Un fin de semana largo #4
Abraham dijo que, hasta hacía poco, él había tenido una academia de idiomas en Gijón.
Habló de la caída del número de alumnos, de un socio desleal…
Mascullaba las palabras. A Emilia le costaba entenderle.
Abraham no la miraba al hablar, sino que refugiaba la vista en rincones grises donde no había nada que ver.
La academia había echado la persiana por razones numerosas, todas ajenas a él, a su control y, al parecer, también a su responsabilidad.
En cuanto a Marina, había dado clase en la academia, de francés y de alemán.
Pero, bueno, ahora, al menos, ella tenía la baja por maternidad.
Era una suerte que su tía abuela hubiera dejado disponible la casa.
Continuaba hablando en susurros para no despertar a su hija, pero Emilia sospechó que, aunque su hija no hubiera estado presente, él tampoco habría alzado la voz. Seguro que a Marina no le agradaría oír lo que estaba diciendo.
Abraham había decidido probar suerte en Ribadesella. En la villa no había ninguna academia de idiomas. Para empezar, podrían impartir las clases allí mismo, en casa, cuando se acabaran de instalar. Emilia contempló el desorden, que tan insignificante hacía parecer el salón, pero no dijo nada.
También espero tener más tiempo para escribir, añadió él.
¿Qué escribes?, preguntó ella.
Su interés cohibió a Abraham, que se replegó, arrepentido de haber hablado.
Nada importante. Relatos. Pero no he publicado nada. Tampoco pretendo hacerlo. En realidad, nadie me ha leído.
Marina regresó al salón a tiempo de oír las últimas palabras. Posó en una mesa baja, con cierta brusquedad, una bandeja en la que solo había dos servicios de café. Continuaba llevando la chaqueta sucia del pijama. A Emilia le molestó un poco que no se hubiera cambiado de ropa.
¿Ella tampoco te ha leído?
No, ella tampoco, dijo Abraham en tono asertivo, sin inflexiones que apuntaran a los posibles motivos por los que su pareja no había leído ninguno de sus relatos, como si este fuera un hecho más allá de cualquier debate posible.
¿Ya te ha dicho que quiere dar clase aquí? Aquí . Y antes de que nadie respondiera, Marina añadió: No creo que podamos trabajar en casa. Aunque estuviera en condiciones.
Abraham hizo amago de contestar, pero se contuvo. Sin duda, era un tema que habían abordado en repetidas ocasiones, sin llegar a un parecer común.
Supongo que es posible, opinó Emilia. Mi pareja trabaja en casa. Aquí, en Ribadesella. También él escribe, y traduce.
Dijo quién era su pareja.
A Marina, que estaba sirviendo el café, el nombre pareció no decirle nada. Por el contrario, la reacción de Abraham fue imposible de pasar por alto.
Tú… ¿Estáis juntos?
Sí. No vivo en Ribadesella. Pero estamos juntos.
¿Qué pasa?, preguntó Marina. ¿Lo conoces?
He leído alguno de sus libros. Y estuvo aquí el otro día.
¿Cómo? ¿Por qué?
Marina parecía molesta. Emilia se preguntó si la razón del disgusto era la presencia de Jon en aquella casa o que Abraham no lo hubiera mencionado hasta ese momento. Marina había elevado el tono. El bebé rompió a llorar en el carrito.
Joder, lo que faltaba, dijo ella.
Abraham había cerrado los ojos. Apretaba los párpados.
¿Te importa cogerla? Mientras nos tomamos el café. ¿Qué te pasa?
Abraham se había llevado una mano al vientre.
¿Te duele algo?
Llevo un par de días sintiéndome regular.
No me habías dicho nada, respondió ella, en tono de no dar crédito a sus palabras. Deja, ya cojo yo a la niña. ¿Pero qué es? ¿Qué te duele?
El estómago.
Bueno. Ya se te pasará. Y tú deja de llorar. No es nada. A nadie le pasa nada, dijo Marina acunando al bebé con exceso de brío, sacudiéndolo casi.
Emilia tomó un sorbo de café. El hombre sí parecía sufrir algún dolor.
Sin embargo, no hacía nada por aliviarlo, no pedía ayuda, ni siquiera, aunque fuera solo por recato, se retiraba a otra habitación.
La mujer, sin dejar de acunar a la niña, lo miraba fijamente.
En la expresión de ella, Emilia identificó un catálogo de emociones abrasivas, cuya mera enumeración se hacía agotadora: había tedio, había vergüenza, había provocación a que él dijera algo más, a que la continuara sorprendiendo negativamente, a que con sus palabras la hiciera sentir aún más sola y, a la vez, responsable, en lo material y en lo emocional, de dos criaturas, lactante una, adulta la otra, a que le demostrara hasta dónde era él capaz de llegar como fuente de desencanto, y había petición de cuentas, exigencia, más bien, de una explicación de por qué la había llevado hasta allí, de por qué le había hecho promesas a sabiendas de que no podría cumplirlas, de por qué nunca era él quien consolaba los lloros del bebé, de por qué había embotado la capacidad de ella para ilusionarse, una capacidad que era antes tan viva, tan cuantiosa, tan presta, de por qué la había embotado hasta el extremo de que mudarse a una casa amplia, luminosa, que nada necesitaba, salvo un poco de orden, lustrar la plata ennegrecida, retirar los tapetes de ganchillo, encerar el suelo, para convertirse en un hogar apetecible donde vivir juntos y criar a su hija, le parecía la más lúgubre de las condenas.
Viendo a aquel hombre y a aquella mujer, cómo ella lo miraba a él, una mirada bajo cuyo peso el hombre se encogía más y más, como si fuera esa, y no otra, la causa de su dolor, Emilia pensó, y en cuanto el pensamiento asomó a su mente, aún sin concretarse, tuvo que posar la taza de café por temor a derramarla, pensó que se estaba viendo a sí misma y a Jon, tal y como habrían sido si hubieran obrado de manera diferente a como lo habían hecho, si ella hubiera cedido a la tentación que sintió tras el nacimiento de su hijo y vuelto entonces con Jon, sin demora.
Él habría estado dispuesto, habría asumido la responsabilidad de la mujer y del hijo recién nacido.
No lo dijo nunca con palabras, pues eso habría sido una suerte de apremio, tal vez incluso la habría empujado hacia la disuasión, pero se lo dio a entender con su actitud, cada vez que ella encontraba un resquicio en su vida familiar para que pudieran verse.
Él le había hecho saber, sin sobrepasar los límites del comedimiento, de la transigencia y de la paciencia, que deseaba que ella volviera, aunque trajera consigo al hijo de otro, que este sería un precio bajo por recuperar su intimidad, por volver al vaso de agua en la mesilla de noche, al olor de la pasta de dientes; no, un precio no, un orgullo.
Pero habría sido un error, otro, que habría ido a apilarse sobre los anteriores.
Emilia lo había intuido entonces, y ahora, contemplando a la pareja, la intuición cobraba una solidez incontestable.
De igual manera, distinguió lo que había de injustificado, y acaso de insensato, en su deseo de que aquellos días que iba a pasar en Ribadesella «sucediera algo» que fijara su recuerdo e hiciera que, en el futuro, merecieran ser narrados.
Porque, si tal era el objetivo, que «sucediera algo» ¿no habría de significar que «sucediera algo malo», que un drama inesperado y rocambolesco viniera a perturbar sus vidas, y quizá también las de quienes los rodeaban, que nada semejante se merecían?
¿Y acaso lo merecían ellos, ella y Jon? Hasta ese momento, su historia en común había transitado un camino jalonado de impedimentos que limitaban el disfrute o lo postergaban: la pareja de uno, la pareja del otro, el hijo de Emilia…
Se preguntó, sufriendo una punzada de culpa, si los escollos no habían sido tantos que la convivencia con los mismos había terminado por convertirse en un hábito.
Y ahora que los impedimentos dejaban de serlo, ¿el hábito la llevaba a buscar otros nuevos?
El alivio que sintió de súbito, saneado de toda culpa, la hizo ponerse en pie.
Lo repentino del gesto atrajo las miradas del hombre y de la mujer.
Abraham y Marina. Emilia ya casi había olvidado sus nombres, que, un momento antes, tan importantes le habían parecido: los protagonistas de un capítulo singular en su vida.
Creo que es mejor que me vaya. Gracias por el café.
Por supuesto, dijo la mujer. Te he entretenido. Seguro que tienes otras cosas que hacer.
Se despidió de Emilia por encima del hombro, mientras se llevaba su decepción a otra habitación de la casa.
El hombre acompañó a Emilia a la puerta.
Gracias, dijo ella.
Él la observaba con atención, como si esperara que añadiera algo más, pero Emilia recorrió a paso ligero el sendero a través del jardín descuidado.
Decidió regresar a casa. A lo mejor Jon ya había terminado de corregir la traducción.
Si no era así, ella se entretendría viendo viejos álbumes de fotos.
Desde la calle, miró atrás. El hombre continuaba en la puerta, con una mano apoyada en el vientre.
II
Viernes, 28 de marzo
La vi alejarse hacia una casa donde seguro que no hay problemas, y donde los que puedan surgir serán nimios, afrontados por personas con decisión, que se ayudarán entre ellas sin anteponer la crítica ni el reproche.
Ella no trabajará hoy y no sentirá remordimientos.
Pasará el día haciendo lo que quiera, rebuscarse con la lengua restos de comida deliciosa entre los dientes, mirar álbumes de fotos.
Marina ha ido a hacer la compra. Me ha dejado a la niña. Por suerte se ha dormido. Marina me ha dicho que termine de abrir las cajas de la mudanza, pero, si abro cajas, haré ruido y la niña se despertará. Es mejor que escriba. La niña ha pasado mala noche —otra—, necesita descanso.