Un fin de semana largo #5
No entiendo por qué se ha disgustado Marina.
Yo sabía que no le iba a gustar, pero esperaba que valorara el gesto, aunque solo fuera por hablar de algo que no sea la mudanza ni la niña.
Sabía que no le iba a gustar porque no tiene imaginación.
Hoy lo ha vuelto a demostrar. Pero eso no es lo malo.
Nadie tiene la culpa de nacer sin imaginación, igual que nadie tiene la culpa de nacer daltónico o con un brazo blando y delgado como un espagueti.
Su problema es que desprecia la imaginación, y la desprecia porque le asusta.
Yo sabía que no le iba a gustar, pero esperaba que, en alguna medida, por pequeña que fuera, le complaciese.
¿No me pregunta siempre por lo que hago?
¿No se ofende cuando no le permito leer lo que escribo?
¿Luego no se pasa horas mirándome de reojo, con sospecha y superioridad, con ese gesto inquisitorial que tanto ha llegado a refinar?
Es cierto que esta mañana no me ha preguntado nada, pero todos hemos dormido mal —yo por culpa de la niña y de este dolor de estómago que no se va— y estábamos en la cocina, preparando el café, tostando el pan de ayer, sin decir palabra, los dos sin energía, y pensé que alguien tenía que decir algo, lo que fuera y con urgencia.
Por eso hablé del relato. Se lo conté. No era nada más que un punto de partida, una forma de romper el hielo.
No hablamos de nada últimamente. A mí también me cuesta hacerlo.
Hablé del relato porque de eso me resulta fácil.
Sé lo que tengo que decir. Pero, de veras, mi intención era que luego habláramos de algo más, de lo que ella quisiera, importante o no.
Podríamos haber desayunado juntos, charlando.
No habría hecho falta resolver nada. Solo hablar, poner otra cafetera, disfrutar del sol que entraba por la ventana y comentar que cuando los cristales estén limpios será todavía mejor.
Habría sido una forma de empezar a hacer nuestra esta casa.
He de reconocer que tenía el relato muy presente. Ayer lo revisé de nuevo. Puede que me dejara llevar por la presunción, aunque, lo reitero, no fue esa mi razón primera.
Lo que le conté a Marina
Que llevo meses trabajando en un relato.
Que pienso que es lo mejor que he escrito nunca.
Que se titula «El alquitrán», aunque antes se ha titulado «El tratamiento» y «Para sus legítimos dueños».
Que transcurre en una isla, cuyo nombre nunca se llega a mencionar, donde el clima es benigno y las aguas invitan al baño.
La isla es pequeña. Una persona puede recorrer su costa, a pie, en el transcurso de un día y una noche.
Crecen pinos y olivos. Todo indica que se encuentra en el mar Mediterráneo.
Que transcurre en un futuro cercano. La tecnología y la ciencia están más avanzadas que las que hoy conocemos.
No obstante, los pocos habitantes de la isla, que viven todos en una única población, subsisten humildemente mediante labores propias de hace siglos: la pesca de bajura y el cultivo de la alcaparra.
Que en otro punto de la costa hay una clínica de bienestar para millonarios. La dirigen el Doctor y la Doctora. Están casados. Él es mayor. Ella, joven. Los une la vocación por su trabajo.
Que la clínica ofrece un tratamiento exclusivo.
(Reparaba en que me dirigía a mí mismo más que a ella. Comprobaba la consistencia del relato reduciéndolo a su esqueleto, lo mismo que ahora hago.)
Que el Doctor y la Doctora invitan a los pacientes a tomar una infusión de origen natural, de ingredientes secretos, de sabor nauseabundo.
Que seguidamente los pacientes han de retirarse a la intimidad de sus habitaciones hasta que la infusión haga efecto.
Que en el cuarto de baño de cada habitación hay un bidón de plástico de veinte litros de capacidad, provisto de cierre hermético.
Que al cabo de poco tiempo de haber ingerido la infusión, los pacientes experimentan unas náuseas incontrolables.
Que los bidones sirven para recoger el vómito de los pacientes, copioso, denso, negro y más nauseabundo aún que la infusión que lo provoca. Recuerda al alquitrán o al meconio de un recién nacido, y su expulsión es prolongada y agotadora.
Que no basta una única ingesta de la infusión para disfrutar de los beneficios del tratamiento.
Que el vómito de cada paciente se acumula en su bidón y este permanece siempre en el cuarto de baño. El bidón es de plástico traslúcido y cuenta con una escala de medida, para que pueda saberse cuánto alquitrán se ha purgado.
(Antes de llegar a este punto, Marina ya me estaba mirando mal.
Me preguntó si el relato era muy largo. Me preguntó si acababa bien.
Es impaciente. Es intransigente con cuanto no se amolda a sus gustos.
Siempre reclama explicaciones. Es incapaz de vislumbrar nada más allá de la literalidad.
¿No son estos rasgos indicativos de una personalidad infantil?
Me dijo que iba a ver cómo estaba la niña. Yo le dije que la niña estaba tranquila y que la dejara así. Le pedí que se volviera a sentar. Le dije que acabaría pronto. ¿No debía ella mostrar un poco de respeto por mi trabajo?)
Que al cabo de varias ingestas de la infusión, el paciente experimenta una cuantiosa mejora de su estado anímico.
Los motivos de desvelo, los miedos inconfesos, las rémoras del alma, los aborrecimientos se ven rebajados a un ruido de fondo, tolerable y trivial, en comparación con la estridencia perenne padecida antes.
Que tras recibir el tratamiento, los pacientes permanecen un tiempo más en la clínica, bajo la observación atenta del Doctor y la Doctora.
Disfrutan, ahora sí, pues antes sus males se lo imposibilitaban, del clima bonancible de la isla.
Exponen sin pudor su cuerpo desnudo. Toman el sol.
Los hombres vuelven a tener erecciones firmes.
Gozan de nuevo del sabor del vino y de los alimentos, que algunos habían llegado a olvidar.
(En atención a Marina, me detuve en los efectos benéficos del tratamiento. Añadí pinceladas de color local a la descripción de la isla. Que ella piense que solo soy capaz de comunicar lo negativo no nos ayudará.)
Que, sin embargo, el tratamiento no es perfecto. Su efecto no es permanente. Transcurridos unos meses, los males de cada paciente regresan, el ruido de fondo aumenta de volumen y se hace más tiránico que antaño.
Que el Doctor es el creador del tratamiento. Lleva años buscando el medio para aumentar su durabilidad. Agotadas las ideas, buscó un colaborador. Así conoció a la Doctora. Poco después se casaron.
Que la Doctora es ambiciosa. Admira a su marido, pero, en privado, opina que es demasiado conservador en sus procedimientos.
La niña lleva un rato llorando. Marina volverá en cualquier momento.
Viernes, 28 de marzo, más tarde
Después de comer hemos abierto cajas. No hemos progresado mucho.
Marina iba de habitación en habitación con un cuadro o con una lámpara, sin encontrarle un sitio adecuado.
Antes de poner algo, hay que quitar algo.
Adelina acumulaba muchas cosas. Marina quiere tirarlas, pero no podemos, así que las arrinconamos.
No hacemos más que redistribuir el desorden, a la vez que abarrotamos aún más la casa.
Marina ha salido a pasear con la niña.
Sigue: Lo que le conté a Marina
Que la ambición de la Doctora es mayor que el respeto que siente por su marido.
Que la Doctora cree haber dado con la solución para que los beneficios del tratamiento sean permanentes.
Que la Doctora, trabajando a espaldas de su marido, ha concentrado el alquitrán purgado por los pacientes y fabricado grageas con él.
Que para ganarse la aceptación de la isla, el Doctor y la Doctora practican revisiones médicas gratuitas a los habitantes.
Que durante las revisiones, la Doctora administra las grageas a los isleños. Les dice que son vitaminas.
Que cada isleño tiene asignadas las grageas procedentes de un paciente en concreto.
Que el residuo de desasosiego que los pacientes padecían se extingue.
Que para agotar las reservas de alquitrán, la Doctora aumenta la cantidad de pastillas administradas a cada isleño.
(Marina se revolvía en su silla. Quería que el relato terminara. Abrevié.)
Que el malestar ajeno consumido por los isleños, sumado al propio de cada uno de ellos, se torna insoportable.
Que una noche los isleños emprenden la marcha hacia la clínica, tambaleándose, balbuceando. Obran como autómatas, guiados por el malestar ajeno que alojan.
Que asaltan la clínica.
Que el malestar ajeno orienta a cada uno hacia su legítimo dueño.
Que los pacientes sanos se han vuelto indolentes y confiados, y son fáciles de atrapar.
Que cada isleño devuelve el malestar ingerido, asimismo en forma de vómito negro, a su dueño verdadero.
Que a continuación los isleños se desquitan incendiando la clínica.
Que la Doctora paga por su ambición y el Doctor por su ceguera.
Le pregunté a Marina qué le parecía. Respondió que no sabía qué decir.
Me miraba otra vez a su manera inquisitorial.
Debería añadirlo a su currículum, entre las aptitudes.
A lo mejor le ayuda a encontrar trabajo.
No me importó. Al menos había escuchado hasta el final.
Le pregunté si ahora ella quería contarme algo.
¿El qué? Lo que sea. Negó con la cabeza. No se puede ser más previsible.
Lo que no le conté a Marina
Que el relato lo escribí mientras ella tenía a la niña.
Que cuando la pediatra me dijo que había que practicar una cesárea, una enfermera me condujo a una sala de espera donde no había nadie más.
Que yo nunca había tenido tanto miedo.
Que para distraerme saqué el cuaderno que llevo siempre encima.
Que en cuanto posé la punta del bolígrafo sobre la página, el relato se presentó en mi cabeza.
Que lo escribí de principio a fin, sin detenerme ni un segundo, como si alguien me lo estuviera dictando.
Que jamás me había pasado algo parecido.
Que cuando puse el punto final, tenía un relato y una hija.