Conversación en un gallinero
I
Emilia sintió curiosidad por saber qué había sido aquel sitio en el pasado: los restos de una caseta de ladrillo, de planta rectangular, ni escasa ni muy amplia, en la parte trasera de la vivienda, un limonero ubérrimo a un lado, un tendedero al otro.
Sobrevivían nada más que el suelo de baldosas de barro, una pared, levantada contra el macizo calcáreo, para el que servía de muro de contención, y, en ángulo recto con esta, parte de otra pared, demolida al bies, convertida en contrafuerte que ayudaba a la primera a impedir el deslizamiento de la ladera; un vestigio con forma de triedro, una reliquia funcional destinada a fines varios, también una suerte de escenario para representaciones caniculares, livianas, conectado con la vivienda mediante un breve sendero y tres escalones de piedra por donde habrían de entrar y de hacer mutis los intérpretes entre aplausos comedidos, un poco condescendientes.
En el centro, una mesa de forja y cuatro sillas a juego, asiento y respaldo acolchados por almohadones que era obligatorio guardar cada noche si no querías que amanecieran fofos, rezumando humedad, incluso en agosto, como era el caso.
Sobre la mesa, tazas de café, platos con migas de tostadas y manchas de mermelada, libros, periódicos y limones maduros, caídos del árbol y usados como pisapapeles.
Jon leía. Emilia, el rostro expuesto al sol, las piernas desnudas, los pies descansando en otra silla, conjeturaba sobre el pasado de aquel suelo y de aquella pared y media.
¿Qué había aquí? ¿Por qué no lo derribaron por completo y levantaron una verdadera obra de contención, en lugar de fiarlo todo a una pared y parte de otra, con grietas resanadas y arabescos de moho?
En la pervivencia de estos restos, ¿cuánto hay de temeridad, cuánto de confianza desproporcionada en lo que es originario y propio, cuánto de reminiscencia?
En el suelo, al pie de la pared completa, maceteros con geranios; al pie de la otra, leña cortada, cubierta por una lona, de debajo de la cual salía alguna que otra avispa que sobrevolaba la mesa antes de posarse junto a los restos de mermelada.
Y Emilia: ¿Qué había aquí? ¿Te importa contármelo?
Pero no me ofrezcas nada más que una respuesta escueta, prosaica, que por mí misma alcanzo a imaginar: una caseta para las herramientas de jardín, el sitio donde guardabais patatas y manzanas…
Tampoco fabules en exceso. No te doy pie para que falsees lo que esta ruina fue, para que tergiverses y bruñas su pasado hasta volverlo cautivador e inverosímil.
He tardado en llegar aquí. Me gusta estar aquí.
Sopla el nordeste, se lleva las migas de las tostadas que con gusto acabamos de comer y los gorriones las recogen del suelo.
No necesitas seducirme con un relato. Tampoco hacerme sentir parte de una ficción, el último personaje en incorporarse a una saga familiar, al que hay que arropar, hacer un hueco, y también aguijar para forzarlo a salir de la timidez y el comedimiento iniciales.
Yo solo quiero un poco más que la verdad, no demasiado.
Y Jon, cerrando el libro, marcando la página con el índice, como si su intención fuera proseguir en breve la lectura: A este sitio siempre lo hemos llamado el gallinero.
Y ella: Ya está. Ya está. Eh ahí, la primera frase. Apenas contiene nada. No permite prever la extensión ni la relevancia ni el tono de lo que a continuación vendrá. Sin embargo, esa primera frase, una primera frase, es siempre, en sí misma, algo definitivo.
Y él: Incluso ahora, sigue siendo el gallinero.
Y ella: Si un hombre de ciencia lograra hender el velo de nuestra realidad, su triunfo no radicaría en abrir una puerta que permita el libre tránsito, ni siquiera una mirilla a la que aproximar el ojo para atisbar lo que se agita al otro lado, sino en la apertura inicial, microscópica, por donde se filtraría un único rayo de luz, el cual no informaría de la existencia de algo al otro lado, ni de si lo que allí existe es merecedor de desvelos, pero sí confirmaría la existencia de otro lado.
El logro mayor es corroboración y es promesa.
Y ella de nuevo: ¿Desde cuándo está aquí?
Y él: Cuando mis abuelos maternos vendieron el caserío de Berango y vinieron a Ribadesella, construyeron esta casa y, al lado, construyeron un gallinero.
Y él de nuevo, con una convicción mayor, abismándose en el relato: ¿Cómo sería dejarlo todo atrás y asentarse en la Ribadesella de finales de los años sesenta?
¿Mis abuelos lo verían como un progreso, como adelantar un pie, con cautela, hacia la modernidad?
A lo mejor este gallinero nos dice algo al respecto.
¿Lo construyeron y lo llenaron de gallinas, y también de conejos, obedeciendo a nada más que una inercia del pasado: antes teníamos animales y ahora también?
No creo que esa fuera la única razón. ¿Los conejos y las gallinas que vivieron aquí fueron, en cierto modo, los mismos que vivieron en el gallinero y la conejera del caserío, y con sus huevos, su carne, sus cloqueos, su suciedad contribuyeron al consuelo, a que mis abuelos pensaran que no todo lo habían dejado atrás?
Y él de nuevo, posando el libro en la mesa, entrelazando los dedos y dejando las manos descansar en el regazo: Puede que no estuvieran seguros de si el negocio que los había traído aquí sería capaz de proveerlos de sustento.
Si la cantera que mi abuelo había comprado no les procuraba dinero bastante, al menos el gallinero les daría carne y huevos.
Y si suficiente roca caliza era dinamitada, molida, cribada y vendida a buen precio, mis abuelos, aun así, no tendrían la necesidad forzosa de acudir al mercado del pueblo, donde, quizá, no supieran con qué se iban a encontrar.
No olvidemos que, allí de donde venían, disponían de todo cuanto necesitaban para subsistir, salvo aceite, azúcar y sal.
Todo dentro de los límites de su propiedad.
Cruzaban la puerta del caserío, caminaban unos pasos y lo tomaban con sus manos.
Tenían frutales, maíz, trigo, miel. Cuando la recogida de los productos era trabajosa, contaban con la ayuda de un burro y de un caballo.
Tenían vacas y cerdos. Hombres y mujeres sabían pescar.
Los muebles de las habitaciones estaban fabricados con madera comprada y traída a casa por marinos de la familia, gente de confianza que recorría los galpones del puerto de La Habana en busca de partidas idóneas de caoba, madera que en virtud de la travesía del Atlántico y del paso por las manos de un ebanista de Berango, asimismo de confianza, se convertía en propia, en todos los sentidos.
Y él de nuevo, tras comprobar que contaba con la atención de ella: Los huevos y la carne del gallinero, y las fresas y las lechugas plantadas por mi abuela, reducirían los viajes al mercado donde sí sabían lo que iban a encontrar en las cestas y en las cajas, en los ganchos del carnicero y en el mostrador del pescadero.
Lo que desconocían era la disposición, los interrogantes con que serían recibidos.
En cualquier caso, el gallinero no garantizaba la autosuficiencia, pero ayudaba a la misma, a no desprenderse de dinero a cambio de una carne y unos huevos que no eran los mismos que los del caserío.
Emilia observaba la ladera que la pared del gallinero ayudaba a contener.
Más arriba, un cable electrificado impedía el descenso de los jabalíes; más arriba, racimos de latas vacías de cerveza colgaban de las ramas de los árboles, también como medida disuasoria contra los jabalíes; más arriba, finalizaban las terrazas excavadas en el terreno y este se volvía escarpado, apenas transitable, traicionero, peligroso en caso de dar un mal paso o sufrir un resbalón; y más arriba, en la cima del macizo, a lo largo de la linde de la finca, una apretada fila de eucaliptos, zarandeados por el viento del nordeste, a la vez bandera y empalizada.
Y él: Tengo un recuerdo vago de los animales.
Las gallinas estaban ahí, señalando la pared completa.
Los conejos, allí, señalando una de las paredes desaparecidas.
Mis padres se deshicieron de ellos en cuanto mis abuelos murieron.
De repente daban demasiado trabajo. Una vecina de Ardines los compró todos.
Los conejos los usó para criar. Eran buenos conejos, al parecer.
Luego en el gallinero se guardaron herramientas de jardín, también patatas y manzanas.
Jon guardó silencio, no volvió a abrir el libro, y Emilia esperó, a sabiendas de que no había terminado; como mucho, había concluido la parte de verdad solicitada por ella. Quedaba algo más por decir.
Y él: Cuando yo era niño, este monte ardía con frecuencia.
En alguna de las parcelas que hay más allá, señalando la empalizada de eucaliptos, el propietario quemaba rastrojos y, si soplaba el viento, el fuego bajaba.
Alguna vez ocurrió mientras estábamos mi madre y yo solos en casa.
Primero llegaba el olor, luego asomaba el humo, luego las llamas entre los eucaliptos.
Mi madre llamaba a mi padre, le decía que volvía a haber fuego, que ya lo estábamos viendo.
La cantera estaba lejos. Él podía tardar una hora en presentarse.
Alguna vez trajo a uno o dos obreros para que le echaran una mano.
Llegaban apurados, cubiertos de polvo de la cantera, ansiosos por hacerse cargo de todo.
Pero hasta entonces solo estábamos mi madre y yo, las herramientas que se guardaban en el gallinero y la manguera con que regábamos las hortensias.
Yo sofocaba el fuego azotándolo con una pala o pisoteándolo con las zapatillas de estar en casa.
Corría de un lado a otro, más entusiasmado que preocupado, arremetiendo contra las avanzadas del fuego sin atender a mi madre, que me gritaba que tuviera cuidado, mientras ella empuñaba la manguera.