Esta es tu casa Recordatorio #4
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Recordatorio #4

Esa tarde, a las cinco, Rivera esperaba en el portal de su edificio a que pasaran a recogerlo, como cuando iban a trabajar.

Según Castro, Ariza no volvería hasta que fuera de noche, pero no sabían a qué hora exactamente, y querían ir con tiempo suficiente para prepararse.

Conducía Castro, otra vez al volante de la furgoneta de su cuñado.

Rivera no preguntó qué explicación habían dado los otros en su casa antes de salir, si habían dado alguna.

Hicieron el trayecto hasta Móra d’Ebre en silencio.

Rivera se había puesto unos pantalones vaqueros negros y unas botas de monte que no usaba nunca.

La víspera, había ido a Tarragona, donde compró una parka negra en una tienda de ropa de segunda mano y unos guantes de esquí.

En un bolsillo de la parka llevaba un pasamontañas.

Castro también iba vestido con ropa oscura.

En cuanto a Gies, su indumentaria era como la de cualquier día.

Se detuvieron en el cruce del camino de ripio con la riera. Aún era de día. Esperaron en la furgoneta tomando el café que Castro había llevado en un termo. También había llevado bocadillos, pero ninguno tenía hambre.

Cuando anocheció, Rivera se acercó a pie hasta el taller de alfarería, donde no había luz. Tampoco la había en la casa de Ariza, pero volvió a tocar el timbre, por si acaso.

Parece que tenemos vía libre.

¿La tenemos o solo lo parece?, preguntó Castro.

La tenemos.

Gies y Castro se apearon. Rivera se puso los guantes de esquí y el pasamontañas, y Castro lo imitó. Rivera se sintió ridículo, aunque, al mismo tiempo, lo que estaba sucediendo adoptó un cariz más real. Ya no había vuelta atrás.

Joder, dijo Castro. Hace un frío que pela. Espero que el hijoputa no tarde o se nos van a helar los cojones.

De la parte trasera de la furgoneta descargaron un tramo de valla enrejada que Castro y Gies habían robado en una obra. Castro también cogió un mango de pico. Él y Rivera llevaban un espray de gas pimienta cada uno.

Esperad, dijo Gies. Cuando acabéis, hacedle una foto, para saber cómo ha quedado.

¿No prefieres venir y verlo tú mismo?, preguntó Castro con un retintín retador.

La foto no es para mí. Es para mi hija.

Castro se metió el mango del pico bajo el brazo y agarró un extremo de la valla. Vamos, le dijo a Rivera. Tú coge por ahí.

Se detuvieron en el punto del camino elegido esa mañana.

¿Pero qué hostias es eso?, exclamó Castro, y repitió la pregunta, pero esta vez susurrando. ¿Por qué no nos habías dicho nada?

Antes no estaba, respondió Rivera, tan sorprendido como él.

Donde planeaban colocar la valla, en el centro mismo del camino, yacía el cuerpo de un jabalí.

¿Pero de dónde ha salido? ¿Está muerto? Ten cuidado.

Rivera había posado la valla y se había acercado al jabalí. Lo tocó con la punta de una bota. El animal no se movió.

¿Está muerto?

Pues eso parece.

Joder. ¿Y tenía que venir a morirse precisamente aquí?, dijo Castro. ¿Qué hacemos ahora?

Rivera miraba alrededor en busca de alguna explicación para la presencia del jabalí.

No halló ninguna. Hacía una noche serena y despejada.

Las estrellas se distinguían claramente.

Dijo que estaban de suerte. El cuerpo del jabalí obligaría a Ariza a detenerse.

La valla le podría despertar sospechas, mientras que el jabalí seguro que no.

Ariza se sorprendería, igual que les había pasado a ellos, y se apearía para ver de cerca al animal e intentar apartarlo.

Ya no necesitaban la valla. La tiraron a un lado del camino y se emboscaron tras los cactos.

Más para acallar los nervios que por verdadera necesidad, Castro repasó cómo iban a proceder.

Rivera le dio la razón punto por punto y sugirió que guardaran silencio.

La quietud de la noche producía la impresión de que sus susurros se oían a gran distancia.

Acuérdate de que, si hay que hablar, lo haces tú, recalcó Castro.

Esperaron en cuclillas. Rivera vigilaba el camino a la altura del taller de alfarería, por donde debía llegar Ariza. Oía a Castro gruñir de frío y cambiar de postura. A él también se le estaba entumeciendo el cuerpo.

Media hora después los faros de un vehículo asomaron por el camino.

Los dos se pusieron en tensión. Un BMW Serie 1 se detuvo a unos metros del jabalí.

Rivera sintió una punzada de angustia al caer en la cuenta de que no conocía el coche de Ariza.

Se irguió para mirar por encima de los cactos.

De reojo vio a Castro blandir el mango de pico con las dos manos.

Los faros del BMW alumbraban al jabalí, que ahora parecía más grande; su presencia, más dramática, iluminada con dureza, proyectando una sombra prolongada y densa.

La puerta del coche se abrió y alguien se apeó cautelosamente.

Rivera seguía sin estar seguro de si era Ariza.

Se dijo que esperaría a que se acercara al jabalí y los faros lo iluminaran.

Castro no esperó. Salió corriendo de detrás de los cactos, listo para golpear con el mango.

Ariza —porque era Ariza, ahora Rivera lo veía bien— retrocedió unos pasos, sin comprender qué estaba pasando.

Por instinto, alzó las manos ante la cara en gesto de protección, pero, repentinamente, cuando estaba a punto de golpearlo, Castro se detuvo.

Recordó el espray de pimienta. Con torpeza, metió una mano en el bolsillo del anorak para cogerlo, dando a Ariza ocasión de reaccionar.

Golpeó a Castro en un lado de la cabeza, con la mano abierta.

Ariza pesaba veinte kilos más que su atacante.

Fue un golpe desmañado pero fuerte. Castro se tambaleó, dejando caer el mango de pico. Ariza se agachó a cogerlo.

No lo consiguió. Rivera llegó a la carrera y lo detuvo con una patada en la cara.

El corpachón de Ariza se derrumbó de espaldas, mitad en el camino, mitad en el campo de almendros.

Rivera se le lanzó encima. Aterrizó con una rodilla en la entrepierna de Ariza y encadenó tres puñetazos: derecha, izquierda, derecha, en el estómago, enorme y blando.

Le pareció que los puños se hundían hasta la muñeca.

Ariza no había dicho nada, ni siquiera había emitido una exclamación de sorpresa, miedo o dolor, pero Rivera le tapó la boca con una mano enguantada y acercándose mucho a su cara le dijo que si decía una palabra iba a ser muchísimo peor.

Para remachar la advertencia le asestó otro par de puñetazos.

De repente estaban sumidos en una oscuridad total.

Rivera surcaba la nada a bordo del fofo corpachón de Ariza.

Castro había apagado las luces del coche, tal y como habían planeado.

Un segundo después también él parecía querer subirse encima de Ariza y le lanzaba un chorro tras otro de espray de pimienta a los ojos, desde un palmo de distancia.

Ya vale, hostia, dijo Rivera, apartándolo de un empujón.

Mientras retrocedía, Castro siguió lanzando chorros de espray. Uno alcanzó de refilón a Rivera, que se puso en pie de un salto.

Sintió el espray de inmediato. Empezó a lagrimear y moquear. Le costaba enfocar la vista.

En el suelo, Ariza se retorcía, restregándose los ojos con ambas manos y emitiendo sonidos estrangulados, como si se ahogara.

Lo levantó y lo echó sobre el capó del coche.

He dicho que a callar.

Le dio un puñetazo en la cara. Ariza se calló de repente y miró a su alrededor sin ver nada, cegado por el espray, con expresión aterrada.

Castro había recogido el mango de pico y señalaba con él a Ariza de manera insistente. Más tarde, Rivera caería en la cuenta de que intentaba decirle que le quitara el móvil a Ariza, como habían acordado, pero él estaba absorto en lo que tenía entre manos.

Se olvidó de que era la primera vez que golpeaba a alguien.

Se olvidó de lo largamente teorizado. Lanzaba puñetazos sin que Ariza hiciera nada por defenderse.

Golpeaba, retrocedía un paso, escogía entre la cara y el estómago, decidía si emplear la mano izquierda o la derecha, y golpeaba de nuevo.

Entre puñetazo y puñetazo tenía que enderezar a Ariza, que no cesaba de caerse sobre el capó del coche.

Le daba cachetes para despabilarlo. Ariza lloraba y balbuceaba por efecto del espray y los golpes.

Rivera tenía que parpadear con fuerza para enfocar la mirada.

Se aclaraba la garganta y escupía sin mirar dónde iba a parar el gargajo.

Perdió la noción del tiempo. Sentía la cara de Ariza más blanda, más embadurnada, menos cargada de fanfarronería.

Con cada golpe se acercaba a la frontera luminosa del daño irreversible, que no buscaba cruzar, solo continuar aproximándose a ella, poco a poco a poco, hasta el borde mismo.

Ya es suficiente. Enciende las luces.

Ariza cae sobre el capó y se desliza al suelo y esta vez Rivera no lo levanta.

Que enciendas los faros del coche. Hay que hacerle la foto.

Castro obedece. Y Ariza ve lo que ha hecho.

El que está tirado en el camino ha cambiado.

Ya no es la persona que se lo hizo pasar mal a la hija de Gies.

Castro suelta una exclamación de espanto.

Se olvida de su propósito de no hablar. Rivera busca en los bolsillos del que está en el suelo.

Encuentra el móvil y lo lanza entre los almendros.

Saca el suyo, se acerca, apunta con tiento y hace unas cuantas fotos.