Experiencia no física
… nada en ti congenia más conmigo que tu no existir.
Giorgio Manganelli , Amore
N o sé qué pensar. Después de tanto tiempo buscando, de los ahorros invertidos y de los viajes por todo el país y por el extranjero, el caso que será el decisivo, de un modo u otro, aparece aquí al lado, a menos de una hora de donde vivo.
Me siento como un neófito. Parece como si, en lugar de haber empezado a investigar hace años, lo hiciéramos hoy.
El largo historial de decepciones se ha borrado.
El tiempo se ha contraído y reescrito. Es reconfortante.
Me gusta cuando lo subjetivo da un paso adelante, agita la ambigüedad y todo se vuelve prometedor.
Seguramente H no opina igual. No ha abierto la boca desde que subimos al coche.
Aunque no lo ha reconocido, no quería venir.
Ha perdido la convicción. También yo, es cierto.
Sin embargo, mientras que a mí la duda me impulsa a intentarlo con más ahínco, al menos por una última vez, él preferiría quedarse en su casa, donde no tiene nada que hacer.
Me concentro en el paisaje. El cielo reluce.
El sedimento del verano sobrevive, pero no se pueden negar el frío que despunta, el acortamiento de la luz y su carácter oblicuo, los colores herrumbrosos.
Los mejores días del invierno son los primeros del otoño, cuando la estación fría se manifiesta solo como augurio.
El dueño de la finca nos espera a la entrada del pueblo.
No se fija en nosotros hasta que paramos junto a él.
Está concentrado en hablar solo, señalando con el dedo, en gesto de amonestación, a alguien que no está ahí, o a quien no vemos.
H por fin abre la boca. Resumiendo: decepción y desconfianza.
Calza zapatillas de estar en casa. Se protege del sol con una gorra manchada de grasa y sudor, tan calada que la visera le oculta los ojos.
Para mirarnos, en lugar de levantar la gorra, echa la cabeza atrás y el cogote se le pliega como un fuelle.
El bigote, estrecho, despeinado y sucio, parece un exceso de vello nasal.
Conozco bien esa mirada. Resumiendo: decepción y desconfianza.
También él. Le parecemos demasiado jóvenes y poco profesionales.
Sin uniforme. El coche de H no tiene distintivo.
Pregunta si somos con los que habló por teléfono.
Le digo que habló conmigo y le doy una tarjeta.
H & A
Agencia de Investigación Paranormal
Documentación histórica
Exploración in situ
Informes detallados
Total confidencialidad
Pregunta por el nombre de la agencia. Una vez más, explico que son nuestras iniciales.
Nuestro trabajo causa desconcierto. Algunas personas se sienten amenazadas.
Mejor no dar los nombres completos. No sé si ha entendido algo.
Digo que la universidad nos aconseja obrar así.
Pregunta si venimos de la universidad. Asiento, cargando de gravedad el gesto.
Esto sí lo entiende. No pregunta qué universidad.
Percibo la incomodidad de H. Es cierto que estamos a sueldo de la universidad, pero nuestro trabajo no guarda ninguna relación con el que hemos venido a hacer aquí.
En realidad, en la universidad desconocen nuestra agencia y, tal y como están las cosas, a H le humillaría que llegaran a saber algo.
Guarda la tarjeta. Dice que podemos ir a la cueva. Tiene aquí el Land Rover. Ha dejado el bastón colgado del retrovisor. Nos hace una seña para que lo sigamos.
Cruzamos el pueblo, apenas media docena de casas. Tomamos un camino que sube una ladera. El equipo de acampada y los maletines con el material se zarandean. Le pido a H que conduzca con cuidado. No responde.
El dueño de la finca se detiene, abre una cancela, entramos y la vuelve a cerrar.
Sube otra vez al Land Rover. Continuamos.
El camino empieza a llanear. Hemos entrado en una garganta de doscientos metros de ancho, encajada entre paredes de roca caliza.
Bordeamos brezales en flor y grupos de manzanos silvestres y de quejigos.
Paramos de nuevo. Asomando el bastón por la ventanilla del Land Rover, apunta hacia una pared.
Dice que él espera fuera, si no nos importa.
A mí no me importa. En realidad, me gustaría estar completamente solo, ocuparme de todo, que nadie lo estropee.
Mi falta de convicción queda revocada. Qué injustificada estaba. La de H sigue siendo un estorbo.
Nos pregunta si vamos a entrar con las manos vacías. Creía que traeríamos algún aparato. H dice que tenemos muchos aparatos. Él es el de los aparatos. Pero la primera inspección siempre es visual. Y yo: No se vaya, por favor. Tenemos que hacerle unas preguntas.
La cueva es artificial. Un anacoreta comenzó a excavarla en la época visigótica y los ocupantes posteriores se encargaron de ampliarla.
La entrada está a un metro y medio del suelo, para que los animales no se cuelen dentro.
A los costados hay unas entalladuras donde debía de encajar la puerta.
Nos ayudamos uno al otro a subir. H me da la mano, tira de mí y me suelta la mano con rapidez.
Le doy las gracias. Ni me mira a los ojos.
El techo es abovedado y bajo. No podemos erguirnos.
El humo de las hogueras lo ha ennegrecido.
Encendemos las linternas. Inspeccionamos sin tocar nada.
De las dos estancias de que dispone la cueva, la primera es la más amplia.
En una pared hay una hornacina de medio metro de alto, unos treinta centímetros de ancho y otros tantos de fondo destinada a alojar una imagen.
Pasando por una abertura tan estrecha que nos obliga a ponernos de costado, entramos a la otra habitación.
Tiene menos de dos metros cuadrados y ningún respiradero.
En las paredes quedan marcas de cincel e inscripciones hechas por los ocupantes.
Habrá que hacer fotos. Filtraciones de agua corren por la roca.
La humedad es muy alta. Cuesta llenar de aire los pulmones.
Admiro la capacidad de sacrificio de los que aquí vivieron. La robustez de su fe.
Vuelvo a la primera estancia. En la base de la hornacina, algún anacoreta excavó una cavidad para el agua bendita: circular, con los bordes redondeados y el fondo pulido.
Imagino el instante en que el artífice dio por finalizada tan mimada obra, vertió en ella el agua bendita de una calabaza hueca, mojó las yemas de los dedos índice y corazón, y se santiguó por primera vez haciendo uso de su pila privada.
La humedad. El frescor. Diferentes a como lo son para todos los demás.
Evidencias de lo intangible y lo superior.
¿Hablamos con el noble señor de estas tierras?, pregunta H. Su voz suena demasiado alta. Este sitio no está hecho para hablar. Para orar sí. Para susurrar. Para canturrear arrullándose a uno mismo.
Cerca hay dos cuevas más. Una, cegada por un derrumbe. La otra, tan alta que haría falta una escalera para alcanzarla. El dueño de la finca nos dice que no nos molestemos, que es muy pequeña y no tiene nada que merezca la pena. Lo que nos interesa está ahí, al pie de la pared.
Apoyada contra la roca veo una losa. La tumba que cubrió antaño se encuentra a unos pasos, vacía desde hace siglos.
En este tramo de la pared, la roca se proyecta hacia fuera a la altura del suelo, como una zapata que la sustentara.
La tumba está excavaba en el saliente. En un principio debió de tener forma antropomórfica.
Ahora los bordes están erosionados y se encuentra medio cegada por sedimentos arrastrados por el viento.
Si no fuera por la presencia de la losa, costaría adivinar la función original del agujero.
Aquí lo vi, dice. H pone en marcha la grabadora. Me gusta venir por las mañanas, antes de que amanezca, con la escopeta. Pregunto si estamos en temporada de caza. Me mira como si hubiera dicho una necedad. Esta tierra es de mi familia desde siempre. Hago lo que quiero. H pregunta qué pasó.
Hace dos semanas, el dueño de la finca oye algo por esta parte y se acerca a ver. A veces se cuela gente para hacer cosas raras.
Le interrumpo otra vez. ¿Iba solo? Dice que sí. ¿Sin perro? Él no caza con perro. Es una pena. La reacción del animal podría haber sido relevante. H quiere saber si podemos seguir.
Suena como alguien quejándose. No distingue palabras.
Solo quejas o gemidos. Le parece que salen de la cueva, pero se da cuenta de que vienen de la tumba o de cerca.
Suelta un par de gritos, por si hay alguien escondido.
Ya no se oye nada. Se queda un rato vigilando.
Está a punto de irse cuando ve esa cosa: una especie de columna de niebla que sale de la tumba, a chorro y girando muy rápido, igual que un tornado.
Es muy raro porque esa mañana no hay niebla ni viento. Además, la niebla de la tumba es roja.
¿Qué pasó después? Pues qué va a pasar, dice, que echo a correr. No había corrido igual desde que tenía quince años. Miro atrás y dentro de la niebla roja hay una luz, como una de esas farolas redondas, un globo de luz, flotando, y por si acaso sigo corriendo.
¿Cómo puede ser que lo haya visto? ¿Por qué él sí? ¿Acaso es digno?, me pregunto, y me exaspera que saliera huyendo, que no se quedara hasta las últimas consecuencias, que ni siquiera se fijara bien en lo que estaba pasando.
En realidad, lo que necesito saber es por qué yo no soy digno.
¿No me he mostrado lo bastante receptivo?
¿No he buscado lo suficiente? ¿Tal vez no soy un papel tan blanco y resistente como para que se grabe en mí el mensaje?
¿Carezco de la pureza que sí poseen los verdaderos creyentes y los seres simples, como los niños y los animales?
H pregunta si en la tumba yacía un anacoreta. El dueño de la finca asiente. Cuando alguno moría lo enterraban aquí mismo. Antes había más tumbas, pero ya no queda nada, ni agujero ni losa. Mi abuelo tenía en el despacho un cráneo que usaba de pisapapeles. Lo encontró aquí.