Esta es tu casa Conversación en un gallinero #2
80%

Conversación en un gallinero #2

Algún vecino de la villa que había visto el fuego podía aparecer para ayudar, o la guardia civil, pero no era lo habitual.

Tampoco sé de nadie que se responsabilizara de los incendios.

El fuego era algo que sucedía y cuyos efectos había que sobrellevar, igual que una tormenta o una gripe, que alguien te ha contagiado, sin que puedas saber quién.

Hubo una vez en que el monte ardió por la noche.

Lo recuerdo como el mayor de todos los incendios, aunque a lo mejor solo es así porque en la oscuridad las llamas se veían más.

Soplaba viento del sur. Mi padre estaba en casa.

Esa vez fue él quien corrió de un lado a otro, afanado en azotar, en pisotear.

No me dejó prestarle ayuda. Yo miraba desde la puerta trasera de la casa, en pijama y bata.

Mi madre sí ayudó. Se encargó de la manguera, como era habitual, aunque no con el afán que ponía cuando el fuego se presentaba estando ella y yo solos, me pareció a mí entonces, o así es como lo recuerdo.

Mi padre desahogaba la angustia gritándole.

Apunta ahí con la manguera. ¿Es que no puedes subir más arriba?

¿Se puede saber qué te pasa? Ella obedecía no tan rápido como a mí me parecía que podría hacerlo, con una torpeza exagerada, inoportuna, que cabría interpretar como desgana o despreocupación.

Mi padre dijo que, si el fuego llegaba al gallinero, ella y yo nos fuéramos, que dejáramos la casa. No, no recojas nada. Os vais como estáis, con el niño en pijama. Pero todavía no. Ahora ven a ayudarme. ¡Vamos, mujer!

Lo que a ella se le pedía era que, llegado el caso, sencillamente, se subiera al coche conmigo y se fuera.

Nadie especificó ni nadie quiso saber adónde debía dirigirse.

Yo supuse que los dos tenían claro cuál había de ser el destino de mi madre y el mío, el lugar donde más tarde, cuando mi padre por fin se hubiera dado por vencido o puesto a salvo todo cuanto hubiera estado en su mano, él se reuniría con nosotros.

El fuego se consumió o mi padre logró apagarlo. En cualquier caso, no alcanzó el gallinero.

Mi madre y yo nos fuimos a dormir. Mi padre pasó la noche despierto, subido al tejado del gallinero, vigilando que el incendio no se reavivara. Cuando me levanté por la mañana, aún seguía en casa, lo que era inusual en extremo. Acostumbraba a salir hacia la cantera antes del amanecer.

En el colegio me miraron raro, como cuando alguien volvía a clase después de que se le hubiera muerto un abuelo o una abuela.

La maestra se sorprendió al verme. Me preguntó si estaba bien, si lo estaban mis padres.

Al principio, no entendí el reparo de mis compañeros ni la extrañeza de ella.

Tardé en comprender que se debía al fuego.

Pero había habido otros fuegos, y de todos se habían ocupado eficientemente mis padres, al igual que hicieron con cuantos hubo más adelante.

Varias veces, las llamas llegaron a estar muy cerca del gallinero, pero nunca lo alcanzaron.

La casa siempre salió ilesa, más allá de alguna tiznadura en la fachada.

Además de la maestra, el único que dijo algo sobre el fuego fue uno de los repetidores que había en la clase y al que todos debíamos sufrir, dos años mayor que nosotros, un homúnculo modelado con sebo de cerdo y mierda, vestido con vaqueros elásticos, camisetas de Metallica y de Kiss y zapatillas de deporte compradas en mercadillos.

¡A punto has estado de quedarte sin casa!

Eso dijo, riéndose como un caballo, con las comisuras de la boca blancas de saliva, mirando a los costados para comprobar si alguien lo secundaba.

¡A punto has estado de quedarte sin casa!

Igual que se habría mofado si yo hubiera sufrido un tropezón y me hubiera caído de bruces al suelo.

De hecho, como se reía cada vez que me ponía la zancadilla.

¡Casi te caes!, o ¡Qué haces ahí tirado!

Nos lo decía a todos a cuantos nos hacía lo mismo, mientras pasaba por encima de nosotros y aprovechaba para pisarnos como por descuido, una mano, la espalda o la cabeza.

Y él de nuevo, después de una pausa pensativa, cuando Emilia ya creía que no iba a añadir nada más: Lo que recuerdo más vivamente es la lentitud de mi madre cuando manejaba la manguera, cómo insistía en remojar un punto donde el fuego se había extinguido hacía rato, mientras que, por los costados, las llamas avanzaban sin trabas hacia el gallinero, atenta no al fuego, sino a algo aún más perentorio, a una voz que sonaba en su cabeza y la instaba a ser audaz, a aferrar la oportunidad ofrecida por una conjunción de circunstancias a priori adversas, el viento del sur, la noche, la desesperación de mi padre, el fuego.

Sería una voz desafinada, ronca la mayor parte del tiempo, chillona cuando pretendía colmar de énfasis sus palabras, sembrada de gallos, inesperados e incontrolables, que le aconsejaba reservar las fuerzas para más adelante, cuando las llamas por fin envolvieran el gallinero, que en su imaginación ardería con saña, como una paca de paja empapada en gasolina, concediéndole a ella libertad para soltar la manguera, meterme en el coche a empujones y escapar de la casa.

Ni siquiera debería pasar por el trámite engorroso de decidir qué llevarse y qué abandonar a las llamas.

Tampoco por el de presenciar cómo estas se aproximaban a la casa, la rondaban y, como un niño goloso ante un pastel, escogían el lugar más apetitoso por donde empezar a devorarla.

Que disfrutaran del espectáculo los vecinos de la villa.

Ella no lo necesitaba. Que lo comentaran a la mañana siguiente, los tenderos con sus clientes, los padres y las madres que llevaran a sus críos al colegio, los ociosos acodados en la barra de los bares desde la primera hora del día.

Entonces ella estaría lejos. No le importaría lo que dijeran porque nunca volvería a cruzarse con ninguno de ellos.

Sería una voz fanfarrona, que se las daba de saber mucho más de lo que realmente sabía, que buscaba la complicidad con el solo fin de acceder a los puntos débiles de aquel a quien hablaba, la voz de un intrigante nato, que en el momento más inesperado podía sorprenderte actuando de manera cruelmente dañina: la voz del homúnculo que se rio de mí al día siguiente.

Me lo imagino encaramado al hombro izquierdo de mi madre, como los diablillos en los dibujos animados, pero sin que en el hombro derecho hubiera ninguna figura positiva que rebatiera los consejos egoístas y las falsas promesas que vomitaba en la oreja de ella.

Me lo imagino como un fantasma gaseoso y hediondo que envolvía a mi madre, que apoyaba una mano intangible sobre la mano con que ella sostenía la manguera y le impedía orientarla hacia el fuego.

Me lo imagino como un gusano con rostro humano que se arrastraba por las circunvoluciones del cerebro de mi madre, dejando tras de sí un rastro de excrementos que palpitaban, se hinchaban y se transformaban en más gusanos, todos con la misma cara arrasada de acné de su progenitor.

Claro está que no lo imaginé así a la mañana siguiente del incendio.

Durante mucho tiempo lo olvidé todo, salvo el hecho de que el monte ardió una noche con llamas más vivas que en otras ocasiones, o así me lo pareció a mí.

El recuerdo ha emergido siendo yo un adulto, un recuerdo prolífico, como si el barro oscuro donde pasó décadas enterrado lo hubiera provisto de una suerte de fertilidad y esta invitara a cavilar sobre lo que entonces pasó por la mente de unos y de otros.

Asimismo, invita a vincular partes separadas del recuerdo, dotándolo de cohesión, a imaginar al homúnculo como la nauseabunda voz de la flaqueza de mi madre, de su enfermedad.

También a resignificar a aquel preadolescente, hijo de padres desatentos, sufridor de quién sabe qué ponzoñas, contradicciones y pavores secretos, imponiéndole una utilidad y un significado, doblegándolo para ponerlo al servicio de mi relato.

II

Y Emilia: ¿Tu madre no quería vivir aquí?

Y Jon: Ahora tendré que contar la historia, y volver a contármela a mí mismo. La historia de por qué estamos aquí sentados, en las ruinas de un gallinero, en vez de en otro sitio, que no alcanzo a imaginar y que no deseo imaginar. ¿Se ha acabado el café?

Y ella, después de entrar en la casa y de volver a salir llevando una bandeja con dos tazas humeantes, prestando atención a los irregulares escalones de piedra del gallinero, con los que no estaba familiarizada todavía: ¿Prefieres no contármelo?

Y él: Mis abuelos maternos vendieron el caserío de Berango, donde eran autosuficientes. Primero los terrenos y por último el caserío. Con lo que les pagaron, compraron una cantera en Asturias.

Y él, después de tomar un sorbo de café: No lo estoy contando bien. Voy demasiado rápido. Me salto partes de la historia. Voy a lo esencial pensando que el resto se sobreentiende, pero no es así. Es imposible que sea así cuando desconoces los lugares, a las personas, el orden en que todo sucedió.

Y ella: Cuéntamelo como prefieras.

Y él: Me pide que lo cuente como yo prefiera.

¿Cómo prefiero hacerlo? ¿Cómo sé hacerlo?

Si me detengo a pensarlo, a discernir entre lo que prefiero decir y lo que no, entre lo que conozco y aquello de lo que apenas tengo una noción imprecisa, entre lo que se apoya en evidencias y lo que surge de mi imaginación, y entre lo que sé expresar y lo que no, nunca contaría nada.