Experiencia no física #4
Me levanto para ver la salida del sol. Con una taza de café, me acomodo en la entrada de la cueva. Los demás duermen o no han salido de las tiendas.
La garganta presenta una suave inclinación de extremo a extremo.
La parte más baja, donde está la cancela de la finca, desemboca en una llanada desangelada.
En la más alta hay un dolmen que debo visitar.
La orientación de la garganta es este-oeste, con el extremo más elevado apuntando hacia levante.
El sol asoma sobre bloques de roca desprendidos de las paredes y marañas de maleza. La luz se vierte, generosa, risueña, por la garganta, como agua en una acequia. Camino hasta el centro para recibir de frente el baño matutino.
H sale de la tienda. Señalo con la taza hacia el sol naciente. Es una invitación para que lo contemplemos juntos. Bostezando, va a por café, pero no viene conmigo. Sigue enfurruñado. Anoche los equipos no registraron nada. No todas las manifestaciones son susceptibles de ser registradas.
También la última noche en Londres estaba enfurruñado.
Insistió para que nos olvidáramos de las investigaciones por una vez y cenáramos en un restaurante de verdad.
Durante el viaje nuestra dieta había consistido en sándwiches de supermercado y comida pakistaní comprada en puestos callejeros.
Me dejé convencer. Fuimos a un italiano en el Soho.
Cuando el camarero nos llevó el postre, H le preguntó si sabía de algún buen sitio donde tomar unas copas.
El camarero era mulato y su acento sonaba a brasileño.
Nos pidió que esperáramos. Volvió un momento después con la tarjeta de un club. Ahí lo pasaréis bien, chicos.
Por el camino, H se empeñó en entrar en un par de pubs para tomar unas pintas. Estaba de mejor humor. Incluso propuso que, de vuelta al hotel, diéramos un rodeo por Whitechapel y visitáramos los sitios donde Jack el Destripador cometió sus crímenes.
Para cuando llegamos al club, era más de medianoche.
El portero nos abrió el pesado portón metálico y entramos a un recinto atestado donde atronaba un tema de la época Sex de Madonna.
El local no tenía ventanas. Estaba tan oscuro que nos costó localizar la barra.
La clientela era exclusivamente masculina.
Varias parejas bailaban muy juntas, mirándose a los ojos y siguiendo coreografías ensayadas.
H estaba furioso. ¿Por qué el camarero nos había mandado a un sitio así?
Insistió en volver al hotel, sin tomar una copa, ni allí ni en ninguna otra parte.
Por supuesto, no fuimos a Whitechapel. En cuanto entramos en la habitación, me soltó que era hora de olvidarnos de la agencia.
Despierta entre madejas de niebla roja, que consume con rapidez rutinaria, y vuela al centro de la garganta, donde gusta de contemplar la salida del sol.
Esta mañana hay un cambio. Es una suerte de contorno erguido en el aire, la base apoyada en el suelo, recibiendo de frente el sol que asoma, contorno impreciso pero que adquiere detalle y consistencia gradualmente, nunca bastante de uno ni de lo otro.
La cabeza se acerca con la curiosidad y el recelo instintivo con que un perro hambriento se acercaría a un fantasma.
No asocia la talla ni la forma de lo que tiene delante con los que ella poseyó en vida, cuando disponía d e cuerpo, ni con los de las personas a las que admiró, deseó, lisonjeó, suplicó, vejó y repudió.
Nosotros sí reconocemos que ese remedo de ectoplasma, generado con los materiales que hay a mano, reproduce la forma de un hombre adulto.
Lo componen briznas de hierba, polvo, polen, tierra, pellizcos de musgo, arena de río, pétalos de chiribita, nervaduras de hojas, élitros de insecto, ápices de cola de lagartija, esquirlas de piedra, sedas de telaraña, huesecillos de roedor, que penden en el aire, rozándose, empujándose, formando una carcasa corroída, un bosquejo de escultura.
Tan livianos son los materiales que se requiere un aporte incesante.
Desde las cuatro direcciones, llegan líneas de suministro serpenteando por el aire, capeando el viento, mercancías a espaldas de una columna de hormigas volantes, afanosas e invisibles.
Si la cabeza conservara la memoria y el pensamiento asociativo, tal vez hallaría alguna relación entre ese elemento nuevo en la garganta y la jerigonza que la noche pasada le atormentó hasta descabalarla y la fustigó hasta que huyó, siendo la extenuación y el sueño la única escapatoria posible, como si la jerigonza le hubiera agrandado el sentido de la visión, retirado un velo, tal vez de los ojos, tal vez de la mente.
Contempla con necia estupefacción cómo, alcanzada una asaz solidez el contorno exterior, las líneas de suministro de materiales penetran por el sumidero del ombligo y acometen la creación de órganos y conductos internos.
Cuando cada uno de estos logra un estadio satisfactorio de formación, se colma de una luz coloreada, intensa no tanto en brillo como en tonalidad, y de una densidad próxima a lo cremoso.
Cada órgano se hincha, palpita, con un color diferente al de los órganos que lo rodean, para mejor distinguirlos y que el mérito de su complejidad pueda apreciarse.
A diferencia del orbe que envuelve a la cabeza, de donde la luz no escapa, el recubrimiento discontinuo de cada órgano y conducto sí permite que su luz salga.
Así existen franjas donde la luz de un órgano y la del aledaño se interpenetran, y esta superposición cromática actúa como un pegamento que confiere cohesión al conjunto.
Obedeciendo a un comportamiento instintivo, como la carpa al dar con un mendrugo hinchado flotando en el estanque, la cabeza prueba el ectoplasma antes de proceder a devorarlo, igual que hace con la niebla roja cada mañana.
Comienza por mordisquear el contorno, que encuentra insípido y reseco.
Seguidamente, introduce boca, nariz, ojos, la cara entera, como si atravesara una cortina de cuentas, que se cierra tras ella, y bucea por el collage antropomorfo.
La luz de las entrañas entra por la boca de la cabeza y sale por la faringe.
A diferencia de la niebla matinal, no se agota, de inmediato se reproduce.
La cabeza come y respira dentro del contorno humano.
Remonta extremidades. Se revuelca en las vísceras del torso, donde mayor es la densidad de la luz, más de manteca que de líquido limoso.
Asciende y la cabeza se instala en el interior de la cabeza.
El orbe opalescente, visible solo para nosotros, envuelve a ambas.
La cabeza mira a través de ojos ajenos, se voltea para lamer, mordisquear, sorber sesos, globos oculares, la musculosa raíz de la lengua.
Sentidos adormecidos desde hace siglos se desperezan.
Rastrea los sabores más fuertes y las texturas menos sutiles.
Aspira por los conductos nasales como por pajitas, cata con la punta de la lengua la vesícula biliar, hurga con la nariz en el intestino grueso.
Mientras baja y sube y baja y sube, descubre la cabeza el modo y el compás que mejor dilatan el gozo.
Hace suyos el respeto, la rigu rosidad y la devoción del lavador de cadáveres.
Ya no solo la anima un afán alimenticio.
Musita y gime sin saberlo, pero al igual que la luz del orbe no sobrepasa el orbe, las palabras y sonidos surgidos de la cabeza no pueden ir más allá de la responsable esfera.
Cada parte del ectoplasma tiene su propio gusto.
Aplicar nariz y boca sobre algunas de ellas, penetrarlas con la lengua, despierta la comezón que la cabeza experimenta donde antaño estuvo su entrepierna.
Perseverando, la comezón se enardece, revienta y, cálidamente, se disipa.
Ayer el tiempo se contrajo. Hoy se dilata.
Al mediodía sube la temperatura. La médium y el asistente se refugian en su tienda.
Aparecen solo a la hora de comer. Me gustaría conocer sus impresiones sobre lo ocurrido la noche anterior, pero comen en silencio.
Si los interrogo, dan respuestas escuetas y evasivas.
Por el dinero que he pagado, deberían aportar más información.
Engullen los últimos bocados y desaparecen llevándose unas botellas de agua y algo de fruta.
H se tumba a leer a la sombra de un manzano. Cada vez que lo miro disimuladamente, lo descubro con la vista perdida y el libro abandonado sobre el pecho. Mato el tiempo escribiendo en mi cuaderno.
A media tarde, H se despereza. Revisa los equipos.
Viene a decirme que los medidores siguen sin captar nada, pero que los ha dejado donde están.
Me pregunta si me parece bien. Si tú crees que es lo correcto, a mí me parece bien.
Y digo asimismo que me gustaría comentar mis notas con él, por si he pasado algo por alto.
Responde que prefiere dejarlo para otro momento, si no me importa. No, por supuesto, no me importa.
Poco después lo veo encaminarse hacia la tienda de la médium y del asistente. Han elegido el abrigo de un sotillo, a la vera de una pared de la garganta. H desaparece tras los árboles.
Anochece. H no ha vuelto. Preparo la cena. Cuando lo tengo todo listo, H sigue sin aparecer. Tampoco la médium y el asistente. Lo llamo. No responde. En la garganta hay poca cobertura. Tal vez sea la razón.
Voy a la tienda de la médium y el asistente. Me detengo a unos metros. La tienda tiene la cremallera echada. Delante hay colillas y latas de cerveza vacías. Oigo hablar a la médium. Me siento molesto.