Esta es tu casa Un fin de semana largo
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Un fin de semana largo

Tony volvió al colegio el lunes y Nailles fue a trabajar (drogado), y todo volvió a ser tan maravilloso, maravilloso, maravilloso, maravilloso, como había sido antes.

John Cheever, Bullet Park

I

La llegada de Emilia a Ribadesella no fue como la había imaginado.

Ella y Jon habían esperado el momento durante años.

Fantasear con él, juntos y por separado, más a menudo por separado, había sido un bálsamo en los momentos difíciles, una fuente de energía cuando creyeron que ya no podían más y un incentivo a la hora de tomar decisiones penosas.

Emilia había proyectado una y otra vez la película en su cabeza: las presentaciones, las sonrisas, el padre de Jon dudando entre estrecharle la mano o darle dos besos, formal, cohibido, amable, los hijos de Jon, guías autodesignados en el primer recorrido por la casa, todos con alguna prenda nueva de ropa, cómoda y favorecedora, y, por supuesto, el sol, la pleamar en la ría, la atmósfera limpia por el viento del nordeste.

En el último momento había surgido un problema en la refinería y Emilia había salido tarde del trabajo, y luego el viaje en coche desde Muskiz a Ribadesella.

Estaba cansada y se sentía sucia. El pelo le olía a hidrocarburo.

Ya era noche cerrada. Los estaba obligando a esperarla para cenar, o a lo mejor ya lo habían hecho y cada uno estaba ocupado en sus quehaceres previos a acostarse.

El ansia o la curiosidad con que la podían haber estado aguardando habrían expirado, quedando reducidas a indiferencia, quién sabía si a fastidio, no en el caso de Jon, aunque tal vez sí en el de su padre y los niños.

Se dijo que exageraba, claro que era incapaz de evitarlo; también ella sentía ansiedad y curiosidad, y asimismo zozobra.

Se recordó que solo era jueves, que había pedido el día siguiente libre en la refinería, que tenía un fin de semana largo para enderezar las cosas.

Su hijo estaba bien atendido por su expareja. No tenía nada de lo que preocuparse.

Entró en la villa. Mientras cruzaba el puente sobre la ría, miró hacia la casa.

Vio ventanas iluminadas tras las ramas de los árboles, al fondo de una pesada bolsa de negrura.

La realidad se resistía a dejarse comparar con lo que Jon le había descrito de manera tan detallada y con lo que ella había imaginado.

Aún no podía adivinar las formas de la vivienda, la magnificencia inflada y abrillantada por los relatos, las dimensiones del terreno donde se alzaba, las huellas, los cambios, las posibilidades.

Tras el puente, giró a la izquierda, pasó ante la cueva rupestre de Tito Bustillo y se detuvo por fin frente a la casa. El portón de la propiedad estaba cerrado. Dudó un momento. Tocó el claxon. Sonó estruendosamente alto. De inmediato, se sintió observada.

Muchas cosas habían sucedido allí. Jon le había contado historias felices, pero también otras trágicas, acerca de personas que habían desaparecido para siempre —como Markel, el primo de Jon— e incluso de misteriosos objetos volantes, tachonados de luces de colores, que descendían del cielo, historias que ella no terminaba de creer, juzgándolas exageradas en virtud de la querencia de Jon por la fabulación, pero, en cualquier caso, historias que eran una parte importante del pasado de él y que, además, y esto suponía una nueva causa de desazón para Emilia, se hallaban ligadas de manera íntima e inquebrantable al recuerdo de Katharina, su exmujer y madre de sus hijos.

Aunque el fin de semana de tres días que tenía por delante estuviera a la altura de cuanto ella había anhelado, ¿dejaría en la memoria de Jon una estampa comparable a la de aquellas historias?

¿Se hallaba en su mano la posibilidad de que eso llegara a suceder?

El portón se abrió, accionado a distancia.

Hizo avanzar el coche y se encontró de frente con la cueva de la que tanto había oído hablar y que, aun así, no llegaba a concebir, una cueva privada, lo bastante profunda como para servir de garaje a varios vehículos.

Y también estaba allí la rampa de adoquines que subía por la ladera del macizo cárstico, a mitad de la cual se encontraba la casa, de volúmenes y líneas ahora sí discernibles, y que, para su alivio, encajaban con lo que Emilia tenía en mente.

Y el niño y la niña bajaron corriendo la rampa, seguidos por un perro que ladraba, contagiado por su alegría —sabría pronto que era una perra, perdida y adoptada por la familia—, y seguidos también por Jon, él caminando, y a una de las terrazas de la casa se asomó el padre, que descansó las manos en la barandilla, guardando la distancia por el momento.

Salió del coche justo a tiempo de recibir el abrazo de los niños.

Se habían visto en varias ocasiones. Ella, Jon y los niños habían pasado unas vacaciones en los Estados Unidos.

Sin embargo, para Emilia, más que un reencuentro, era como si volvieran a conocerse, pues era mucho lo que había sucedido desde entonces.

Después del viaje por California y Nevada, ella había dejado a Jon y vuelto con su expareja, con quien había tenido un hijo, que ya había cumplido dos años, y ahora Emilia había regresado con Jon.

Su temor por los juicios y las preguntas que los niños pudieran albergar se desvaneció ante semejante recibimiento.

Le sorprendió cuánto habían crecido; el niño ya tenía doce años; la niña, siete.

Tiraron de ella rampa arriba. Apenas le permitieron detenerse para saludar a Jon, que le dio un beso tímido, ante tantos ojos como había mirándolos, y le dijo que él subiría el equipaje.

Le franqueó la entrada a la casa el padre, de espaldas anchas, un poco encorvado, y aun así más alto que su hijo, y, tal y como Emilia había imaginado tantas veces, él dudó entre estrecharle la mano y darle dos besos, y acabó haciendo ambas cosas, y allí estaban también la formalidad, la cohibición, la amabilidad. Nadie había cenado aún.

Cuando acabaron, sacudieron el mantel por la ventana de la cocina. Al otro lado había una zona allanada en la ladera, cubierta de hierba y hortensias. Los niños arrojaron también los trozos de pan sobrantes.

Se los comen todos. Los pájaros.

No importa cuánto eches. Por la mañana no queda nada.

Aita dice que en vez de pájaros parece que hay cerdos.

Cerdos no hay. Pero jabalíes sí.

Los niños habían animado la conversación durante la cena, llenando con preguntas y pareceres hasta el menor asomo de silencio.

Su abuelo dio un golpe suave en la mesa con la mano abierta, como si cerrara un libro de muchas páginas.

Es hora de ir a la cama, dijo, y los niños dieron las buenas noches.

Jon y Emilia fregaron los platos. Se miraban de reojo y sonreían. Los niños habían revelado que él llevaba varios días nervioso por la visita de ella. Picajoso, especificaron. La casa se fue quedando en calma.

Fueron al salón. La chimenea estaba encendida.

Jon sirvió whisky para ambos. De la fatiga que Emilia había sentido durante el viaje no quedaba rastro, gracias a la cena y, ahora, al fuego.

En realidad, no hacía tanto frío como para encender la chimenea.

Dedujo que Jon lo había hecho para que la casa pareciera más acogedora, para redondear la escena.

Él había llevado un trozo de pan —un trozo que los pájaros no podrían devorar— y alternaba pequeños bocados con sorbos de whisky. A Emilia le gustaba ese hábito, que Jon reservaba para cuando estaba a solas o acompañado por alguien a quien estimara de la mayor confianza.

Uno de los leños que ardían en la chimenea produjo un chasquido, tan fuerte que Emilia se sobresaltó y derramó un poco de licor.

La madera está húmeda, dijo Jon. Tendría que haber esperado a que se secara.

Explicó que la había recogido la víspera y que entonces había sucedido algo curioso.

Bueno, no estoy seguro. Ni siquiera sé si es digno de mención. Pero me molestó. Debo reconocerlo.

Le dio un mordisco al pan y masticó despacio.

¿Qué fue lo que te molestó?, quiso saber Emilia.

Jon le contó que la playa estaba cubierta de madera arrastrada por las riadas del invierno.

Los vecinos acopiaban leña antes de que los operarios del Ayuntamiento la retiraran dentro de unos días.

La arena debía quedar limpia para la Semana Santa, fechas en que se celebraban carreras de caballos en la playa.

Jon había ido caminando desde la casa, con una carretilla y una motosierra.

Le acompañaron los niños y la perra. Él cortaba la madera y los niños la amontonaban en la carretilla.

Había árboles enteros, desarraigados por las riadas.

Varias motosierras bramaban a lo largo de la playa.

Jon dijo a los niños que fueran a la casa de Adelina y le preguntaran si necesitaba leña. Adelina, jubilada, viuda y sin hijos, vivía sola en uno de los chalés del Arenal, con vistas al puerto deportivo. Sí, llevaos a la perra. Daos prisa. Él volvió al trabajo.

Al cabo de un rato, los niños no habían regresado aún.

No le extrañó. Adelina siempre estaba deseosa de compañía.

Les habría ofrecido algún dulce para retrasar su marcha.

Jon dejó la motosierra sobre la leña apilada y empujó la carretilla hasta el chalé de Adelina.

Abrió con confianza la portilla del jardín y llevó la carretilla hasta la puerta de la vivienda.

Se fijó en que el césped estaba crecido y en que nadie había barrido el sendero de acceso desde hacía mucho tiempo.

Los cristales de las ventanas precisaban de una buena limpieza.

¿Adelina estaba enferma y no podía cuidar su casa con el esmero por el que era célebre en la villa?

Llamó al timbre. Le abrió la puerta un hombre más o menos de su edad.

Llevaba una camisa vaquera azul, muy usada, a la que el sudor y el roce continuado con el cuerpo le habían prestado un tono verdoso, y un pantalón de chándal.

Si se hubiera peinado con cuidado podría haber disimulado que se estaba quedando sin pelo.