Un fin de semana largo #7
Me gustaría disponer de calma para poner por escrito lo que pienso, pero en esta casa no hay más que interrupciones. Además, tengo que escribir a escondidas, si no quiero despertar preguntas impertinentes.
Lo que pienso
Que entre Bilbao y yo existe alguna clase de vínculo.
Que el relato posee una importancia que, hasta ahora, no he acertado a apreciar.
Que en el relato puede residir la clave de lo que está sucediendo.
Voy a hacer una pausa para releer «El alquitrán», frase a frase, como si no lo hubiera escrito yo.
Más tarde
Sigue: Lo que pienso
Que yo estaba en lo cierto.
Que Bilbao se siente bien gracias a que yo me siento mal, al igual que los pacientes de la clínica se sienten bien gracias a que los isleños se sienten mal.
Que Bilbao me ha traspasado su malestar y que ahora, como sucede en el relato, el malestar ansía retornar a su legítimo dueño.
Que ha sido el malestar de Bilbao lo que ha propiciado las casualidad y, también, lo que ha dictado el relato.
Que, por lo tanto, en realidad, el relato no es mío. Es obra del malestar de Bilbao o, en última instancia, del propio Bilbao.
Que Bilbao me ha engañado haciéndome creer que yo había escrito algo que merecía la pena.
¿Cómo das crédito a semejantes ocurrencias? No vuelvas a abrir este diario hasta dentro de unas cuantas horas. Descansa. Ocúpate de los tuyos. Deja, consigue, haz que las insensateces se borren de tu cabeza.
Más tarde, mientras Marina prepara la cena
Sigue: Lo que pienso
Que aunque nada sea cierto (no lo es), al menos se trata de una historia que, esta vez sí, me pertenece solamente a mí. Por lo tanto, ¿por qué detenerme? ¿Por qué no seguir fabulando?
Más tarde, cuando Marina y la niña se han dormido
Tranquilidad por fin, aunque no haya traído consigo el descanso. He bajado al salón. Me vuelve a doler el estómago.
Es el malestar de Bilbao. El dolor empezó cuando él vino a casa a buscar a sus hijos. Se agitó dentro de mí, como un perro que menea el rabo y hace cabriolas cuando ve llegar a su amo.
No escribo esto porque lo crea, sino para deshacerme de ello. Escribir es llegar a una cumbre desde donde puedes divisar lo que se extiende al otro lado.
¿Cómo se infiltró en mí el malestar de Bilbao? ¿Cuál fue la gragea negra?
¿Mi asistencia a la presentación de su libro? ¿El momento en que me estrechó la mano?
Pero había más personas en la presentación y a muchas les estrechó la mano.
Fue el libro.
La gragea son los libros. Los utiliza para deshacerse de su malestar. Unos lectores reciben mucho; otros, poco; otros, los más afortunados, nada. Por eso Bilbao se puede sentar a beber al sol, en buena compañía, sin sufrir angustia por tener que volver luego a su casa.
Por eso yo no permito que nadie lea lo que escribo.
Pero otras personas leyeron el libro. Aquel y otros.
¿Por qué no hay docenas, cientos de personas, rondando la casa de Bilbao, ansiosas por restituirle aquello con lo que él, de manera subrepticia, los ha obligado a cargar?
¿Acaso la aflicción se distribuye de modo que solo una pequeña porción, baladí, inapreciable, vaya a parar a cada receptor?
En ese caso, una vez más, me pregunto, ¿por qué me siento yo como me siento?
Es posible que Bilbao y yo nos parezcamos más de lo que imagino. La semejanza provocó que su malestar me eligiera como su nuevo anfitrión. Halló en mí un refugio familiar. Por eso me correspondió una porción de angustia mucho mayor que a todos los demás lectores.
Pero, si mi malestar es el malestar de otro, y pugna por salir de mí y retornar a quien es, al mismo tiempo, su progenitor y su presa (en cualquier caso, su fuente de vigor), ¿por qué no lo hizo cuando Bilbao estuvo aquí, en mi presencia, tan cerca que me habría bastado alargar la mano para tocarlo?
Quizá yo tenía que hacer algo que no acerté a hacer.
Quizá el malestar necesitaba un poco más de tiempo para llevar a cabo su traslado. En tal caso, la tarea que me correspondía era la de retener a Bilbao.
«El alquitrán» es una suerte de manual de instrucciones. El malestar de Bilbao me habla a través del relato. Debo hacer lo que me ordena. Quién sabe cuáles pueden ser las consecuencias si no obedezco.
Todo se puede resolver si vuelvo a estar en presencia de Bilbao, esta vez el tiempo suficiente. Espero que, llegado el momento, el malestar sepa qué hacer y asuma el control, como lo hizo cuando me obligó a escribir el relato.
Me tengo que morder los labios para dominar las carcajadas. No quiero despertar a la niña.
Las causalidades son solo casualidades.
Mi malestar es mío y solo mío. Soy fuente, cauce sinuoso y sumidero.
No obstante, ¿quién no querría pensar que sucede algo más, algo fuera de lo racional, que escapa de lo cotidiano, de lo burdo, del olor a pañal sucio, de la lavadora funcionando a todas horas?
Si fuerzo otro encuentro con Bilbao y no sucede nada (no sucederá nada), luego solo tengo que volver a casa.
¿Cómo encontrarme con Bilbao?
Necesito una excusa que provoque su interés o su curiosidad. ¿Cuál?
Queda descartado esperar a que se dé un encuentro casual. Podría tardar demasiado en producirse. Podría suceder en el sitio inadecuado. Podría haber testigos. Podrían estar presentes sus hijos, su pareja o, lo que sería aún peor, Marina.
Debo ser yo quien orqueste el encuentro. ¿Dónde tendría lugar? No puede ser en un espacio público. O sí, pero a una hora en que no haya nadie más. Tampoco puede ser en un sitio atípico; despertaría las sospechas de Bilbao.
¿En la playa, por la noche?
Aunque se me ocurra cómo responder estas preguntas, ¿qué disculpa le ofreceré a Marina para ausentarme de casa, a una hora inusual, sin avivar su suspicacia, que ya está a flor de piel?
Es demasiado complicado, propio de un telefilm de sobremesa.
Basta por hoy. No me molesta tanto el estómago.
Creo que Bilbao se merece no solo que le devuelva, con creces, su malestar, sino también un castigo por lo que está haciendo.
Domingo, 30 de marzo
Ha sucedido algo. Ahora veo claramente que el curso de los acontecimientos me aboca a un final inevitable. Sea lo que sea lo que vaya a suceder, yo nada puedo hacer por impedirlo.
Esta mañana, mientras Marina estaba en la ducha y yo cuidaba a la niña, he oído ladridos en la puerta de casa. Era la perra de Bilbao. No había nadie más. Me miraba meneando el rabo. Supongo que quería sobras. Le gustó lo que le di el otro día y ha vuelto a por más. La he dejado pasar.
He cerrado la puerta justo a tiempo. Por la ventana he visto apa recer a los hijos de Bilbao.
Iban por la calle llamando a la perra. Estaban angustiados.
Me he dado prisa en llevar al animal a la cocina y le he dado de comer.
En cuanto se ha puesto a zampar, ya no han importado los gritos que llegaban de fuera.
Cuando Marina ha salido de la ducha, le he dicho que la perra se había presentado en nuestra puerta, que se debía de haber perdido, que a lo mejor se había asustado con el ruido de las motosierras y había echado a correr.
Le he dicho que me sonaba haberla visto por el paseo de la playa con su dueño.
A ella no le gustan los animales. Me ha ordenado encerrar a la perra en el garaje.
Marina quiere que salgamos. Necesita ver gente, dice.
Más tarde
Marina, la niña y yo hemos estado en el pueblo. Pasamos por delante de la iglesia cuando salían los feligreses de la misa del mediodía. La plaza se ha llenado de corrillos y de críos que corrían entre ellos. Ha sido la mayor animación de la que hemos sido testigos desde que llegamos a Ribadesella.
Le he contado a Marina que Adelina asistía a misa sin falta y me obligaba a acompañarla.
Luego me llevaba al café Las Vegas. En deferencia a mí, Adelina y sus amigas se sentaban en la mesa más cercana al vivero de centollos y langostas, que a mí me gustaba mirar.
En Las Vegas también había una colección de botellas de licor en miniatura, expuesta en estanterías que ocupaban una pared tan alta y tan larga como una pantalla de cine.
Los corrillos se han disuelto. La gente iba a tomar el vermú. De manera natural, nos hemos sumado. Las Vegas sigue abierto. El vivero ha desaparecido, pero la colección de botellitas continúa en su sitio, y me ha complacido ver que es tal y como la recordaba; solo está más cubierta de polvo.
Me he esforzado por rescatar más recuerdos de Ribadesella y se los he ofrecido a Marina, contándole solo la parte favorable. Quiero que Marina sienta que poseo (y en consecuencia, ella también) un vínculo con este lugar, algo que, en alguna medida, facilite nuestra presencia aquí.
Me ha escuchado con atención y ha hecho alguna pregunta.
Sin embargo, sé que ella habría preferido que no le hablara del pasado, sino del presente, en términos concretos, prácticos y cuantificables, que le hablara de riesgos y beneficios económicos, que le hablara de una mejora de nuestro bienestar a corto plazo.
Lo que no le conté a Marina
Que el tedio que padecía cuando Adelina me ordenaba acompañarla a la misa era tan violento que yo sentía deseos de gritar.
Que el aliento fétido del cura se proyectaba como el haz de luz de un faro.
Que el contacto de los bancos de madera contra mis muslos era ofensivo, lo mismo que las nucas de los feligreses que tenía delante.
Que la fetidez del cura residía en sus palabras y en el tono, sentencioso y fatuo, con que las recitaba.
Que yo absorbía aquel hedor a través de los oídos y se me acumulaba en la cabeza.
Que el parloteo de Adelina y de las gallinas cluecas de sus amigas en Las Vegas no era más soportable.
Que, ahora, todo lo concreto, práctico y cuantificable que ella tanto anhela es para mí una fuente de tedio aún mayor que las homilías del cura.
De regreso en casa, he dicho a Marina que saldría en busca del dueño de la perra. Me ha respondido que me lleve a la niña.
Más tarde