desde la oscuridad de su cueva, no puedo saber quién es.

En este momento, las imagino peleándose.

Se revuelcan por el suelo polvoriento, se tiran del pelo, se pellizcan las tetas.

Cuando se producen estas refriegas, imaginación suele salir vencedora en la mayoría de las ocasiones.

Con sus cuatro manos tapa la boca de memoria y habla haciéndose pasar por esta, sofocando las risas que le provoca tal engaño, o bien, recurriendo a quién sabe qué índole de amenazas, obliga a memoria a pronunciar las palabras que le susurra al oído.

Además, lo que memoria ha de decir esta vez es doloroso.

Eso la cohíbe y debilita, restándole posibilidades de victoria.

No obstante, yo no dejo de confiar en ella.

Sus magras extremidades son más poderosas de lo que parecen, y en otras ocasiones ha terminado imponiéndose cuando ya parecía derrotada.

Mi madre tenía un hermano. Era una de las personas que vivían en el caserío de Berango y cuya mención he omitido.

En el momento en que mis padres decidían qué responder a la oferta de mi abuelo, él, el hermano de mi madre, estaba estudiando en Madrid.

Iba a ser ingeniero. Aprendía todo lo necesario para dirigir la cantera de Ortiguero.

Quizá acariciara otras aspiraciones. El «quizá» es una señal de que memoria e imaginación continúan debatiendo; ninguna ha salido vencedora aún.

Aprovecharé la oportunidad que me conceden.

Quizá viera la cantera como una ocupación pasajera, donde ganar experiencia y malearse en la justa medida, a semejanza de lo que mi padre pretendía hacer.

Quizá mi abuelo fuera consciente de que su hijo ambicionaría algo más que una cantera que aún tenía todo por demostrar.

Sin embargo, dejando los «quizá» a un lado, es fácil imaginar que mi abuelo viera a su hijo como su futura mano derecha en el negocio y, luego, como su sucesor.

La coartada expuesta por mi padre fue que, en cuanto el hermano de mi madre obtuviera el título de ingeniero, para lo que faltaban pocos años, ellos dos serían libres.

Dispondrían de ahorros. Comprarían o construirían la casa que ellos quisieran, donde ellos quisieran.

Tendrían su propia familia. De hecho, para esto último no era necesario esperar.

Mi madre accedió. Mi padre aceptó el ofrecimiento de mi abuelo.

Quizá la aceptación fuera acompañada de la condición explícita de que cuando el hermano de mi madre se convirtiera en ingeniero, mi padre dejaría el puesto.

Mi padre y mi madre se casaron, y él vino a vivir a esta casa.

Había espacio de sobra. Por no mencionar que se daba por supuesto que todos vivirían bajo el mismo techo.

¿Por qué otra razón había construido mi abuelo una casa encaramada a una ladera, a semejanza de un fortín, desde donde juntos podrían defenderse de cuanto el futuro les deparara?

V

Y Emilia, mirando la casa: Hay algo curioso en ella.

Y Jon: ¿En quién?

Y ella: En esta casa. Parece más grande de lo que es.

Y ella de nuevo, insatisfecha con sus palabras: No me he expresado bien.

La equivocación no surge mientras la observas, como ahora estoy haciendo.

No es un efecto fruto de su diseño, ni un truco de perspectiva.

La impresión se produce cuando piensas en ella.

Entonces, la casa se presenta más grande de lo que es en realidad.

A veces, cuando estoy en Bilbao y pienso en ti, en ti en esta casa, acompañado por tu padre y los niños, os veo muy pequeños, diminutos, perdidos en el corazón de un laberinto de estancias de dimensiones palaciegas.

En la memoria, la casa se agranda. No. No se agranda.

Se despliega. Le brotan habitaciones nuevas.

Los pasillos se ramifican. Se puebla de recovecos.

Los cuartos y pasillos están siempre en penumbra, como si fuera de noche o como si la mayoría de las habitaciones fueran ciegas.

Hay lámparas encendidas, pocas, en rincones absurdos.

La luz es amarillenta y no alcanza los techos.

Es porque estos, al desplegarse la casa, se han elevado, pero también porque es una luz pulposa, más densa que el aire, que se sedimenta en la parte baja de las habitaciones.

Hay espacios desocupados, cuya función se me escapa.

Hay hornacinas en las paredes. Hay pasillos que llevan a un distribuidor del que nacen nuevos pasillos.

Casi todo está vacío. Las estancias se han multiplicado; los muebles no.

Y vosotros os movéis sin extrañeza por esa vastedad bajo techo.

La luz pobre, apelmazada, no menoscaba vuestra desenvoltura.

Te he visto leer un libro en mitad de un pasillo, donde nadie leería un libro y donde no llegaba ni un rayo de luz.

Os desplazáis por esos lugares, pero sin interactuar con ellos, sin formar parte de ellos, como sucedía en las películas antiguas de Disney, donde los personajes animados se movían sobre un fondo pintado.