Recordatorio #3
Castro hacía esfuerzos por contener el enfado, como si la ultrajada fuera una de sus hijas.
Gies no terminaba de concederle la razón, así que Castro seguía aportando razones para darle su merecido a Ariza: las muchas veces que se había beneficiado de que su padre fuera jefe de turno; los robos reiterados de los que era culpable en la nuclear, desde material de oficina al por mayor a costosos juegos de herramientas con aislamiento eléctrico que luego vendía en los polígonos industriales de Tarragona; su maña para urdir bulos, para escurrir el bulto, para hacer lo mínimo y publicitarse como alguien indispensable.
Hablaba en plural: «podemos», «tenemos que», «vamos a», sin precisar a quiénes se refería, y Rivera escuchaba sin tomarse en serio su propuesta. Estaba acostumbrado a oírle hablar de los empleados de la central en tono altanero, cuando no abiertamente despectivo.
¿Y tú qué? ¿Tampoco dices nada?
Rivera se quedó mudo. Quería responder, pero no le salieron las palabras.
¿Para qué tanto gimnasio y tantas pesas y tanta hostia?, prosiguió Castro.
Deja tranquilo al chaval, dijo Gies. Esto no va con él.
¿Cómo que no?, respondió Castro. Somos amigos y los amigos están para lo que hace falta. ¿O no es así?
Es así, dijo Rivera.
¡Pues claro!, exclamó Castro, como si hubiera logrado una victoria importante. Y tú no me digas que no te ibas a quedar muy a gusto, le dijo a Gies.
Al cabo de unos segundos el mayor de los tres respondió: Lo cierto es que sí. Muy a gusto.
Castro se arrellanó en el asiento, satisfecho, asintiendo para sí mismo.
Desde la mañana del simulacro, Rivera se había cruzado con Ariza en dos ocasiones.
La primera, en la Oficina Técnica de Mantenimiento, adonde Ariza había ido a por un juego de planos actualizados; llegó, recogió los planos, entró al despacho del jefe para saludar y se fue.
La segunda, en el comedor; Ariza esperaba en la fila ante los mostradores de comida con una bandeja en las manos.
Ambas veces, Rivera percibió en su comportamiento petulancia y vulgaridad.
¿Hasta dónde vamos a llegar?
La pregunta de Gies tomó a los otros por sorpresa.
¿Qué quieres decir?, preguntó Castro.
En la paliza. Porque de eso va el asunto, ¿no? ¿Hasta dónde vamos a llegar?
Pues no lo sé, dijo Castro, con menos seguridad que antes. Lo decidiremos sobre la marcha. Tú mandas.
Era viernes. A los tres les pareció bien hacerlo ese domingo.
El sábado por la mañana, Rivera fue a Alfama a pescar.
Antes, se tomó un antiácido. El agua salada que se colaba por el tubo le producía ardor de estómago, y tenía intención de pasar unas cuantas horas pescando, hasta acabar agotado.
Al salir del agua, se encontró con Gies esperándolo junto al coche.
¿Cómo sabías que estaría aquí?
En el gimnasio no estabas. Quería hablar contigo de lo de mañana, sin que nos oiga nadie.
Rivera abrió el maletero y dejó dentro las aletas, el fusil, las gafas y el cinturón con los plomos. La pesca la metió en una nevera de camping.
Adelante.
Se apoyó en el coche sin quitarse el traje de neopreno. No se iba a cambiar delante de Gies.
¿Sabías que Ariza se presenta al mismo puesto que Castro? Los dos se están formando para supervisor de sala de control.
Rivera no lo sabía.
Falta poco para las pruebas de supervisor, continuó Gies.
Si Ariza coge la baja, es posible que no se pueda presentar.
Eso no le garantiza el puesto a Castro, pero tendrá menos competencia.
Te lo digo para que tengas claro que lo de mañana no lo haremos solo por mí.
Alguien más obtendrá un beneficio, o una satisfacción.
Tienes que saberlo antes de decidir. Luego puede que alguien tenga remordimientos, eso ya es cosa de cada uno, pero es mejor que no haya lugar para reproches.
Si no estás de acuerdo con la situación y prefieres quedarte al margen, por mí no hay problema.
Tienes mi palabra. A lo mejor Castro no se lo toma igual de bien, pero ¿a quién le importa lo que diga ese?
II
El domingo al mediodía fueron a inspeccionar el terreno. Castro les aseguró que Ariza ya habría salido de casa. A su madre le gustaba que la llevara a tomar un vermú antes de comer.
Pasaron ante la masía sin detenerse. Castro había pedido prestada la furgoneta de su cuñado.
Si Ariza veía el vehículo, no lo identificaría como uno de los que frecuentaban el aparcamiento de la nuclear.
Continuaron hasta donde el camino de ripio cruzaba una riera y se detuvieron.
Caminaron en silencio hasta la masía. Un portón metálico cerraba el paso a la propiedad, rodeada por un seto tupido, de más de dos metros de alto y sin podar.
Diferentes especies lo parcheaban donde el arbusto original se había secado.
Al otro lado del camino había una extensa y pulcra parcela de almendros.
La casa más cercana se encontraba a trescientos metros.
Habían pasado ante ella de camino hacia allí. Gies quería verla con detenimiento.
Era un taller de alfarería con una vivienda aneja.
No había ningún vehículo y las ventanas estaban cerradas con postigos.
Gies opinó que se encontraba demasiado cerca.
En ese momento el taller y la casa parecían desiertos, pero por la noche podría haber alguien.
Si Ariza gritaba pidiendo ayuda, lo oirían.
Castro restó importancia a esos temores.
Si jugaban bien la baza de la sorpresa y eran contundentes, Ariza no tendría oportunidad de gritar.
Además, esa noche no pasarían por delante del taller de alfarería.
Llegarían por el otro lado del camino, tras dar un rodeo por la depuradora de aguas de Móra d’Ebre, y se largarían por la misma ruta.
Volvieron despacio a la casa de Ariza. A su izquierda tenían el almendral; a la derecha, más plantaciones de árboles: melocotoneros y cerezos. Castro dijo que varias de aquellas parcelas eran de la familia de Ariza.
Rivera llevaba las manos en los bolsillos del anorak. Le sorprendía lo tranquilo que estaba. Miraba a su alrededor buscando indicios de actividad: gente que trabajara en las parcelas, vehículos, perros…
Lo haremos aquí.
Gies y Castro escucharon atentos.
Exactamente aquí, dijo Rivera.
Estaban a menos de cien metros de la casa.
A la derecha del camino, a su misma vera, se hacinaba un grupo de chumberas y aloes.
Las ramas que crecían hacia el camino habían sido macheteadas para que no rallaran los vehículos.
Seguramente lo había hecho el mismo Ariza.
A la izquierda, la primera fila de almendros y su línea de riego por goteo discurrían a un paso de donde empezaba el ripio.
Rivera dijo que si colocaban allí un obstáculo, Ariza no lo podría sortear por ninguno de los costados.
No le quedaría otra opción que detener el coche y salir a retirarlo.
Entonces lo sorprenderían. Podrían esperar escondidos detrás de las chumberas y los aloes.
Bien pensado, dijo Castro.
Por la expresión de Gies, no se podía saber si estaba de acuerdo con el plan.
Su semblante, desde que se encontraron esa mañana, era de enfado contenido, lo que a los otros les parecía entendible.
Observaba el camino, los cactos, la casa, como si ponderara los elementos del lugar, o como si lidiara con alguna duda de última hora.
¿Qué hacemos con la furgoneta?, preguntó Castro.
Rivera contestó que la volverían a dejar en la riera. Cuando terminaran, llegarían a ella en cuestión de segundos.
O yo puedo acercar la furgoneta y recogeros, dijo Gies.
¿No vas a participar?, preguntó Castro sorprendido.
Gies respondió que Ariza lo reconocería. Que fueran cubiertos con pasamontañas, como habían decidido hacer, y que no llevaran ropa ni calzado que usaran habitualmente no cambiaría nada.
Ese hijoputa sabría quién soy aunque me tapara con una sábana como un fantasma. Os esperaré en la furgoneta.
Entonces, te lo vas a perder, dijo Castro; parecía crecido tras la declaración de su compañero. ¿No te gustaría verlo?
Solo me importa el resultado. ¿Os las apañaréis vosotros dos?, preguntó mirando a Rivera.
Claro que sí, dijo Castro.
¿Y tú qué me dices?
Nos las apañaremos, respondió Rivera, echando a caminar hacia la masía.
Lo vieron detenerse ante el portón y pulsar el timbre que había a un lado.
¿Pero qué hace ese marica? ¿Es que nos quiere joder?, preguntó Castro.
Hizo un amago de correr hacia Rivera, pero se detuvo, indeciso. No sabía si quedarse donde estaba o alejarse de la casa a la carrera. Gies no hizo nada. Miraba a Rivera, que volvió a pulsar el timbre, con más insistencia que antes.
No respondió nadie.
La casa está vacía, dijo Rivera reuniéndose con los otros.
¿No te lo había dicho yo?, preguntó Castro. La voz le temblaba de enfado y, asimismo, de desconfianza. ¿A qué ha venido eso?
Respondió Gies: Había que asegurarse.
Rivera añadió que, aunque Ariza se hubiese ido, podía haber alguien más en la casa: algún pariente, una asistenta, otro ligue…
Vale, vale, dijo Castro. Está bien ser precavidos.
Como si sus propias palabras hubieran provocado que se le ocurriera, añadió: Por eso esta noche, si alguien tiene que hablar, mejor que seas tú, le dijo a Rivera. Si lo hago yo, seguro que reconoce mi voz. Hemos coincidido en la sala de control. En realidad, lo mejor sería que nadie dijera nada.