Recordatorio #7
La prudencia se impuso a la curiosidad y Rivera no volvió a la casa de Ariza para averiguar si aún vivía allí.
Tampoco hizo indagaciones entre los empleados de la central por temor a despertar sospechas.
Pero siguió enviándole fotos. Suponía que Ariza no las miraba, aunque eso era irrelevante.
Bastaba con que las recibiera. Ariza sabría que había alguien que recordaba lo sucedido, alguien para quien aquello fue importante.
Eso haría que tampoco él se olvidara, que no tuviera oportunidad de restarle valor.
Pero era inevitable que enviando las mismas fotos una vez tras otra, explicó Yago Rivera, el impacto que producían se viera rebajado.
Por eso, coincidiendo con el primer aniversario de la agresión, introdujo un cambio.
Ariza recibió una foto de un mango de pico y de unos guantes de esquí con los nudillos manchados de sangre.
Sobraría decir que Rivera, Gies y Castro se habían deshecho, la misma noche del ataque, del mango de pico, de los guantes, de los espráis de pimienta y de todo cuanto los pudiera incriminar.
Para la foto, Rivera compró un mango de pico y un par de guantes iguales a los empleados aquella noche.
La sangre provino de un hígado de ternera adquirido en la carnicería.
Envió la foto dando por sentado que Ariza deduciría lo que había hecho: que no conservando el arma agresora ni los guantes, se había tomado la molestia de hacerse con otros idénticos, lo que le asustaría más que si los hubiera guardado.
Concluyó su encargo de revisión de rutinas de mantenimiento y entregó un informe.
Ninguna de las propuestas recogidas en el mismo se llegó a implementar.
No le podría haber importado menos. Siguió trabajando en la nuclear.
Compró un piso en L’Hospitalet de l’Infant.
Seguía yendo a pescar. A Castro aún lo veía en la central.
Se limitaban a saludarse, a no ser que pudieran evitarlo.
En el gimnasio ya no coincidían. Con su puesto de supervisor, Castro ganaba más que antes y se podía permitir algunos lujos.
Ahora iba a otro gimnasio, más moderno y sin moho en las duchas.
En cuanto a Gies, Rivera le había perdido la pista. Dudaba que aún viviera en Hospitalet.
¿Y Ariza? ¿Has vuelto a saber de él?
Yago Rivera respondió negativamente.
¿Le sigues enviando fotos?
No. He dejado de hacerlo. Sentí que había llegado el momento. Por otro lado, ya le había prestado demasiada atención al tema. Tenía que dejarlo atrás.
Jon asintió, coincidiendo en su parecer.
¿Cuándo le enviaste la última foto?
Yago Rivera inspiró hondo, poniendo a prueba la resistencia de los botones de su camisa, y soltó el aire largamente.
Hace poco. El día en que te llamé para autoinvitarme a tu casa.
Guardaron silencio. Estaba cayendo la tarde y con ella la temperatura.
Yago Rivera no daba muestras de sentir el fresco.
Cambió de postura, acomodándose aún más en la silla.
Jon recordó cómo era su amigo en la Escuela de Ingenieros: un chico dueño de una formalidad natural, nunca forzada, aunque sí ridícula, que provocaba el rechazo de los compañeros y la aprobación de los profesores de mayor edad, un chico siempre con un paquete de pañuelos de papel a mano, presa de resfriados en los meses de frío y de alergias en los de calor.
Jon se preguntó en qué medida contar aquella historia le había supuesto sacudirse un peso de encima.
Yago Rivera dijo que ya bastaba de hablar de él.
Preguntó a Jon si estaba trabajando en un nuevo libro.
Había leído un par de los anteriores y le habían gustado.
Hablaron de ellos. Yago Rivera declaró que le parecía asombroso lo que Jon hacía: sentarse a diario, durante meses y meses, para escribir historias inventadas.
Los interrumpió una explosión de actividad en el interior de la casa: un portazo, carreras, gritos, sonido de mochilas dejadas caer al suelo.
El padre de Jon había llegado con sus nietos.
Los niños iban a montar a caballo dos tardes a la semana.
El padre de Jon los llevaba en coche y esperaba en un chigre cercano, tomando una botella de sidra, hasta la hora de recogerlos.
El padre se asomó a la terraza para reprocharles haberse pasado la tarde hablando y no haber preparado la cena.
Él apañaría algo, pero que luego no se quejaran. Los niños habían ido a ducharse.
Se volvieron a quedar solos. Jon pensaba en el momento en que Ariza recibió el mensaje final de Rivera, un Ariza que podía estar viviendo en cualquier lugar, en otro país, que podía estar casado, que, cuando el móvil emitió el aviso, podía estar cambiando el pañal a un hijo, o atendiendo a una madre anciana y dependiente, o tomando una copa al cabo de la jornada de trabajo, rodeado de amigos, o paseando con orgullo entre sus frutales, o haciendo el amor, o que se podía hallar impedido en la cama, víctima de alguna enfermedad, o que podía estar muerto.
En cualquiera de los casos, salvo en este último, el mensaje anónimo no le produciría una impresión sensiblemente diferente a la de los anteriores, pues no sabía que se trataba del último, y tal vez nunca llegara a tener la certeza de que lo fue.
Mirando de reojo a su antiguo amigo, Jon dudó que aquel mensaje fuera el recordatorio definitivo de lo que unos hombres cubiertos con pasamontañas le hicieron a Ariza una noche, años atrás.