Un fin de semana largo #6
Que se me había olvidado por qué estaba en la sala de espera de un hospital.
Que desde entonces no he escrito nada más, salvo este diario. Reviso el relato una vez tras otra.
Viernes, 28 de marzo, cerca de la medianoche
El dolor de estómago no me deja dormir. He bajado al salón. He contemplado el puente, por el que a estas horas no transita nadie, y la villa, en la otra orilla de la ría, igualmente serena. ¿Para qué me has llamado? ¿Me quieres bien o me quieres mal? ¿Ha de ser esta mi heredad?
No debo ser impaciente con Marina. Ella lucha su propia batalla con la resignación y ha elegido hacerlo sola.
Hoy no ha sido un buen día. Sin embargo, esta noche, cuando la niña se ha dormido, Marina ha tenido un gesto hacia mí.
Estábamos en la cama. Yo buscaba una postura en la que el estómago me molestara menos.
Entonces ella me ha abrazado y, despacio, puede que albergando la esperanza de un rechazo por mi parte, ha bajado una mano hacia mi polla.
No ha dicho nada. Tampoco me ha besado. La sentía respirar contra mi cuello.
Cuando ha visto que mi polla respondía, ha retirado las mantas, me ha bajado el pantalón del pijama y se ha arrodillado entre mis piernas.
Ha seguido con la paja. Una vez ha acercado la boca a la polla, pero ha cambiado de idea.
Ha continuado solo con la mano, hasta el final.
Yo había descartado que aquello significara una reconciliación; a lo sumo, una tregua; quizá, una estrategia para quién sabe qué fin.
Al terminar, me ha limpiado con un pañuelo de papel, me ha dedicado una caricia que no permite sacar conclusiones y se ha acurrucado contra mí.
Desde que nació la niña, no he conseguido nada más de ella.
Todavía no hemos vuelto a follar. Si yo intento acariciarla, me aparta la mano, con un rictus que le quitaría las ganas a cualquiera.
Cuando ella se ha dormido, me he levantado. En vano, he reco rrido la casa en busca de familiaridad. He acabado mirando por la ventana del salón, sin alcanzar ninguna respuesta. Al cabo de un rato, me he masturbado. Me ha sorprendido poder hacerlo. No gran cosa, pero mejor que lo de antes.
Si al hablar fuera admisible recurrir a las mismas palabras usadas al escribir, si los demás pudieran recibirlas con naturalidad, todo sería más fácil.
Acritud. Encarnizarse. Inclemente. Irredento.
Tengo sueño. El estómago me duele menos. Debería subir, tumbarme junto a mi mujer y dormir. No me conviene que ella se despierte para dar la toma a la niña y que se encuentre sola.
Retraso el momento. Mientras escribo, me siento como debe hacerlo un pájaro que vuela sin urgencia bajo la lluvia mansa de la primavera.
Volver de la escritura es volver a sentirse extranjero.
Sábado, 29 de marzo
Una mala noche para todos. En cuanto me acosté, regresó el dolor de estómago, más fuerte que nunca. Fui al baño e intenté vomitar. Solo bilis. El dolor no menguó. Mis idas y venidas revolvieron a Marina y a la niña.
Por la mañana, Marina me ha dicho que, si de verdad me pasa algo, vaya al médico. Ella tiene soluciones fáciles para todo. Sus opiniones son indisputables, como escritas en piedra.
Le he dicho que esperaré un poco, a ver si el dolor se pasa por sí solo.
Lo he hecho por ganar tiempo. Cerca del amanecer, he dormido un par de horas y me he despertado con una idea en la cabeza.
Al principio me ha parecido un despropósito, el fruto grotesco de otra noche sin haber descansado lo suficiente.
Ahora no sé qué pensar. Tal vez poniéndolo por escrito pueda concretar un juicio .
Con la disculpa de que tomar el aire podría hacerme sentir mejor, he salido de casa. He venido al paseo de la playa y me he sentado a escribir en un banco.
Me empezó a doler el estómago cuando Jon Bilbao vino a casa en busca de sus hijos.
Entonces no relacioné los hechos. Creí que era una casualidad.
Sin embargo, últimamente me han salido al paso varias casualidades.
En primer lugar, los sueños con Ribadesella, que en sí mismos no creo que fueran ninguna casualidad, pero sí lo fue, sin duda, que cesaran en cuanto me comunicaron que la tía Adelina se iba a la residencia y que podíamos disponer de la casa si precisábamos de ella, y claro que lo hacíamos, más que nunca.
La tía se fue justo a tiempo. Otra casualidad más.
No creo que Adelina decidiera irse a la residencia ni que, si ya lo tenía decidido, adelantara el traslado, solo por ayudarnos.
Y también está la visita de la mujer de ayer, la pareja de Jon Bilbao.
Y que mientras ella estaba en casa, aumentara mi dolor de estómago.
En aquel momento no lo asocié con ella. Creo que la presencia de Marina me confundió.
También lo que había pasado antes, cuando le hablé del relato y ella salió de casa a toda prisa.
Pero esta mañana la relación entre los hechos se ha presentado ante mí.
Aunque es más preciso decir la presunta relación. ¿Hipotética? ¿Posible?
¿De veras?
Esto no está funcionando.
Al escribirlo, solo consigo que lo que me ronda la cabeza parezca más irracional.
El ruido de las motosierras no me deja pensar con claridad.
Sábado, 29 de marzo, un poco más tarde
He vuelto a casa y me he encerrado en el cuarto de baño. Marina no ha dicho nada.
He pensado que debo registrar en este diario cuanto pueda ayudarme a dar con una explicación para lo que me sucede.
Hace un año, asistí en Gijón a la presentación de un libro de Jon Bilbao. Me dedicó un ejemplar, me estrechó la mano, me dio las gracias por haber ido. A todos quienes le pedían una dedicatoria, les estrechaba la mano y les daba las gracias.
Antes de dedicarme el libro, corrigió de su puño y letra una errata.
«Hay más, pero esa es fea», dijo. Me agradó el gesto.
Hizo que leyera el libro con predisposición a que me gustara, y lo hizo, si bien no en la medida que esperaba.
Antes de ayer, cuando estuvo en casa, no me reconoció. Estoy seguro.
Sábado, 29 de marzo, más tarde
Entre Marina y yo hemos sacado nuestras cosas de las cajas y hemos metido en estas las de Adelina.
Las hemos trasladado al garaje. Marina ha dicho que allí huele tanto a humedad que da ganas de llorar.
También que duda que las cosas de Adelina se conserven bien.
Yo he respondido que nos ocuparemos de eso más adelante.
Lo prioritario es que nos sintamos cómodos nosotros.
Creo que le ha agradado oírlo. He añadido que la primavera está a punto de empezar, que mejorará el tiempo, que la humedad se notará menos.
Nos hemos animado. También han ido a parar al garaje una mesa camilla con su juego de sillas, un par de alfombras y un montón de fotos enmarcadas de gente a la que no conozco o de la que no me acuerdo.
Durante la comida no hemos hablado mucho, lo que es comprensible; estábamos cansados. Yo he comido mientras sostenía a la niña en brazos. He sugerido otros muebles que podemos arrumbar y Marina me ha dado la razón en todos los casos.
Puede que hayamos vivido el principio cauto y sensato que tanto necesitábamos.
No he dicho nada por miedo a hacerlo trizas.
Ahora Marina está descansando.
Sábado, 29 de marzo, más tarde
Hemos salido a pasear por la playa, los tres. Nos hemos encontrado con Jon Bilbao y con Emilia.
Estaban sentados en la terraza del local que hay en el centro del paseo.
Emilia nos ha saludado con la mano, sin levantarse.
Creo que Jon no nos ha visto. Estaba distraído, hablando con el propietario del local, que se había acercado a su mesa.
Yo he respondido al saludo de ella. Marina ha simulado no darse cuenta.
Ha seguido adelante, empujando el carrito de la niña, como si no los hubiera visto. Luego no hemos hablado de ellos.
Viéndolos, se podría pensar que la primavera ya ha llegado. Estaban relajados, sin niños alrededor. Disfrutaban del sabor del whisky, del peso del vaso, del sol en la cara. Hasta se habían abierto un botón de la camisa y de la blusa para broncearse.
Cuando el propietario del local ha regresado a la barra, Jon ha apoyado una mano en el regazo de Emilia y retomado la conversación dejada a medias.
Hablarían de algo que no les haría daño ni a él ni a ella.
Jon proseguiría con las anécdotas sobre los antiguos dueños de los palacetes.
Le contaría, tal vez, que el marqués de Aledo, cuando compraba una gabardina, se la dejaba a su chófer durante unas semanas, para que la prenda perdiera el apresto y cobrara garbo.
La anécdota la oí un verano, en la casa de Adelina, siendo yo un crío. Es cuanto recuerdo de aquellas vacaciones.
Me habría gustado estar en el lugar de Bilbao, ser yo el que saboreaba el licor, el que recibía las caricias de una mujer que me escuchaba con cortesía y que decía cosas que despertaban en mí un interés e spontáneo.
Si yo hubiera sido él, habría querido que alguien me hiciera una foto junto a aquella mujer, para luego poder recordar el momento.
Sin embargo, soy yo el que les hace una foto; yo, que para ellos no significo nada; ahora, cuando el momento ha quedado atrás; y sirviéndome de palabras, que seguramente desvirtúan la imagen y no alcanzan a plasmar el sentir de aquellas dos personas.
Se me ocurre que Jon Bilbao se siente bien en la misma medida en que yo me siento mal.
Más tarde
A la secuencia de casualidades se podría sumar la escritura del rela to. Si no fue algo casual, sí fue anómalo. Me sentí como si alguien me lo transmitiera frase a frase. Ningún titubeo. Ningún tachón.
Es extraño también que desde entonces no haya podido escribir nada.
Las casualidades guardan relación con Bilbao. Apuntan hacia él, como si propiciaran nuestro encuentro.
Me pregunto si también el relato guarda relación con él.
Más tarde