Esta es tu casa Un fin de semana largo #8
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Un fin de semana largo #8

He ido al local del paseo, donde ayer estuvo Bilbao con su pareja.

Le he explicado al propietario que he encontrado a la perra, que la he reconocido porque la había visto varias veces con su dueño.

Le he pedido el número de Bilbao. Me ha mirado con desconfianza, pero me lo ha dado.

Empujar un carrito con un bebé aporta credibilidad.

Me ha dicho que, en efecto, la perra se había perdido.

Un rato antes, los hijos de Bilbao habían estado allí preguntando por ella.

Más tarde, al anochecer

Escribo antes de ir a devolver la perra. Escribo para serenarme.

He esperado hasta media tarde para llamar a Bilbao. Le he dicho lo mismo que al del local de la playa. No he mencionado que soy el que vive en la casa de Adelina.

Quería venir de inmediato a por la perra.

Sus hijos estaban preocupados. Se les había escapado a ellos.

He respondido que en ese momento me era imposible: un asunto familiar, aburrido, largo de explicar…

Le he propuesto que nos veamos esta noche en el paseo de la playa.

He pensado que a esas horas no solo el paseo estará desierto, sino que será improbable que Bilbao vaya acompañado de sus hijos, por muy preocupados que estén.

Mañana es lunes y hay colegio. Le he tranquilizado asegurándole que la perra se encuentra perfectamente.

Él ha hecho otra propuesta. Ha dicho que le lleve el animal a su casa.

Yo he preguntado si no será muy tarde. He dicho que no me gustaría molestar a su familia a esas horas.

Según Bilbao, no habrá problema. No será necesario que yo suba a la casa.

Me estará esperando en la entrada de la propiedad. Dejará el portón abierto.

Me ha parecido bien. Conozco la casa. Es solitaria. Allí es aún menos probable que nos vean.

Se lo he explicado a Marina. Únicamente he tenido que mentir a medias. Le he dicho que ha sido el dueño de la perra el que ha propuesto que nos veamos a esa hora, en su casa. Ella no ha querido saber quién es el dueño. No le interesa.

Hemos cenado sobras. Yo apenas he comido.

Marina me ha preguntado si me sigue doliendo el estómago.

He respondido que sí, aunque en realidad han sido los nervios lo que me ha quitado el apetito.

Ella también ha cenado poco. Ha estado bien que se interesara por mí.

Le he asegurado que, si mañana me sigue doliendo, pediré cita con el médico.

Me ha dado un beso y ha subido a dormir a Vega.

Parece que la niña no tiene ganas de dormir. Todavía la oigo. Si subo a despedirme, la revolveré más.

Casi es la hora.

III

Cerca de las once de la noche, Abraham ató al collar de la perra un trozo de cuerda que encontró en el garaje. El animal lo miraba a la espera de más comida.

Vamos, dijo Abraham, tirando de la correa improvisada.

El animal era reacio a irse.

Vamos, he dicho.

El cielo estaba cubierto. La temperatura, templada durante todo el fin de semana, había descendido.

La casa de Jon se encontraba a menos de un kilómetro.

No merecía la pena coger el coche. Abraham tomó la carretera del Pico, siguiendo la orilla de la ría.

Empezó a llover. Hombre y perra caminaban encogidos, lanzando miradas amilanadas en derredor.

Por la carretera no pasaban vehículos. Dejaron atrás el barrio del Tocote y la cueva rupestre de Tito Bustillo.

Doblaron una curva de la carretera y se toparon con la casa, semioculta por los árboles y la lluvia.

El portón de la finca estaba abierto de par en par.

La floja luz de las farolas de la carretera apenas sobrepasaba la entrada.

Abraham solo veía masas de oscuridad. Al otro lado del portón, la ladera del macizo sobre el que se hallaba la casa tenía forma de pared vertical.

Al pie, una negrura más densa y opaca: una cueva; cinco metros de alto en la boca, y una profundidad imposible de adivinar.

Estoy aquí.

Abraham dio un respingo. No veía a nadie y nadie se dejó ver. Si era la voz de Jon, ¿su perra no debería haber gemido de ansiedad, no tendría que tirar de la correa en dirección a la voz?

¿Dónde?

Aquí dentro.

Jon salió de la cueva, donde se había refugiado de la lluvia. Se detuvo en el umbral. Llevaba las manos en los bolsillos de un impermeable.

¿Está bien la perra?

Perfectamente.

Abraham hizo una pausa. Le dolía el estómago. Añadió: Aquí la tienes.

Tendió la correa de cuerda. Así Jon tendría que acercarse a tomarla.

Jon no se movió, como si no le apeteciera abandonar el abrigo de la cueva.

En el tono de las pocas palabras que había pronunciado no se traslucía una preocupación sincera por su perra, ni mucho menos alivio y agradecimiento por que alguien la hubiera encontrado y se la hubiera llevado a casa.

Más bien parecía molesto y a la defensiva, una actitud que terminó de manifestarse cuando, al tomar por fin la correa, reconoció a Abraham.

Eres el de la casa de Adelina.

Abraham no respondió. Estaba concentrado en el malestar de su estómago, que no había experimentado ninguna alteración ante la proximidad de su legítimo dueño. ¿Acaso no se trataba más que de nervios? ¿Era posible?, pensó con alivio.

¿Te encuentras bien?

No hubo respuesta. Abraham lo miraba fijamente, esperando que el malestar decidiera qué hacer.

Gracias por tomarte la molestia de venir hasta aquí, dijo Jon. Querrás volver a tu casa. Es tarde.

Abraham no salió de su mutismo.

¿Quieres llevarte mi impermeable?

Abraham retrocedió como si acabara de ser víctima de una amenaza.

¿Te encuentras bien?, repitió Jon, de nuevo con más fastidio que preocupación.

No vengo a devolverte solo a la perra.