Recordatorio #5
Han acabado. Hay que apagar las luces del coche e irse.
Oye gruñidos. Quiere enjugarse los ojos con litros y litros de agua, y hundir las manos en hielo.
Piensa que es Castro el que los emite, los gruñidos, pero de reojo lo ve retroceder de un brinco.
Es el jabalí. Se está levantado. Él se aparta también.
El animal se incorpora, las patas temblorosas, atontado.
Da unos pasos inseguros. Se acerca al que está en el suelo, lo olfatea y se espabila de golpe.
Recula lanzando un guarrido. Ha sido el espray de pimienta.
Restriega el hocico en el ripio. Corretea en círculos sin salir del espacio que delimitan los faros del coche.
De pronto se detiene, mira fijamente los faros, como si hubiera quedado deslumbrado.
Resopla y se abalanza a la carrera, ahora en línea recta, hacia el coche.
Impacta contra el parachoques. Sale rebotado al almendral y se aleja entre los árboles, más espabilado con cada zancada, hasta perderse de vista.
III
Yago Rivera estaba muy cambiado. Se le habían ensanchado la espalda y los hombros.
La camisa, remangada por encima de los codos y con los dos botones superiores abiertos, le ceñía los bíceps.
Ahora se afeitaba la cabeza, a modo de contrataque frente a la calvicie.
No le quedaba mal. Estaba moreno. Salía a correr todos los días.
A Jon le costaba reconocer a su antiguo compañero de la Escuela de Ingenieros de Oviedo.
Estaban sentados en la terraza de la casa de Ribadesella.
Yago solo había aceptado un vaso de agua.
Ya no bebía alcohol, ni nada con azúcar.
Llevaba largo rato hablando. Hizo una pausa y contempló el paisaje de la ría y la villa en la orilla opuesta, con una media sonrisa relajada, como si lo que acababa de contar careciera de relevancia y su recuerdo no menoscabara el disfrute de la vista.
Jon aún no se había formado un juicio sobre el relato de Yago.
Observaba, perplejo, al que había sido su amigo en la Escuela de Ingenieros.
Entonces se habían apoyado mutuamente. Habían sobrellevado, hombro con hombro, los rigores de un centro que, por su ambiente y su nivel de exigencia, desmesurada, intransigente y engarfiada en modelos del pasado, guardaba más semejanza con una academia militar o un seminario que con una universidad moderna.
También iban juntos a practicar la pesca submarina.
Tras finalizar los estudios, habían tomado caminos diferentes.
Si coincidían de paso por Asturias, quedaban para beber unas cervezas.
Hablaban por teléfono un par de veces al año.
Cuando Jon abandonó la ingeniería, su trato se redujo aún más.
En su obstinación por dar la espalda a aquella época y a todo lo que guardaba relación con ella, se distanció definitivamente de Yago Rivera.
Fue un comportamiento injusto a todas luces, como reconoció al cabo de poco tiempo; sin embargo, no hizo nada por enmendarlo.
Se justificaba diciéndose que nunca encontraba la ocasión propicia.
Por eso, cuando Yago Rivera lo llamó por teléfono al cabo de varios años sin tener noticias de él y le dijo que quería ir a visitarlo, Jon respondió afirmativamente, de inmediato, sorprendido y aliviado.
También, no obstante, sintió cómo se reavivaba un regusto de tiempos menos gratos.
En el último curso de la Escuela de Ingenieros oyó una historia sobre Yago Rivera. Durante una práctica de campo, Yago visitó un pozo de carbón en Mieres. Fueron con él otros tres alumnos de la asignatura de Laboreo de Minas, en el coche de uno de estos. La visita transcurrió sin incidentes.
Llegada la hora de volver a Oviedo, el que había llevado el coche les propuso hacer una parada a mitad de camino. Era su cumpleaños y lo quería celebrar. Le habían recomendado un prostíbulo cerca de allí. Él invitaba.
Para organizar las prácticas de campo, el profesor de la asignatura había tomado la lista de alumnos, donde estos figuraban por orden alfabético, y la había dividido en grupos de cuatro personas.
Dio la casualidad de que los otros tres eran amigos.
Al margen de coincidir en las clases, Yago Rivera no tenía ninguna relación con ellos.
Aun así, el conductor insistió en invitarlo también a él, haciendo oídos sordos a la oposición de Yago, que se encontraba en minoría, pues los dos restantes aceptaron de inmediato.
Luego Yago se enteró de que, por supuesto, todo se había organizado de antemano, sin contar con él.
Seguramente habían dado por supuesto el repudio que el plan le produciría, lo que para ellos sería un motivo de diversión adicional.
Si a él no le apetecía, le espetaron, podía esperarlos en el bar del prostíbulo, o en el coche.
Lo que estaba claro era que no iban a perder la oportunidad de echar un polvo.
Jon había oído distintas versiones de lo que pasó, coincidentes en lo esencial y complementarias en los detalles, suponía que divulgadas por los otros tres del grupo; y si las versiones de la historia habían llegado hasta él, que, al igual que Yago Rivera, pisaba la Escuela de Ingenieros lo menos posible, eso quería decir que habían llegado a todo el alumnado.
El local había sido un restaurante de carretera.
Tenía dos pisos; en el de abajo estaba el bar, y en el de arriba, las habitaciones.
El conductor vaciló al verlo. Le habían dicho que había un aparcamiento discreto, en la parte trasera, y no era así.
Tendría que dejar el coche a la vista, y era el de su padre, pero ahora no iba a ser él quien se echara atrás.
La decoración del bar consistía en cintas de espumillón.
Tres chicas se calentaban frente a una estufa de butano.
Cuando los vieron entrar se desprendieron del abrigo; debajo iban en ropa interior; en los pies, zapatillas de estar en casa.
El hombre que atendía la barra llamó a una cuarta chica, que bajó del piso de arriba con cara de recién despertada.
Tomaron unas cervezas, aunque el conductor les advirtió de que a eso no los invitaba. Luego él y sus amigos escogieron a una chica cada uno.
¿Tú qué haces?
Yago Rivera subió al piso de arriba con la chica restante, la que tenía cara de dormida, que no había dejado de bostezar mientras ellos bebían.
Todas las versiones que llegaron a oídos de Jon concordaban en que, minutos después, alguien llamó a la puerta de la habitación donde había entrado el conductor.
La chica preguntó qué pasaba; ya estaba desnuda, en la cama, igual que su cliente.
La puerta se abrió y entró Yago Rivera. Parecía descompuesto, a punto de echarse a llorar.
Se quería ir a casa, balbuceó. El conductor replicó de malas maneras.
No pensaba irse sin terminar lo que ya había empezado a hacer.
En ese punto, las versiones diferían. Según una de ellas, Yago Rivera se había sentado en una silla en un rincón del cuarto, donde se quedó encogido y llorando, hasta que su compañero hubo terminado.
Según otra, Yago se había sentado en la silla y se había limitado a esperar con la vista clavada en el suelo, como un niño que cumpliera un castigo.
Según la última, Yago había esperado en la silla, pero mirando lo que pasaba en la cama.
Él y Jon nunca habían hablado de lo que pasó, y Jon no estaba seguro de cuál de las versiones se hallaba más cerca de la verdad.
Yago Rivera seguía contemplando la ría.
¿Seguro que no quieres nada más?, preguntó Jon. Hay cerveza sin alcohol. A mi padre le gusta.
Su amigo, o conocido, respondió que no. Jon había concluido que su silencio contemplativo no denotaba desapego hacia lo narrado, sino que, sencillamente, le estaba concediendo un receso para asimilarlo. Lo que aún no alcanzaba a comprender era qué había empujado a Yago a contárselo.
¿Qué pasó después?, preguntó Jon.
Al día siguiente fueron a trabajar como cualquier otro lunes, respondió Yago Rivera.
Aquella semana le tocaba a Castro llevar el coche.
Hicieron el trayecto a la nuclear muy callados.
Por una vez, Rivera lo lamentó. Le habría gustado contrastar pareceres.
La única mención a lo sucedido la víspera la hizo Castro cuando se detuvieron en el aparcamiento: Y ahora, ni una palabra a nadie.
Rivera no vio a Ariza ese día. Dio por sentado que no había ido a trabajar. Estuvo atento a las conversaciones de los otros empleados, pero no oyó nada sobre Ariza.
A la salida del trabajo, se encontró con Gies en el aparcamiento y quiso saber si él había oído algo.
Gies se limitó a negar con la cabeza. La víspera, mientras volvían de Móra d’Ebre a L’Hospitalet de l’Infant, Rivera le había enviado una de las fotos de Ariza con la cara desfigurada y bañada en sangre, mocos y lágrimas.
Le preguntó si se la había enseñado a su hija.
No es asunto tuyo, respondió Gies con aspereza.
Nunca más hablaron de la foto de Ariza.
¿Cómo te sentías?, preguntó Jon.
Yago Rivera se tomó un momento antes de contestar, no porque le costara encontrar las palabras para hacerlo, sino porque aún no había llegado a explicarse lo que sintió en los días siguientes a la paliza.
No tenía remordimientos, dijo. Pero tampoco sentía calma.
Continuó diciendo que vio a Ariza pocos días después.
La noticia de que había sido víctima de una agresión ya había circulado por la nuclear.
Respecto al motivo, había opiniones diversas; la más extendida: que fue un ajuste de cuentas, lo que al fin y al cabo era cierto.
Por lo visto, había mucha gente que quería mal a Ariza.
Estaba de baja. Había ido a la nuclear para resolver un trámite en el departamento de Personal. Rivera se cruzó con él en el control de acceso de la recepción. Ariza tenía la cara hinchada y cubierta de cardenales. Había un corro de empleados a su alrededor, escuchando su relato del ataque.