Esta es tu casa Experiencia no física #2
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Experiencia no física #2

La luz, pienso: orbe. La niebla: espíritu desencarnado.

Son hipótesis recatadas, pero el torbellino de niebla roja me recuerda a la entrada en escena de la Malvada Bruja del Oeste en El mago de Oz, y visualizo lo sucedido de tal guisa, en un decorado rabiosamente iluminado por focos; las paredes de roca, de cartón piedra; el cielo, un fondo pintado; árboles, hierba y flores, artificiales y en parterres, las flores tan grandes como una cabeza humana para que se vean bien; el remolino de niebla roja surgiendo de una trampilla disimulada entre las tablas del suelo; el dueño de la finca huyendo a saltitos como cualquier otro munchkin, con una levita malva y rubor de maquillaje; en los tonos saturados y brillantes del tecnicolor, como si todo estuviera hecho de caramelo.

Nos pregunta cuánto le va a costar lo que hagamos.

Los de la televisión le dijeron que le pagarían algo, pero ahora no contestan al teléfono.

H dice que no se preocupe por eso. Somos investigadores.

No estamos aquí para hacer negocio. Ha perdido la convicción y aun así suena convincente.

Esta parte se le da mejor a él. Escuchamos sin prejuicios, dice. Nos impulsa el espíritu de ayuda, dice.

Espero que luego ustedes no…, ya saben, que no lo vayan contando por ahí.

H le asegura que la confidencialidad es absoluta.

Voy a poner la finca en venta y las historias raras ahuyentan a los compradores.

La gente es supersticiosa. Lo sabemos, asegura H.

¿Ha oído ruidos extraños antes o visto algo parecido a esa niebla roja?

Dice que nunca. ¿Ha venido alguien más a investigar?

Solo los de la televisión. Pero no investigaron nada.

Para nosotros es importante saberlo. Podría afectar a nuestros resultados.

Digo la verdad. Entonces no ha venido nadie.

Niega con la cabeza. De momento, eso es todo, dice H.

Y yo: Necesitaremos la llave de la cancela.

Hasta que hayamos terminado, que no venga nadie por aquí.

Montamos las tiendas de campaña. Una para cada uno. H me pregunta si hay que montar también la de la médium. Mejor esperamos a que ella diga dónde la quiere.

Tomamos unas mediciones preliminares. Barremos la cueva y los alrededores con medidores de campos magnéticos y de ultrasonidos.

Tomamos fotografías. Situamos grabadoras y cámaras de visión nocturna en la cueva y junto a la tumba, pero aún no las ponemos en funcionamiento.

La única cámara termográfica que tenemos, la colocamos apuntando a la tumba.

H dice que casi es la hora. Me pregunta si lo acompaño a buscarlos.

Es mejor que me quede vigilando el equipo, respondo.

En realidad, quiero estar un rato a solas, y estoy seguro de que H también prefiere ir por su cuenta al pueblo, donde hemos quedado en recoger a la médium y al asistente.

Se mete en su tienda. Sale llevando una camisa limpia.

Me pregunta qué tal está. Digo que bien.

Pone cara rara. ¿He dicho algo malo? Sube al coche y se larga sin contestar.

Lleva así desde el verano. Para mí el viaje a Inglaterra también fue un desengaño. Iba a ser nuestras vacaciones y un viaje de trabajo. Al final no fue ni una cosa ni la otra. Solo gastamos más dinero del que nos podíamos permitir.

En Londres queríamos visitar la casa encantada del número 50 de Berkeley Square, en Mayfair.

La encontramos cerrada. Palpamos la puerta en busca de grietas por donde se filtrara la energía maléfica que palpita en su interior.

Fuimos a Hampton Court Palace, residencia de Enrique viii , para oír los lamentos de Catherine Howard, La Rosa sin Espinas, quinta esposa del rey.

La cháchara del grupo de turistas con que compartimos la visita guiada no nos dejó oír nada.

Alquilamos un coche para emprender un tour parapsicológico por la isla, desde el antiguo aeródromo de la RAF de East Kirby, en Lincolnshire, y su torre de control habitada por un espíritu maligno, hasta la carretera A229, en Kent, que recorrimos varias veces, en ambos sentidos, durante una noche interminable, en busca de la autostopista fantasma que allí se manifiesta.

Al cabo de dos semanas, volvimos a Londres, desde donde volaríamos de regreso a casa.

Esa última noche en la ciudad, H me dejó claro que estaba harto.

Escuché pacientemente. Cómo no iba a sentirse así, después de las casas encantadas con tienda de regalos y de los cementerios y los campos de batalla donde nuestros equipos de grabación solo registraron acoplamientos con los de otros investigadores, negligentes e irrespetuosos.

Los contactos con esa gente fueron una decepción añadida, como siempre sucede.

No les interesa la búsqueda de evidencias.

Escribir artículos insignificantes, sí. Enzarzarse en debates espurios en los podcasts, también.

Eso les encanta. A falta de experiencias propias y auténticas, acaban hablando de novelas y películas de terror.

Dan lástima y vergüenza. H es el único investigador serio que conozco.

Escuché sus quejas. Encajé cada reproche.

Acepté su mutismo durante el viaje de vuelta.

Fui comprensivo. Me sentía igual que él.

Mis dudas eran acaso mayores. El desengaño no venía causado solo por el viaje.

Desde que inauguramos la agencia no hemos descubierto ninguna evidencia indiscutible de actividad paranormal, ni una sola.

Y yo necesito pruebas. Soy un científico.

H no dijo que quisiera renunciar. Yo sí lo estaba considerando. Pero antes de que pudiera decir nada, una tarde, mientras veo la televisión, me encuentro con un testimonio esperanzador, al lado mismo de casa, en un emplazamiento que nadie ha procesado todavía. Lo interpreto como una señal.

Deseo, con más fuerza que nunca, que demos con una prueba, porque si no es así, si tampoco esta vez conseguimos nada, abandonaré la agencia.

No se lo he dicho a H. Ni siquiera pienso en ello.

Debo concentrarme en el caso y en nada más.

El estado de ánimo del investigador influye en su trabajo.

Que esté cansado o poco receptivo, o que sea escéptico, puede provocar un resultado negativo.

Por otro lado, me preocupa el efecto que mi decisión puede tener en H.

Lo último que quiero es que mi pérdida de fe ocasione también la de mi compañero.

Me siento en la entrada de la cueva con las piernas colgando sobre el borde. Imagino cómo será contemplar desde aquí la salida del sol o la descarga de una tormenta.

Una bandada de gorriones vuela a ras de suelo, una nube nerviosa que se posa, se revuelca en el polvo del camino y se vuelve a alzar, una y otra vez.

Observo a los pájaros hasta que la bandada se dispersa como si estallara.

Tan repentina y enérgica es la división que deja un vacío pendiendo en el aire.

Abro mi cuaderno para poner por escrito las impresiones del día.

Envuelta en cirros de niebla roja, la cabeza emerge de la tumba.

Gira a gran velocidad sobre sí misma, como un personaje de dibujos animados que acabara de recibir una bofetada iracunda, o como la hélice de un avión de antaño, necesitada de un enérgico impulso manual para ponerse en movimiento.

Los grasientos tirabuzones de la cabellera se erizan por la suerte de fuerza centrífuga que en su plano de existencia actúe.

El orbe alrededor de la cabeza amplía su radio para que ni la punta de un solo cabello asome fuera del abrigo lumínico.

Pone fin al giro la cabeza de repente, sin deceleración ni mareo.

Superado el trámite de la inercia, los tirabuzones cuelgan pesados.

El orbe se encoje hasta su tamaño habitual.

Los ojos reconocen el entorno. La nariz larguísima olfatea.

Asoma la punta de la lengua entre unos labios que en algún momento fueron carnosos.

La niebla roja se disgrega a su alrededor y la cabeza se apresura, ora en una dirección, ora en otra, zigzagueando en el aire, a engullir las hilachas, cada vez menos rojas y cada vez más rosáceas, antes de su completa desaparición.

Los bocados del desayuno gaseoso son expulsados por la faringe cercenada a semejanza de un tubo de escape, tras haber depositado en el interior de la cabeza quién sabe qué principio nutricio.

Tras el primer alimento de la vigilia, recupera su lucidez la cabeza, momento siempre infausto, pues con él sobreviene el recuerdo de zozobras del alma añejas y copiosas, excluidas las causas, pero aun así avivando remordimientos y confusión.

Para de nuevo olvidar, vuela la cabeza con los gorriones, juega como si fuera en parte niño, en parte animal, lo que no significa cachorro.

Las guedejas de cabello se estiran hacia atrás y se sacuden a modo de cilios, como si estiramiento y sacudidas no fueran secuelas del vuelo sino sus motores.

El orbe luminoso se dilata de nuevo. Los gorriones se prestan al juego del olvido, simulan espanto y huida.

Un ave se demora. Se deja caer hasta la altura de la cabeza, vuelve hacia ella la emplumada testa, le dedica un guiño y, acaso, una sonrisa, pese a que su pico no haya evolucionado para tal fin.

Cesa la diversión cuando, saltándose una regla tácita, la cabeza irrumpe en el centro de la bandada haciéndola explotar.

La médium es baja y de rasgos aniñados. Nos mira apuntándonos con la barbilla, como con un arma. Me estrecha la mano blandamente, todo lo contrario que el asistente, enorme y sobrado de confianza en sí mismo.