Esta es tu casa Recordatorio #6
47%

Recordatorio #6

Al verlo, sí sentí algo, dijo Yago Rivera.

Sentí regocijo. Luego, en el coche, mientras volvíamos a Hospitalet, Castro me recriminó por haberme quedado mirando fijamente a Ariza.

¿Es que quieres atraer la atención?, me dijo.

Todos lo miraban. ¿No te has dado cuenta?

, respondí, y él no volvió a abrir la boca durante el resto del viaje.

Yago Rivera tomó un sorbo de agua.

Falta poco para que termine la historia.

Jon guardó silencio, deseoso de que continuara.

También sentí algo más, añadió con un ensombrecimiento del tono.

Sentí que iba a pasar algo. Lo que habíamos hecho traería consecuencias.

Estaba seguro de que el escarmiento a Ariza desencadenaría una serie de hechos, y que estos desembocarían en un castigo para Gies, para Castro y para mí.

En primer lugar, temí, y creo que esto fue una consecuencia de mi ausencia de arrepentimiento y del pasmo que me causaba, temí que Castro o Gies sí se arrepintieran y eso los llevara a confesar.

Luego temí que se aliaran en mi contra, que se compincharan y urdieran un testimonio según el cual toda la culpa recaería en mí.

También se me ocurrió, por supuesto, que Ariza nos había reconocido y nos había denunciado.

O que, aunque no supiera quiénes éramos, los datos que facilitó a los Mossos d’Esquadra les bastarían para identificarnos.

Y pensé también que Ariza nos había reconocido, pero que, en lugar de acudir a los Mossos, actuaría como habíamos hecho nosotros, buscando aliados que lo ayudaran a administrarnos nuestro merecido.

O peor aún, se podía cobrar venganza con la hija de Gies, si pensaba que la idea surgió de ella.

Al cabo de una pausa, Yago Rivera añadió: En una película, la paliza que le dimos habría conducido a algo así. No habría sido más que el comienzo de algo. Sin embargo, no fue eso lo que pasó.

¿Qué pasó?, preguntó Jon.

Nada. O, más bien, nada de lo anterior.

Ariza no se presentó a las pruebas para supervisor de sala de control.

Castro obtuvo la plaza. En su nuevo puesto trabajaría a turnos; su horario no iba a coincidir con el de Gies y Rivera, así que no seguiría compartiendo coche con ellos.

Cuando se lo anunció a los otros, Gies respondió que, a partir de entonces, él prefería ir al trabajo por su cuenta, lo que obligaba a hacer lo mismo a Rivera, que no se sintió hecho de menos.

En uno de los últimos viajes que hicieron los tres juntos, Gies dijo que su hija se mudaba a Barcelona. Le habían ofrecido trabajo en un restaurante del Puerto Olímpico.

Lo ha decidido sin consultarme. Aquí tiene un buen trabajo y una buena casa, pero eso no le basta. Después de todo lo que he hecho por ella.

Al cabo de unas semanas, Ariza regresó a su antiguo puesto en la nuclear.

Rivera lo veía en el comedor. Volvía a ser el de siempre.

La transformación de la que Rivera había sido testigo, cuando Ariza yacía en el camino vecinal, alumbrado por los faros del BMW, se había desbaratado.

Vio a Ariza reírse como antes. Lo vio fanfarronear.

Un sábado, mientras paseaba por la Rambla Nova de Tarragona, vio a Ariza en la terraza de un bar, acompañado por una mujer.

Se estaban haciendo arrumacos; los dos achispados o encaminados a estarlo.

Yago Rivera dijo a Jon que fue fácil conseguir que alguien del trabajo le diera el número de móvil de Ariza. Si se le pasó por la cabeza que eso podría orientar hacia él una hipotética pesquisa, no lo tuvo en consideración.

¿Qué pesquisas iba a haber? Habían pasado meses desde la paliza y no había sucedido nada.

Añadió que, eso sí, para dar el siguiente paso tomó precauciones. Buscó plataformas online para envío de SMS anónimos. Escogió una que ni siquiera exigía registro, pensando que así reducía las posibilidades de rastreo. Envió a Ariza una de las fotos hechas aquella noche.

¿Entonces sí pasó algo?, preguntó Jon.

Rivera dijo que adoptó la rutina de enviar periódicamente alguna foto de las que había hecho. No dejaba que entre dos envíos transcurriera más de un mes, y nunca menos de una semana.

Al cabo de medio año, cesó de ver a Ariza en la nuclear.

Seguía coincidiendo en el gimnasio con Castro.

Un día, Rivera se hizo el encontradizo en el vestuario y le preguntó si Ariza ya no trabajaba en la central.

Castro respondió como si le hubiera preguntado por cualquier persona, alguien con quien ellos no tuvieran nada que ver.

En efecto, Ariza había dejado la nuclear.

Cuando Rivera insistió, preguntándole si sabía la razón y dónde trabajaba ahora, Castro respondió con sequedad que no tenía ni idea.

¿Por qué me tendría que importar? ¿Y a ti?

Rivera se encogió de hombros, sin achantarse.

Solo por saber.

Castro relajó el tono.

Conociendo al hijoputa, seguro que está en un buen sitio. Es de los que siempre caen de pie. Mejor que te olvides.

Castro cambió de tema diciendo que quien estaba de maravilla era Gies. Se había jubilado recientemente.

Sigue con la puta aquella, a la que llevaba al delta a comer anguilas.

Rivera preguntó por Paz, la hija de Gies.

De esa no sé nada. Su padre no habla de ella.

Rivera ya se había dado media vuelta cuando Castro añadió: Sí me enteré de que Ariza le devolvió el dinero que le debía por la parcela de frutales.