Un fin de semana largo #9
Fue Jon el que ahora guardó silencio. No se movió. Observaba a aquel hombre del que la lluvia chorreaba. Esta era la reacción ansiada por Abraham; le permitía deducir lo que más le convenía y, por encima de todo, ganar tiempo para que el malestar amazacotado actuara o le indicara qué hacer.
Tú y yo nos conocemos, dijo Abraham.
Ya lo sé.
¿De veras?, preguntó Abraham; la bola de angustia había dado un salto y se abría paso esófago arriba.
Estuve en tu casa el otro día.
¡No! Nos conocemos de antes. No finjas. A mí ya no me engañas.
No sé de qué hablas. Creo que es mejor que te vayas. Gracias por traer a…
¡Un momento! ¡Espera!
Y más calmado, si bien con la angustia escalando rumbo a la garganta, añadió: Estuve en la presentación de uno de tus libros. Hace un año.
No lo recuerdo, dijo Jon.
Leí el libro.
La angustia llegó a la garganta de Abraham, donde se agigantó, dificultándole añadir nada más, y, por un instante, le cortó la respiración.
Se debatió para decir: No me has preguntado mi nombre.
Has estado en mi casa. He atendido a tus hijos.
Te he traído a tu perra. Y no me has preguntado cómo me llamo.
Jon retrocedió unos pasos hacia la cueva y Abraham rompió a llorar.
Se le escapó un gemido, acompañado de un rictus de dolor, y, de súbito, llegaron las lágrimas.
Se cubrió la cara con las manos. El gesto apenas disminuyó el volumen de los sollozos, desgarrados, propios de alguien que acaba de padecer un daño gigantesco, capital e incurable.
Con la espalda encorvada y las rodillas flexionadas, a punto de derrumbarse, alternó lloros y unos alaridos que, más que servirle de desahogo, parecían renovar la energía de la que se nutría el llanto.
¿Qué está pasando?
Desde la rampa de adoquines que llevaba a la casa, Emilia añadió: Jon, ¿dónde estás?
Su plan había sido regresar a Bilbao esa tarde, pero el extravío de la perra le había hecho cambiar de idea.
Los niños estaban tristes. Se sentían responsables de la pérdida del animal.
También Jon estaba disgustado; el incidente les había aguado el fin de semana.
Emilia no quería irse dejando en la casa tal estado de ánimo.
Decidió que se quedaría en Ribadesella hasta que la mascota estuviera de nuevo con los niños.
Ella madrugaría a la mañana siguiente e iría directamente al trabajo.
Aquí, dijo él, volviendo a salir de la cueva.
A sus pies, la perra se revolvía, atemorizada por los berridos de Abraham.
¿Qué está pasando?, repitió ella.
Abraham apartó las manos de la cara. Las lágrimas, la lluvia y la oscuridad apenas le dejaban ver nada.
El dolor que antes padecía en el estómago se había trasladado a la cabeza.
Le zumbaban los oídos. Alargó un brazo hacia la mujer.
Ni siquiera él supo si lo hizo en ademán de súplica o de prevención.
Jon se adelantó.
¡Apártate de ella!
De forma tan repentina y caudalosa como lo habían hecho las lágrimas, se produjo el vómito.
Abraham se dobló por la mitad y se vació violentamente. Los zapatos de Jon quedaron salpicados. En los descansos entre descarga y descarga, Abraham gemía y tosía.
Por fin se irguió, con los ojos llorosos.
¿Te encuentras mejor?, preguntó Emilia.
No lo sé. Creo que sí.
Abraham hurgó con la punta del pie en el charco que tenía ante él.
¿Esto es todo?, le preguntó a Jon. ¿Es todo?, insistió.
Por supuesto que esto es todo, respondió Jon, indignado. Ya te estás largando de aquí.
Jon, dijo Emilia, este hombre no puede volver solo a su casa.
Abraham seguía contemplando el vómito.
Sí. Ya está. Ya está.
Se le escapó una risa nerviosa y pidió perdón.
Estoy mejor.
Toma a la perra, dijo Jon a Emilia, y subid a casa. Yo me encargo de él. Cuando vuelva limpiaré esto.
Emilia se despidió de Abraham, aunque él no pareció oírla. Un momento después, Jon detenía su coche frente al chalé de Adelina. No había dicho nada durante el trayecto. Apretaba los labios en gesto de asco.
En el asiento del acompañante, Abraham miraba tranquilamente por la ventanilla. Había dejado de llover. Cuando se pararon y se volvió hacia Jon para despedirse, agachó la cabeza, presa de un súbito ataque de arrepentimiento.
¿Y cómo estás tú?
Jon lo miró incrédulo.
¿Yo?
Sí. ¿Estás bien?, dijo Abraham, y añadió: Lo siento.
Jon no se dignó contestar.
Quiero pensar que, si las cosas hubieran sido de otro modo, dijo Abraham, podríamos haber sido amigos. Siento de veras que eso no vaya a pasar.
Se bajó del coche y entró en el chalé. Tenía que consignar en su diario todo lo que había sucedido en la casa de Jon Bilbao, con el mayor detalle posible.
Sin embargo, estaba demasiado cansado. El diario podía esperar hasta el día siguiente.
Lo único que quería hacer era meterse en la cama y dormir. El estómago ya no le dolía.
Procurando no hacer ruido, se quitó la ropa salpicada de vómito y la metió en la lavadora. Se enjuagó la boca en el fregadero de la cocina. Cuando se disponía a subir al dormitorio, se fijó en que el carrito de la niña, que siempre aparcaban en el recibidor, no estaba allí.
Arriba no había nadie. Faltaba ropa de Marina y de la niña, y la bolsa de pañales. Recorrió varias veces el chalé, sin encontrar ni una miserable nota con una explicación.