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Conversación en un gallinero #4

Y ella: ¿Es necesario que me cuente esto para responder mi pregunta?

Yo solo quería saber si a su madre no le gustaba vivir aquí.

¿Busca hacerme sabedora de su historia familiar, a la que yo acabo de sumarme?

¿Pretende entretenerme, informarme o advertirme de algo, de esa tragedia venidera, venidera dentro del relato, y que ya se ha insinuado?

¿Pretende darse a conocer a mí a través de la historia de su familia, sin omitir lo feo, lo reprochable, ni aquello sobre lo que caben interpretaciones diversas, contradictorias e irreconciliables?

Si su intención, en efecto, es la de darse a conocer, sin vedar nada, pero teniendo la deferencia de plantar carteles de advertencia, barandillas de seguridad y barreras quitamiedos, yo, proclive como soy a nunca dejar de saber, a hurgar con las uñas en la herida si es necesario, a sacar a puñados el pus y la carne podrida, se lo agradezco, pero haré uso de mi derecho a ignorar las advertencias, a forzarlas, a derribarlas si acaso a patadas, un derecho que nunca dejaré de reivindicar.

Te lo advierto. Te lo advierto. Te lo advierto.

Y ella de nuevo: Tu abuelo compró la planta de cobre de Ortiguero y denunció los terrenos calizos. ¿Las máquinas que tenía en la nave de Ribadesella se las llevó allí?

Y él: No. Todo lo que había en la nave lo vendió.

Eran molinos con muelas de piedra. Maquinaria del neolítico.

Quería empezar a trabajar a gran escala y para ello hacían falta equipos nuevos.

También gente nueva, joven, con estudios especializados, que supiera más de lo que él había llegado a aprender gracias únicamente a la experiencia.

Y ella: Ahora sí vendió el caserío.

Y él: Para comprar la planta de cobre. También para comprar este terreno, que pertenecía a la marquesa de Argüelles, y levantar esta casa, adonde trajo a su familia.

Y ella, girando la cabeza para recibir el sol de frente, palpándose las mejillas para comprobar si estaban demasiado calientes y recolocándose el flequillo: Y ahora, por fin, tu madre y tu padre entran en escena.

Y él, regodeándose de mirarla: Así es. Por fin. Te queda muy bien el pelo corto. Me gusta ese tic nuevo de arreglarte el flequillo.

III

Y Jon: Así es. Ha llegado el momento en que mis padres entran en escena. Hasta ahora, contar esta historia ha sido fácil. Lo que sigue es terreno traicionero.

Yo tenía tres años cuando mi abuelo materno murió.

No guardo recuerdos de él. Ignoro la clase de hombre que era.

Mis padres me han referido datos, lugares, fechas, ahora estaba aquí, luego estaba allí, todo ello fiable, en gran medida.

A partir de esa ristra de informaciones, puedo inferir algunos rasgos de su carácter, los mismos que sería capaz de deducir cualquiera con acceso a los testimonios que yo he escuchado: determinación, carácter independiente; certidumbres que bien se pueden calificar de firmes, pero que asimismo resultan insípidas, triviales, por lo limitado y nítido de su fuente de procedencia.

A mis padres los conozco mejor. Es mucho mayor y más diversa mi biblioteca de recuerdos dedicada a ellos. Algunos son confusos, incitan a la duda y, seguidamente, al engaño. Otros son dolorosos, incitan a la edulcoración o a la elusión circunspecta.

También son lastimosos los vacíos existentes en esa biblioteca reservada al conocimiento sobre mis padres, baldas completas ocupadas por nada más que polvo acumulado durante tantos años como he vivido, huecos de los que el único responsable soy yo mismo, que no he tenido la curiosidad o el valor de llenar.

¿Por qué no le he preguntado a mi padre si alguna vez ha admirado a alguien, si hay algo de lo que se arrepienta, si se siente solo?

Me excuso diciéndome que se molestaría si lo sometiera a un interrogatorio de esa índole.

Pienso que quizá no le abochornaran las respuestas que tuviera que dar, sino el hecho de no haberse planteado nunca tales cuestiones.

Mis preguntas, que, en caso de atreverme a formularlas, serían hechas sin ninguna mala intención, ¿lo empujarían a una conclusión incómoda acerca de sí mismo?

Pero, realmente, ¿estas sospechas surgen de creer que mi padre no piensa tanto en él como yo lo hago en mí?

¿Surgen de dar por sentado que mi padre acarrea tantos motivos de arrepentimiento como yo, pero que él, sin embargo, ha sido capaz de silenciarlos, de atravesarles el corazón con una estaca y de enterrarlos en un cruce de caminos apenas adquirieron forma en su conciencia?

¿Surgen de suponer que él no ve entorpecida cada una de sus labores cotidianas por el ruido de fondo permanente de una enrevesada vida interior?

¿Surgen, en definitiva, de mi anhelo por que él sea lo que yo anhelo ser: alguien práctico, con los pies firmemente asentados en el suelo, alguien irreflexivo en el mejor de los sentidos posibles?

Tanto los recuerdos incompletos como los dolorosos y, por supuesto, los vacíos de información son trampas irrevocables.

Te atraen con reclamos imposibles de desoír, y apenas las tocas, activas un resorte que dispara la imaginación en direcciones imprevistas, apartando el relato de lo que realmente sucedió.

A fuerza de pisar por descuido tales trampas, de rozarlas cuando pensabas que las podrías eludir, o de arrojarte sobre ellas con abandono premeditado, mi padre, al que ahora mismo oigo trajinar dentro de casa, preparándose para podar, trasplantar, barnizar, enlucir, se va rodeando de una cohorte de dobles idénticos a él pero en desfase con él, que reproducen sus movimientos, pero con un leve adelanto o un breve retraso, cada uno generado por una de las trampas disparadas por mí, cada uno con un pasado y con un carácter sutilmente distintos a los de los restantes.

El conjunto forma una suerte de estela o secuencia de padres, como si los mirara a través de un prisma deformante, o como si yo estuviera borracho y me fuera imposible distinguir al verdadero de los demás, al padre que me engendró a mí, de los padres, múltiples, incontables, engendrados por mí.

Se intercambian de posición, se solapan total o parcialmente, se confabulan en mi contra, hasta que ya no sé de cuál de ellos estoy hablando.

Por supuesto, con mi madre sucede lo mismo. Hablaré poco de ella, pero es o, mejor dicho, son una turbamulta.

IV

Y Jon: Decíamos que mi padre y mi madre entran por fin en escena.

Él aún la estaba cortejando. Mi madre ya vivía en Ribadesella.

Mi padre trabajaba en La Reineta. Era el gerente de un lavadero de mineral de hierro.

Recuperaba lo que fuera posible recuperar de las antiguas escombreras del valle de Trápaga.

La empresa propietaria le había encargado estudiar la rentabilidad de la instalación.

Mi padre había calculado que el lavadero debía operar desde el lunes a las seis de la mañana hasta el sábado a las dos de la tarde, sin interrupción.

A continuación, la empresa le ofreció la gerencia a él, y mi padre aceptó, quedando preso del horario implacable decretado por él mismo.

Vivía en Axpe. Para ir al lavadero tenía que tomar un tren, cruzar el Nervión en un transbordador, tomar un segundo tren y, por último, el funicular de La Reineta.

Ir y volver a diario quedaba descartado.

Vivía en la oficina donde trabajaba. Prefiero no imaginar en qué condiciones, en qué medida desatendió la higiene.

Algunos fines de semana conducía hasta Ribadesella para ver a mi madre durante unas horas.

Para entonces, él llevaba dos años en el lavadero.

El trabajo no le complacía. Se creía capacitado para algo más ambicioso y estaba en lo cierto.

A mi abuelo le gustaba mi padre. Es fácil imaginar que, en alguna visita a Ribadesella, este hablara de la frustración que le producía su ocupación en el lavadero.

Sobra decir que no empleó la palabra frustración; dudo que formara parte de su vocabulario, y el desconocimiento del término implica el desconocimiento del sentimiento, al menos en su plenitud.

No se quejaría, ni renegaría, ni pronunciaría críticas contra los propietarios del lavadero.

Necesitaba un trabajo y aquello era un trabajo.

Apreciaba la confianza depositada en él y apechugaba con la parte que no le gustaba.

Mi abuelo siempre había explotado yacimientos pequeños, nada que ver con la cantera de Ortiguero.

La antigua planta de tratamiento de cobre contaba con equipos aprovechables, pero era imprescindible llevar a cabo adaptaciones, también adquirir maquinaria nueva.

Las reformas y las compras se iban haciendo sobre la marcha, con la cantera en funcionamiento, a medida que mi abuelo conseguía líneas de crédito.

El dinero obtenido con la venta del caserío lo había gastado en construir esta casa y en comprar la cantera.

Mi abuelo se veía superado. Necesitaba ayuda.

Aunque me atrevo a aventurar que él no lo reconocería con tanta claridad.

Tampoco era su estilo. En cualquier caso, le ofreció a mi padre ser su segundo en la cantera.

Y Emilia, un tanto sorprendida, como si lo que estaba oyendo no guardara relación con la realidad que ella conocía, como si los personajes no fueran los mismos: ¿Y aceptó?

Y él: Sí. Aceptó. ¿Comprendes a lo que me refería antes? ¿Comprendes por qué no podía dejar de señalarlo?

Y ella: La repetición. Tu abuelo materno trabajó para el padre de su mujer. Luego tu padre trabajó para el padre de su mujer, que era tu abuelo materno.

Y él: Eso es. Mi padre ni siquiera había aceptado la propuesta todavía. Antes de dar una contestación, debía hablar con mi madre.