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Conversación en un gallinero #3

Y él de nuevo: Mi abuelo siempre se dedicó a las canteras.

Su primer trabajo fue en un arenero en las Peñas de Santa Marina, en Urduliz, de donde extraía arena para fabricar moldes de fundición.

Empezó siendo un empleado más. El propietario era el padre de su mujer, o el padre de quien más adelante se convertiría en su mujer.

No sé cuál era la relación entre mi abuelo y mi abuela cuando él llegó al arenero, ni si para entonces ya existía alguna relación.

En cualquier caso, y sintetizando, él comenzó trabajando para el padre de su mujer.

No puedo dejar de señalarlo. Quizá el hecho no alberga ningún significado para el conjunto de la historia, quizá a la postre no explica nada.

Júzgalo tú misma, una vez lo hayas oído todo.

Y ella: Eso haré. Pero ¿por qué no puedes dejar de señalarlo?

Y él, dubitativo; también un tanto avergonzado: Por una querencia propia del que vive de contar historias; ficciones, en su mayoría.

Por el regocijo, y también por el alivio, más incluso por el alivio, de toparme en el ámbito de lo real, imbricado en un encadenamiento de vidas y sucesos reales, con un recurso que la ficción ha empleado hasta la saciedad.

Por el impulso de decir, ¿Veis cómo sucede de veras?

¿Veis como no es solo un truco barato? Pero me estoy adelantando.

¿Quieres que siga o te estoy aburriendo?

Y ella: Sigue.

Y él: Puede que mi abuelo no viera futuro al arenero, o puede que no le satisficiera depender de las decisiones de su suegro, no lo sé.

No abandonó la explotación de las Peñas de Santa Marina, pero comenzó a dar pasos para convertirse en jefe de sí mismo.

En Berango, cerca del caserío, instaló una planta de molienda donde trituraba la arena de su suegro.

También otros materiales que él mismo se encargaba de buscar y adquirir.

Compraba roca a canteras, la molía y la vendía. Calcita. Cuarcita. Fluorita.

El siguiente movimiento fue obvio: hacerse con sus propias canteras para abarcar todo el proceso.

Compraba una pequeña explotación y al cabo de un tiempo la vendía y adquiría otra que prometía una rentabilidad mayor.

He visto fotos de aquella época. Mi abuelo apoyado garbosamente en el guardabarros de un camión GMC, abandonado por los americanos en África tras la Segunda Guerra Mundial y traído a España de estraperlo, mi abuelo con boina y camisa a cuadros, más joven de lo que yo soy ahora, pero, a mis ojos, más viejo, con la vejez forzosa en un abuelo, y detrás de él obreros que miran a cámara, aprovechando la ocasión para hacer una pausa en la faena, todos con camisa a cuadros y boina o sombrero de paja.

Vivía atento al rumor, al soplo del yacimiento sin explotar, del yacimiento esperanzador pero mal gestionado, del propietario al que le urgía el dinero y estaba dispuesto a malvender, del barrenista eficiente pero descontento con su capataz, del mecánico que acortaba ejes de camiones para hacerlos más maniobrables.

Se agenciaba bajo mano muestras de yacimientos ajenos, que le entregaban en bares, en casas de comidas, en habitaciones de hostales, puñados de piedras envueltos en un pañuelo sucio o escondidos en una caja de puros, pagando con discreción, siempre al contado, escupiendo sobre las muestras, frotándolas con la yema del pulgar, partiéndolas con un martillo de geólogo para asomarse al interior y vertiendo sobre ellas unas gotas de ácido clorhídrico y, si ese examen preliminar era juzgado de favorable, llevando las muestras a un laboratorio para someterlas a un análisis detallado.

Además de moler el material bruto de sus propias explotaciones, siempre pequeñas, continuaba moliendo lo que compraba en canteras de otros.

Eso lo llevó a entablar relaciones con Asturias.

Fletaba cargueros de mineral que zarpaban de Ribadesella y descargaban en el puerto de Bilbao.

Al cabo de un tiempo, la mayor parte del producto con el que trabajaba procedía de Asturias.

Con el fin de ahorrarse los fletes, decidió trasladar aquí la planta de molienda.

Vendió las pequeñas explotaciones que tenía en propiedad.

No sé en qué momento ni en qué circunstancias se desligó del arenero de las Peñas de Santa Marina, pero supongo que, para cuando vino a Asturias, hacía mucho que el negocio de su suegro había salido de esta historia.

Y ella: ¿Fue entonces cuando compró la cantera que luego fue de tus padres?

Y él: No. Todavía no. Empezó con una nueva nave de molienda, aquí, en Ribadesella, adonde trajo los molinos que estaban en Berango.

Y ella: ¿Por eso vendieron el caserío?

Y él: No. Todavía no. Mi abuela seguía allí, y también mi madre.

A mi madre aún no la hemos mencionado, aunque para entonces formaba ya parte de la historia.

Disfrutaba del caserío. Vivía rodeada de animales con nombre propio y buenos sentimientos.

Estimaba la leche, la miel, el trigo y todo lo demás que se producía en su propia tierra.

Estudiaba. Dibujaba retratos de animales.

Pintaba acuarelas. Claro está, hay aquí una doble idealización; en primer lugar, en lo que ella me refirió a mí; y en segundo, en cómo yo te lo cuento a ti.

En su recuerdo, el caserío era una arcadia donde no había sucedido ninguna desgracia, al menos ninguna que hubiera afectado a mi madre.

Y ella: ¿Y tu padre? ¿Para entonces también era ya parte de la historia?

Y él: Todavía no. Si esto fuera una obra teatral y él uno de los actores principales, en estos momentos estaría viniendo hacia el teatro a paso ligero, mirando el reloj.

En algún momento a lo largo de lo que te voy a contar, entrará por la puerta de artistas y permanecerá entre bambalinas, al lado a mi madre, tomados de la mano, mirándose de reojo, los dos con una sonrisa tensa, a la espera del pie para salir juntos a escena.

Perdona, se me ha olvidado decir que había otras personas que también vivían en el caserío, parientes que no es necesario enumerar para no recargar la narración, y de los que prefiero no hablar, a los que yo nunca conocí.

Hablar de alguno de ellos es complicado.

Pero retomemos el hilo. Mi abuela gestionaba el caserío.

Mi abuelo trabajaba aquí y vivía en una pensión.

Como había hecho en Bizkaia, mi abuelo aguzó el oído para averiguar dónde había yacimientos que pudiera adquirir, cuyo material molería en su planta.

Así fue como llegó a comprar una explotación de caliza en el alto de Ortiguero, en Cabrales, una explotación de pequeñas dimensiones, igual que todas las que había tenido hasta entonces.

Pero solo igual en apariencia. ¿Te has perdido con tantas idas y venidas, compras y ventas?

Y ella: Te sigo.

Y él: La caliza de Ortiguero era de buena calidad. Lo bastante como para vendérsela a las empresas de cristalería, que pagaban bien y necesitaban un suministro abundante y continuo de materias primas; sus hornos no se apagaban nunca.

Discretamente, mi abuelo indagó por los alrededores y descubrió que el yacimiento de caliza era mayor de lo que creía, que excedía la parcela donde lo explotaba. Y los terrenos por donde se extendía la caliza nunca habían sido denunciados. Estaban a su disposición.

Y ella: ¿Se hizo con ellos?

Y él, asintiendo: Por supuesto.

Y ella: ¿Y aquel material lo transportaba a la planta que tenía aquí, en Ribadesella?

Y él: No. Nunca llegó a hacerlo. No fue necesario. El yacimiento de caliza no solo era mayor de lo imaginado, mucho mayor, en realidad, sino que a su misma vera había unas instalaciones para tratar mineral de cobre.

Y ella: Ahora sí me he perdido. ¿Esas instalaciones tenían algo que ver con la explotación de tu abuelo?

Y él: No. Fue una casualidad que estuvieran allí. La empresa propietaria tenía una concesión del gobierno para fabricar casquillos de munición militar. Extraía el mineral de cobre cerca de allí, en la mina Delfina, hasta que pasó a importarlo de África. Entonces cerró la planta de Ortiguero.

Es decir, mi abuelo se encontró con un yacimiento de caliza de buena calidad y de grandes dimensiones, y, justo al lado, una planta provista de molinos, silos, tolvas, taller, cerrada un par de años atrás, donde la herrumbre no había hecho mella aún.

Fue entonces cuando mi abuelo, del que nos cabe imaginar que estaría cansado de vivir en una pensión, que echaría de menos a su familia, la cual también le echaría de menos a él, pensó: Esta vez sí.

Esto es lo que estaba buscando. Por esto merece la pena venderlo todo y venir aquí, traer a la familia, a todos los que quieran venir.

No aquí , a la montaña, donde hace demasiado frío y vive poca gente, sino a la costa, a Ribadesella, y construir una casa, con terreno alrededor, con animales, con una huerta, no en la villa, no con vecinos a un lado y al otro, mucho menos con vecinos arriba y vecinos abajo, eso no, eso nunca.