Esta es tu casa Un fin de semana largo #3
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Un fin de semana largo #3

Eso no tiene nada de extraño. Ya sabes cómo son. Seguro que le dijeron que conocían a Adelina y que ella siempre les daba algún dulce. A lo mejor, hasta se sirvieron ellos mismos.

¿No le preguntaste cómo se llamaba?

Él respondió negativamente. Dijo que no le interesaba y que había tenido prisa por salir de allí.

¿Por qué?

Jon resopló.

Estaba tenso, y encontrarme con alguien así lo empeoró.

Antes de que Emilia volviera a preguntarle por la razón, él admitió que le había molestado que hubiera alguien así en Ribadesella, como si ella, inevitablemente, lo fuera a conocer. Quería que todo fuera perfecto.

Emilia asintió. No continuaron hablando de aquel hombre.

Apagaron las luces, taparon a los niños, que, en sueños, se habían destapado a patadas, dejaron un vaso de agua en la mesilla, reconocieron el olor de la pasta de dientes del otro, gestos propios de la cotidianidad, por ello tan apetecidos, a los que el entorno de la casa prestó una cualidad superior, como superior se puede pensar que es el valor de los rezos pronunciados en una catedral.

Esa noche, Emilia pasó mucho tiempo despierta, escuchando los sonidos de la vivienda, semejantes a los que produce una persona mientras duerme, alguien mayor, acaso torpe por la edad avanzada, pero sano y agudo, y atenta asimismo a los ruidos del exterior: susurros, chirridos, acaso exclamaciones de sorpresa, cuyo origen no acertaba a adivinar.

En algún momento, mientras se interrogaba al respecto —señalemos que serena, sin miedo, con curiosidad—, se durmió profundamente.

A la mañana, todos se levantaron temprano.

Era viernes, había colegio. La casa miraba al este; el sol matutino y las voces de los niños le insuflaban el primer aliento del día.

Emilia levantó la persiana y contempló la vista.

Había unas pocas nubes, sonrosadas todavía, deshilachadas por un viento procedente del sur.

Disfrutarían de un día templado. La marea estaba alta.

Amarrada a la orilla, frente a la casa, se encontraba la Mirentxu II, la lancha del padre de Jon.

Desde el extremo de la proa, una garceta escrutaba el agua.

Emilia la vio zambullirse. Regresó a la superficie entre los carrizos de la orilla, alzó el cuello para engullir alguna presa y, con un breve vuelo, regresó a su atalaya. Emilia se sintió repleta de energía.

Jon no estaba de buen talante. Había recibido un email de la editorial para la que recientemente había traducido una novela.

Le pedían unas correcciones de última hora, con carácter de urgencia; el texto debía ir a imprenta esa misma tarde.

Él había planeado tomarse el día libre y pasarlo con Emilia, pero ahora tendría que dedicar unas horas a la traducción.

No te enfades, dijo ella. No hay motivo.

Tras la reforma de la casa, el antiguo despacho del padre de Jon se había convertido en el lugar de trabajo de este.

Los manuales técnicos, la colección de minerales y las muestras de carbonato cálcico pulido habían desaparecido de las estanterías, ahora ocupadas por diccionarios, cuadernos y ejemplares de los libros escritos o traducidos por Jon.

Él estaba sentado ante el ordenador, releyendo con el ceño fruncido las demandas de la editorial.

Yo saldré a dar un paseo. Luego podemos comer juntos. Me llevas a un buen sitio, por haberme dejado sola toda la mañana.

Él estaba demasiado contrariado para apreciar su sentido del humor.

El abuelo llevaría a los niños al colegio. Entraron al despacho para despedirse.

¿Esto qué es?, preguntó la niña.

Jon había colocado la escribanía en su mesa de trabajo. La niña señalaba la salvadera.

Servía para guardar arena o polvo de conchas trituradas, le explicó su abuelo. Antes, cuando se escribía con pluma, se echaba sobre el papel un poco de arena. Así la tinta se secaba más rápido.

El abuelo examinó las piezas de la escribanía elogiando su buena factura. Emilia quiso ver afán de posesión en el modo como las sopesaba.

Es un regalo para todos, aclaró.

El abuelo gruñó y volvió a dejar la escribanía sobre la mesa. Los niños opinaron que quedaba bien. Emilia salió, complacida, a pasear.

Se encaminó hacia la playa sin contemplar otros destinos posibles, como si antes de hacer nada más, debiera presentar sus respetos.

Recorrió el paseo admirando los palacetes de indianos de la primera hilera de viviendas.

La madera de deriva acumulada producía una impresión de entorno salvaje, efecto subrayado por el viento sur, que levantaba rociones de arena.

Varias personas troceaban los troncos de mayor tamaño con motosierras.

Llegó a la Punta del Pozo y dio media vuelta.

El viento le había revuelto el pelo como un adulto se lo revuelve a un niño, en muestra de orgullo, en gesto de reconocimiento y saludo, en invitación al juego.

El olor a algas y salitre le hizo desear otro café.

Al pasar frente al palacete de los Uría Aza vio a una mujer sentada en un banco del paseo.

Le estaba dando el pecho a un bebé. Al mismo tiempo, intentaba protegerlo del viento.

En la arena, un par de motosierras competían entre sí en estruendo.

Cuando Emilia se acercó, vio que la mujer estaba llorando.

Le preguntó si se encontraba bien. La mujer la miró sin hacer nada por disimular el desconsuelo.

Tenía mechones de pelo pegados a la cara, mojada por las lágrimas.

El bebé, inquieto, se soltó del pezón y lloriqueó.

El carrito estaba junto al banco. Una ráfaga de viento más violenta que las anteriores lo empujó, alejándolo.

La mujer alargó un brazo en vano. No sabía qué hacer, si levantarse a por el carrito, si consolar al bebé, si ponerlo al socaire, si es que algo de eso era posible…

Emilia recuperó el carrito y le puso el freno. Se ofreció a sostener al bebé. El viento se le colaba a la mujer por debajo del grueso jersey de lana, inflándolo como un globo.

Arréglate. Yo te lo sujeto.

Una motosierra aceleró para abrirse paso a través del duramen de un tronco especialmente grueso. La mujer continuaba llorando. Aún no había pronunciado palabra.

Emilia acunó al bebé. Iba muy abrigado, también con un jersey de lana, y una trenca austriaca.

Creo que tiene calor, dijo Emilia.

No sabía que habría viento sur, dijo la mujer. Yo también estoy sudando.

Puedes quitarte el jersey, dijo Emilia como si se dirigiera a una niña, pese a que aquella mujer tenía algún año más que ella.

No, no puedo.

¿Por qué?

Debajo llevo la chaqueta del pijama. He salido corriendo de casa. Solo me he vestido a medias.

La motosierra aminoró el estrépito, petardeó y aceleró de nuevo.

¿Por qué no nos vamos de aquí?, preguntó Emilia.

Sin esperar la respuesta de la mujer, colocó al bebé en el carrito. Antes lo liberó de la trenca austriaca.

A mí me pasaron cosas así cuando nació mi hijo. Es inevitable.

¿De verdad?

Por supuesto.

La mujer empujó el carrito. Emilia señaló hacia una bocacalle, pensando que entre edificios el viento se padecería menos.

Dijo que tenía un hijo de dos años y que, al principio, ella lo había pasado mal, pero que luego todo había mejorado, antes de lo que se podría imaginar, añadió exagerando un poco.

Siguió hablando, pues parecía que eso serenaba a la mujer.

En el carrito, al bebé se le cerraban los ojos.

¿Cómo se llama?

Vega. Es una niña. Toda la ropa que me han dado es de niño. Pero ella es niña.

Llegaron al Arenal, frente al puerto deportivo.

¿Te puedo invitar a un café? Es lo menos que puedo hacer.

El bebé se había dormido. Emilia respondió que no era necesario, pero la mujer insistió.

Por favor, quédate un momento. Hace mucho que no hablo con nadie. Vivo aquí mismo.

A Emilia se le aceleró el pulso al ver un chalé con el césped sin cortar y los cristales sucios.

La verdad es que no tengo prisa.

Desde que Jon había estado allí, nadie había ordenado ni limpiado la casa.

Perdona el desbarajuste. Siéntate donde puedas.

No te preocupes. ¿Te ayudo en algo?

Hablaban en susurros para no despertar a la niña. La habían dejado en el carrito, que la madre había aparcado en el recibidor.

Lo tengo todo controlado, dijo la mujer. Por cierto, me llamo Marina.

Emilia. Encantada.

¿Ya estás de vuelta?

En la puerta del salón, el hombre las miraba con desconcierto. Su apariencia coincidía con la descripción hecha por Jon.

Habla más bajo. Vega está dormida. ¿No ibas a salir?, preguntó Marina, asimismo contrariada.

Me he entretenido.

Emilia se presentó. Él dijo que se llamaba Abraham.

Marina y Abraham, repitió Emilia en su cabeza, acariciando los nombres con el pensamiento, tanteando su solidez y posibilidades.

El encuentro con su pareja parecía haberle quitado a Marina las ganas de hablar, así que tuvo que ser Emilia la que explicó que se acababan de conocer.

Marina se quitó el jersey, demostrando que en efecto llevaba debajo una chaqueta de pijama, a la que no le habría venido mal un lavado. Murmuró que iba a hacer café y abandonó el salón.

En el ambiente persistía la hediondez de una discusión reciente. Emilia pensó que a lo mejor esa era la causa de las lágrimas de Marina, y de que hubiera huido de casa a medio vestir.

Abraham despejó de ropa arrugada y de libros un sofá y la invitó a sentarse.

Ella miraba a su alrededor sin disimulo.

Buscaba auspicios, indicios e incluso pruebas de que allí estuviera sucediendo algo, de la existencia de una historia singular que luego ella pudiera contarle a Jon y en la que, quién sabía, acaso pudieran verse implicados.

Eso dotaría al fin de semana de una entidad superior y duradera.

¿Os acabáis de mudar? ¿A qué os dedicáis?