Esta es tu casa Un fin de semana largo #2
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Un fin de semana largo #2

Hola, dijo Jon. ¿Están aquí mis hijos?

Han venido dos niños. Supongo que serán ellos, dijo el hombre mascullando las palabras.

Permaneció bloqueándole el paso. Miraba a Jon con los ojos entrecerrados; era difícil resolver si porque lo observaba con interés o por hallarse embotado, como si el timbre lo hubiera sacado de un largo sueño narcótico. Por fin se apartó para dejarlo pasar.

Están en el salón.

Jon conocía el camino. Los encontró repantigados en el sofá, con un plato de galletas en el regazo y el televisor encendido en un canal de dibujos animados. En el suelo, la perra daba cuenta de unas sobras de comida, servidas directamente en un túper.

¿Por qué no habéis vuelto? ¿No está Adelina?

Los niños no supieron a quién iba dirigida la segunda pregunta, así que no respondieron ninguna de las dos. Volvieron a mirar la pantalla.

A la decoración del salón, de por sí recargada, abundante en cuadros con aparatosos marcos dorados y en figuras de Lladró, se superponía el desorden de una mudanza a medio culminar.

Había cajas apiladas contra las paredes, un amontonamiento de ropa de mujer en un sillón, y un ordenador desconectado, una impresora vieja y un revoltijo de cables polvorientos sobre una mesa.

A todo ello aún se venía a sumar el fárrago fruto de la presencia de un bebé, aunque Jon no vio ni oyó a ninguno.

En lugares donde entorpecían el tránsito, había un corralito repleto de juguetes blandos y una trona con pegotes de papilla.

¿No está Adelina?, repitió.

El hombre respondió que no. Hacía un mes que Adelina había ingresado en una residencia de ancianos en Gijón.

¿Pero se encuentra bien?

Sí, muy bien. Bueno, supongo que sí.

¿Has hablado con ella?

No. Hace años que no hablamos.

¿Eres pariente?

¿De quién?

De Adelina, dijo Jon, despacio.

Soy su sobrino. Bueno, sobrino nieto. ¿No quieres sentarte?

Nos vamos ya. ¿Te has instalado aquí? ¿Te ha dejado la casa?

El hombre infló los carrillos y miró la sobreabundancia de objetos como si no estuviera seguro de si se estaba mudando o no.

Más o menos. Le vamos a cuidar la casa mientras está fuera.

¿Eres del pueblo?

No. Pero venía de vacaciones cuando era crío. Aquí, donde Adelina.

El niño se levantó del sofá y se dirigió al pasillo.

¿Adónde vas?, preguntó Jon.

Al baño. Sé dónde está.

No estás en tu casa. Hay que pedir permiso.

¿Puedo ir al baño?

No me lo preguntes a mí. Pregúntaselo a él.

El niño no repitió la pregunta, limitándose a mirar al hombre.

Bueno. Supongo. Si tienes que ir.

Entonces, has venido con tu familia a vivir aquí, dijo Jon, no porque le interesara la vida de aquella persona, sino para llenar el silencio hasta que su hijo regresara del baño. ¿Estás bien?

El hombre se había llevado una mano al vientre y apretaba los labios en gesto de dolor. Tardó unos segundos en responder.

Creo que sí. No sé qué ha sido. ¿Te importa si nos sentamos? Yo me voy a sentar.

Apartó una silla de la mesa donde estaban el ordenador y la impresora y tomó asiento. Jon hizo lo mismo. El hombre se masajeaba la barriga.

¿Qué me habías preguntado?

Si has venido a vivir aquí con tu familia.

Eso es. Ha sido curioso, respondió, y guardó silencio. Se quedó pensativo antes de decir: Primero los sueños. Luego lo de Adelina.

Como el hombre volvió a quedarse callado, Jon se vio forzado a preguntar: ¿Los sueños?

Soñaba con Ribadesella. Hacía años que no pensaba en este sitio. Y, de repente, empecé a soñar con la villa todas las noches.

¿Qué soñabas?, preguntó Jon, a medias con interés y a medias irritado por los balbuceos de aquel hombre.

Con el pueblo. ¿No me he expresado bien? Con sitios del pueblo. Con historias. Todas las noches. Hasta que nos llamaron para decirnos lo de Adelina y que la casa quedaba vacía. Entonces dejé de soñar con Ribadesella.

El niño regresó del cuarto de baño, se dejó caer en el sofá y subió el volumen del televisor.

¿Qué haces?, preguntó Jon demasiado alto, dejando salir de golpe un enojo del que no había sido consciente.

La niña se puso en pie, sobresaltada. El niño siguió sentado.

Estáis hablando. No se oye.

Esperadme fuera. Llevaos a la perra. Y más os vale no tocar la motosierra.

Los niños obedecieron. Jon se levantó, dispuesto a salir también de allí.

Vio unos montones de libros que no habían encontrado sitio en las estanterías del salón, atiborradas de bagatelas.

Estaban manoseados, con esquinas dobladas y puntos de lectura asomando entre las páginas. Reconoció dos escritos por él.

Miró al hombre, dudando si debía presentarse o no. ¿Lo había reconocido? Su editorial no incluía una foto del autor en la solapa de los libros. Se dijo que era mejor no decir nada; eso podría dar pie a que la conversación se prolongara.

El hombre hizo un amago de levantarse de la silla, pero de nuevo se llevó la mano al vientre y se volvió a sentar. Se le había ido el color de la cara.

¿Seguro que estás bien?

No hay nada de lo que preocuparse. De verdad. Siento que tengas que verme con este aspecto. Y añadió: Es curioso. ¿No te lo parece?

¿El qué?

Cuando llegué… Cuando llegamos, me encontré con que Ribadesella no era como en los sueños. Se parece muy poco. Te lo digo porque a lo mejor a ti te parece digno de mención.

Eso le hizo pensar a Jon que sí lo había reconocido. Aunque a renglón seguido se le ocurrió que aquel hombre quizá le habría dicho lo mismo a cualquiera que hubiera llamado a la puerta de su casa, y eso aumentó el rechazo que sentía hacia él.

¿Es mejor o peor?, dijo, prometiéndose que, fuera cual fuera la respuesta, no haría ni una pregunta más.

Mejor. La Ribadesella de verdad es mejor. Pero menos interesante. Por lo tanto, quizá, en realidad, es peor. Me gustaría saber qué piensas tú.

Jon se quedó perplejo. Las superficies del salón estaban cubiertas de polvo.

Olía a humedad y vejez. La tarde caía y por la ventana entraba una luz gris.

Sus hijos ya habían salido. ¿Por qué continuaba allí?

Y además aquel hombre al que no conocía de nada le interrogaba acerca de lo que opinaba sobre sus sueños.

Lo siento, tengo un poco de prisa.

El hombre asintió como si no hubiera esperado otra respuesta. Jon se despidió y se encaminó a la puerta.

No hace falta que me acompañes.

Dudó un momento y añadió: Descansa.

El hombre no se había levantado. Se sujetaba con una mano al borde de la mesa. Parecía que le costara mantener el equilibrio.

Por cierto, no necesito leña, dijo farfullando de nuevo.

Jon salió a la calle con la sensación, siempre vejatoria, de haber hablado demasiado, y deseando pasar un rato en silencio.

Cualquiera que lo forzara a hablar en ese momento no haría sino provocar su mal humor.

Sin embargo, sus hijos le esperaban, y querrían saber, pues siempre había algo que querían saber.

¿Todavía estás enfadado?, le preguntó su hija.

No estoy enfadado.

Nos has gritado, dijo ella. Llevas enfadado todo el día.

Él reiteró que no era así.

Está nervioso porque viene su novia, dijo el niño.

Caminaron en silencio hasta que Jon le preguntó a su hijo: Cuando fuiste al baño, ¿viste algo raro?

¿Raro como qué?

No lo sé, reconoció Jon.

Con Adelina siempre estaba muy ordenado. Ahora olía un poco mal.

Jon hizo un alto. La carretilla pesaba. Se arrepintió de no haber ido en coche.

Se parecía un poco a ti, dijo la niña.

¿Quién?

El hombre.

¿Ah, sí? ¿En qué?

Es verdad, dijo el niño. Os parecéis.

A él le cuelgan los mofletes y tiene menos pelo, pero sí que se parece a ti.

¿En qué?, volvió a preguntar el padre, que no había distinguido semejanza de ninguna clase.

En la forma de mirar, dijo la niña.

¿De mirar qué?

A la gente.

¿Cómo miro a la gente?

Como si no estuviera. Te preocupa más lo que dices que la persona que te escucha.

Y también os parecéis en la forma de hablar.

Yo no hablo como ese hombre. Eso seguro.

Sí, cuando dices algo pero estás pensando en otra cosa, dijo el niño.

Jon no acusó el comentario. No estaba dispuesto a reconocer parecido alguno con el hombre que ahora vivía en la casa de Adelina, pero estaba orgulloso de la perspicacia de sus hijos.

¿Por qué no me ayudáis? Coged un par de leños cada uno. Sin tocar la motosierra.

Mientras Jon le contaba a Emilia lo sucedido, la madera no había dejado de chascar en la chimenea. Los dos tenían el vaso vacío. Emilia seguía dándole vueltas al suyo, pensativa. Había escuchado la historia con atención.

En la mesa baja ante el sofá, estaba el regalo que ella había llevado, junto a los restos del envoltorio.

La elección no había sido fácil. En un primer momento, con la intención de complacer a todos los habitantes de la casa, había pensado en hacer un regalo a cada uno, pero había recapacitado; obrando así parecería ansiosa por ganarse su favor.

Sería más adecuado llevar un único regalo, y el modo para que todos quedaran satisfechos sería que estuviera destinado no a ellos, sino a la propia casa.

Se había decidido por una antigua escribanía de plata, con una pareja de tinteros, salvadera, soporte para la correspondencia y abrecartas.

¿Más whisky?, ofreció Jon.

Solo un poco. Gracias. Sí que es curioso.

¿De veras?

Contar la visita a la casa de Adelina había barrido todo cuanto antes había visto de particular en ella. Sin embargo, ahora era Emilia quien se hallaba interesada.

¿Crees que esa mujer, Adelina, está en una residencia de ancianos?

Nunca me dijo que planeara irse. No teníamos tanta confianza. Pero está mayor y un poco torpe… Ese chalé es grande para ella…

¿Y crees que ese hombre es pariente suyo?

¿Por qué dudarlo?

¿Lo recuerdas de cuando eras niño?

No. Dijo que venía en verano. Y en verano Ribadesella siempre ha estado llena de gente. ¿Adónde quieres llegar? No creo que ese hombre haya ocupado la casa.

Pero él te pareció raro.

Jon reconoció que así había sido.

Y también es extraño, insistió Emilia, que, no conociendo a los niños, los invitara a pasar y les ofreciera galletas.

Jon se rio.