Experiencia no física #5
Estoy a punto de decir algo para anunciar mi presencia cuando la cremallera se abre y el asistente asoma la cabeza.
Me pregunta qué pasa, como si los estuviera molestando.
Pregunto si están bien. La cena está lista.
Me dice que están bien, que no tienen hambre, que ya han comido algo, y que nos vemos luego, en la sesión.
Le recuerdo que será a medianoche, en punto.
Sí, lo sabe. Vuelve a meterse en la tienda.
Antes de que cierre la cremallera, pregunto si han visto a mi compañero.
Me responde desde dentro. Hace un rato. Andaba por ahí. Dijo algo sobre ir a dar un paseo.
Mientras me alejo, oigo reírse a la médium.
No hay un ectoplasma. Hay cuatro. Cada uno tiene su gusto propio. Todos alivian la comezón. Está ahíta la cabeza. Incluso el orbe crepita de gusto. Ha volado todo el día de un ectoplasma a otro. La satisfacción que le proporcionan se extingue antes de zambullirse en el siguiente.
La energía concedida por esa jornada llega a su término de súbito, mientras la cabeza se abalanza hacia otra inconsistente figura humana que camina por la garganta. Ya dormida, impulsada solo por la inercia, la atraviesa, cae y retorna rodando a la tumba.
Es medianoche y no ha venido nadie. No estoy molesto con la médium y el asistente.
Tampoco preocupado por H. Estoy furioso por la falta de profesionalidad de todos.
Que nadie viniera a cenar no importa. Llegar tarde a la sesión es otra cosa muy distinta.
Hago el enorme esfuerzo de esperar un poco más.
Vuelvo a llamar a H. Su móvil está apagado o fuera de cobertura.
Delante de la tienda de la médium y del asistente hay dos mochilas tiradas en la hierba.
También útiles de acampada y ropa, todo en desorden, como sacado apresuradamente para hacer sitio, y más colillas y latas de cerveza, y una botella de vodka.
Dentro, un farol de butano proyecta sombras chinescas sobre la tela.
Oigo a la médium, al asistente, que se ríe como un bobo, y a H.
La médium gime. Me pone los pelos de punta.
Retrocedo. Piso una lata de cerveza. En la tienda todos se callan.
¡Eh! ¿Has comprado entrada para el espectáculo?
Es ella.
¿No te unes a la fiesta? Tu amigo te echa de menos. Y luego: Vamos, tú no te distraigas.
Suena como una orden dada a un perro bien amaestrado.
Apenas se ha alzado el sol y la cabeza ya ha visitado a los cuatro ectoplasmas. Ha aprendido a pausar, a demorar el gusto. Ahora flota boca arriba en el centro de la garganta. A su alrededor, la brisa agita la hierba larga y dura. Con los párpados entornados, contempla el fluctuar de las nubes.
Sobre ella, sostenido por una corriente estable, un azor otea presas.
Cuando el aire arrecia y el ave deriva, no pudiendo o no deseando conservar el oteadero, deriva asimismo la cabeza, manteniéndose a la par, como el niño que juega a imitar los gestos de otro niño hasta provocar la queja y el escarmiento.
De esta manera, siguiendo los desplazamientos del azor, sin mirar nada más que la W invertida en el cielo, va a parar la cabeza a la cueva.
Rebotando en las paredes como una bola de billar, penetra hasta la estancia del fondo.
Confusa, en guardia, se posa en el suelo donde antaño durmió.
Fuera, el azor aletea y desaparece. Bien podemos imaginar la media sonrisa sardónica.
La nuca se apoya en la fría piedra y se despiertan recuerdos que la cabeza no alcanza a comprender.
Allí se tendía, noche tras noche, cuando la cueva tenía puerta, que dejaba abierta, y una hoguera encendida, para meditar en los versículos de la anunciación de María.
Veía la paloma con rostro de doncel y tirabuzones castaños descender sobre Nazaret y sobrevolar la humilde casa del carpintero José, de la estirpe de David, hasta que partió, como cada día, hacia su taller, y atravesó entonces la paloma una ventana y penetró, sin aviso ni permiso, enteramente en María, y desde la cámara de resonancia de su vientre llevó a cabo el anuncio, y las palabras mismas fueron semilla.
El ave con testa de doncel aleteó para que el aire añadiera impulso a las palabras semilla y llegaran estas mejor al recoveco de la sierva del Señor, y cada palabra y cada aleteo fueron placer inédito y ya nunca superado para la niña virgen.
Así pasaba las noches enteras, alternando oración y sueño, delirio y desvanecimiento, hasta despertar a la salida del sol, con el vientre y los muslos cubiertos por un delantal de semen seco.
Antes de asomar de la cueva, se humedecía los dedos en la pila de agua bendita y se santiguaba con su simiente diluida y santificada.
Le asaltaba entonces una angustia repentina que lo llevaba a recorrer la garganta de extremo a extremo, temeroso de haber sido visto, de que la puerta abierta hubiera sido tomada como invitación y la hoguera como guía.
Nervioso empuñaba, a modo de cachiporra, un fémur humano, tal vez de su predecesor como morador y señor de la cueva.
Esta mañana se queda en la cueva, agazapado, a la espera de la visita de alguno de los ectoplasmas, allí donde antaño únicamente gozó en soledad.
No he dormido en toda la noche. He paseado. He dado patadas a las piedras. En mi cabeza los he llamado traidores, profanadores y falsos.
Ahora estoy sentado en la entrada de la cueva, como si fuera el legítimo propietario. Nadie aparece hasta media mañana. Los primeros, la médium y el asistente, cargados con las mochilas, cuchicheando. No me miran. Suben al coche y esperan.
H llega detrás. Recoge sus cosas. Las carga en el coche.
Viene a preguntarme si voy con ellos. No quiero verlos nunca más.
Y H: ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo volverás a casa?
Le lanzo la llave de la cancela. La necesitaréis para salir.
Y H empieza a decir algo, pero yo: Vete de una vez.
Resopla, mira alrededor. No sé qué hacer con el equipo, dice.
Y yo: Lo que quieras. Y H: Entonces te lo dejo. Y yo: Si es lo que quieres.
El coche se va. El contacto con la piedra me ayuda a recuperar la calma. Es sorprendente lo rápido que el enfado se apaga.
No he encontrado la prueba que buscaba, pero eso no significa que no exista.
El convencimiento de que está al alcance de mi mano arde dentro mí como nunca lo ha hecho.
No importa que los demás crean que la búsqueda es inútil, prescindible en beneficio de placeres vulgares.
No necesito a nadie. El rechazo me espolea.
Lava las dudas. Deja la fe inmaculada. Dispongo de los medios, los conocimientos y la disciplina de carácter.
Ya nada ni nadie me impediría ser partícipe de una genuina experiencia no física.