Experiencia no física #3
Ya casi es de noche. Hace frío. La médium lleva unos pantalones cortos de tela vaquera y una blusa del mismo tejido.
Tiene erizado el vello de los muslos. Parece que no le interesa lo que digamos.
Va directa a la tumba, antes de que yo le diga dónde está.
Imagino que H se me ha adelantado. Va a la cueva.
Se alza de puntillas para asomar la cabeza. Vuelve junto a nosotros sin decir nada.
H se disculpa con el asistente. Solo hemos traído una tienda de campaña para él y para la médium. No hemos pensado si ellos dos… A lo mejor prefieren… Si hay algún inconveniente, él les cede su tienda y duerme en el coche.
La médium dice que prefiere dormir sola.
Es la primera vez que abre la boca y parece enfadada.
El asistente la invita a contemporizar. Ella insiste.
No quiere compartir la tienda con nadie, y en especial con él.
H reitera su ofrecimiento, pero el asistente lo interrumpe.
No es necesario. Y hablándole a ella: Hemos venido a ayudar. No a causar problemas. ¿No es cierto?
Ella se aleja. Para tener las piernas tan cortas, pisa con fuerza. El asistente menea la cabeza. Le estampa a H una palmada en el hombro. Gracias de todos modos, dice. ¿Solucionamos la parte desagradable?
H me mira. Entrego el sobre al asistente. Verifica el contenido. Le parece correcto. Yo estaba seguro de que sería así. Mi continuidad en la agencia depende de este caso. No quiero reprocharme no habérmelo jugado todo para obtener una evidencia real del otro plano.
El asistente se va cargando con la tienda de campaña. Junto a las nuestras hay sitio, pero les gusta la intimidad. H pregunta si deberíamos ayudarles a montarla. No sé si le interesa mi opinión o solo piensa en voz alta. Me parece que, por lo que he pagado, bien la pueden montar solos.
H quiere saber cuánto dinero había en el sobre. No debe preocuparse. Corre de mi cuenta. La médium pasó por el Laboratorio Veritas de la Universidad de Arizona. Es una de las personas sensitivas más capacitadas del mundo. Le he pagado por dos sesiones. Celebraremos la primera a medianoche.
Mientras cenamos a la luz de un farol de gas, H responde a las preguntas del asistente.
Inauguramos la agencia hace cinco años, pero nos conocemos desde mucho antes.
Cuando estábamos en el instituto, los sábados por la noche nos colábamos en psiquiátricos abandonados e iglesias desacralizadas con una grabadora y una cámara de vídeo.
Está parlanchín. Se dirige a los dos, pero la médium no le hace caso.
No le oigo hablar tanto desde la última noche en Londres.
Ahora se muestra comprometido, para impresionar a la médium y al asistente, salta a la vista.
Sin embargo, entonces remachó que estaba harto.
No quería dormir en más pensiones miserables.
No quería oír ni una palabra más sobre fantasmogénesis, desdoblamiento involuntario, lluvias de materia viva ni las diferencias entre fenómenos psi-gamma y psi-kappa.
Lo de la agencia había estado bien al principio, pero ahora prefería divertirse de otras maneras.
No se quería convertir en alguien como yo, que nunca he tenido pareja, que vivo en un piso que fue de mi abuela, del que ni siquiera he cambiado los muebles, que solo he atiborrado de libros, porque, al margen de investigar, lo único que me interesan son los libros.
Si fuera físicamente posible follarse un libro, yo lo haría, dijo.
El asistente comenta que acaban de finalizar una gira de sesiones. El otro lado está en ebullición. Ha sido agotador, pero todo ha ido de maravilla.
¿De verdad? ¿A ti te parece que ha ido de maravilla? ¿Todo?, pregunta la médium. Deja caer el plato y se va a la tienda de campaña. Pregunto si se encuentra bien. El asistente responde sin dejar de masticar. Claro que sí. Se está preparando para la sesión.
Con la caída de la noche, la cabeza cambia la dialéctica agramatical de las aves por la de los murciélagos.
Su orbe, apenas visible al sol, reducido a la condición de receptáculo esférico, versátil y opalescente, se manifiesta en la oscuridad con todo su brillo, si bien no se proyecta este hacia fuera, no alumbra paredes calizas ni manzanos silvestres, sino hacia el interior exclusivamente.
Su fulgor no puede tocar nada ni a nadie, más allá de la cabeza.
Se halla esta asoleada por los años vividos a la intemperie.
Ni siquiera lo siglos de no vida han hecho mella en la piel tostada, como si fuera la cabeza de un faraón egipcio.
No recuerda ni se interroga. Desconoce por qué solo es cabeza y desde cuándo.
Ignora su nombre, pese a que, en las etapas que integraron su vida, dispares entre sí y algunas de ellas antagónicas, en la medida de irreconciliables, fueron varios los apelativos que ostentó.
No le preocupa la razón por la que, durante sus vuelos, no es capaz de elevarse más allá de la altura que alcanzaba cuando un cuerpo la sostenía, ni por la que tiene vetado ir más allá de los extremos de la garganta calcárea, que incesantemente inspecciona, como la carpa el fondo del estanque.
Sí siente y reacciona. Las sensaciones surgen, en realidad, de recuerdos, pero, como hemos dicho, no recuerda, y al sentir y no saber por qué siente, reacciona de modos que, la mayoría de las veces, no aportan alivio a su sentir.
Algunas sensaciones son reminiscencias de un cuerpo despiezado hace siglos por las alimañas, los huesos quebrados a pedradas por los alimoches para robarles hasta el último grumo de tuétano.
Cuando sus deambulaciones la llevan hasta el monumento mega lítico al fondo de la garganta, la cabeza se detiene.
La parada no se debe tan solo a que las ciclópeas losas en equilibrio sean un hito que señala la frontera de sus movimientos, sino al impulso de santiguarse, como gesto de prevención, ante tamaña manifestación de paganismo, más antigua que la fe a la que la cabeza se entregó en la etapa postrera de su vida.
Asimismo, la lleva a detenerse, en varias ocasiones cada día, una comezón donde estuvo su entrepierna.
Se inclina entonces, confundida, para mirar donde nada hay, a lo sumo una pelusa de diente de león o una moscarda que, casualmente, prestan una referencia del punto donde nace el agradable picor, pero del que no son la causa.
Unos minutos antes de la medianoche nos reunimos junto a la tumba. Los medidores, las cámaras y las grabadoras están funcionando. El asistente nos asegura que no afectarán a la sesión.
Siguiendo sus instrucciones, nos sentamos en el suelo. La médium se queda de pie. Ojos y labios cerrados con fuerza. Cada vez hace más frío. Sin embargo, no se ha abrigado. Respira agitadamente. Con cada inspiración, se le hincha la blusa. H no le quita ojo.
El asistente nos susurra que en breve nos tomaremos de las manos. Entonces ella invocará a su espíritu guía, con el que mantiene un contacto íntimo, para que la ayude a comunicarse con quien aquí habita. Su presencia es muy poderosa. Hasta yo la percibo, dice.
¿Quieres callarte?, dice ella.
Guardamos silencio. Al cabo de un momento, la médium se sienta con las piernas cruzadas y empieza a murmurar una cantinela ininteligible. No se parece a nada que yo haya oído en otras sesiones, con otros médiums. Me esfuerzo por concentrarme. Debo abrir la mente y mostrarme receptivo.
Es como si la médium participara en una conversación de la que solo oímos la parte dicha por ella, y que sigo sin entender.
Ni siquiera reconozco el idioma que emplea.
Entre palabras, jadea y gime. Se le marcan los tendones del cuello.
H la observa fascinado. El asistente, con alarma.
Interpreto esto como una señal prometedora.
La médium se lanza sobre H, sorprendiéndonos a todos. Caen al suelo. Agarra a H por el pelo y le restriega los pechos contra la cara.
¡Me cago en Dios! El asistente sujeta a la médium y la separa de H, que está paralizado de terror.
El asistente la sacude hasta que vuelve en sí.
Ella mira a su alrededor como si no supiera dónde está.
Con la voz temblorosa, pregunta qué ha pasado.
El asistente se quita la cazadora y se la echa a ella sobre los hombros.
Nos pide que los disculpemos y acompaña a la médium a su tienda de campaña.
Pregunto a H si se encuentra bien. Asegura que sí mientras se sacude la ropa. ¿Por qué no miras si las cámaras han grabado algo?, digo. ¿Seguro que estás bien? Me responde de malos modos. Ocuparse del equipo siempre le ayuda a tranquilizarse.
Dejo pasar unos minutos antes de acercarme adonde el asistente y la médium han plantado su tienda. Los oigo discutir. El asistente sale apresuradamente. Se sorprende al verme. Dice que lo siente mucho. Por esta noche no podemos seguir. Ella está muy alterada. Nunca le había pasado algo así.
Y yo: ¿Ha establecido contacto? No hablaba con el espíritu guía, ¿correcto?
Niega con la cabeza. Hay una presencia poderosa aquí. Tal vez varias. Nunca habían estado en un sitio con una actividad tan evidente.
No puedo dejar de darle la razón. Estoy emocionado.
El asistente me dice que mañana volveremos a intentarlo. Ahora ella tiene que descansar. Vuelve a entrar en la tienda. No le gusta dejarla sola cuando está así.
Vuela la cabeza de punta a punta de la garganta a velocidad tal, perturbada por la voz que oye y no comprende, que el orbe no lo vemos como una esfera, sino como un óvalo.
Trata de escapar, zaherida por la jerigonza.
Vuela hasta que la energía que en cada nuevo despertar le es concedida se consume y los ojos se le cierran y cae al suelo, donde rebota una, dos veces, sin alzar polvo ni espantar a ratones ni topillos, antes de rodar, sin que lo pretenda ni sea consciente de ello, de regreso a la tumba, como el salmón adulto retorna al remanso fluvial donde nació.