Esta es tu casa Recordatorio #2
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Recordatorio #2

Estaba anocheciendo. La playa se volvió gris; el mar, negro.

No había nadie a la vista. Oía zumbar el tráfico en la autovía del Mediterráneo a su espalda.

Continuó sentado mientras la luz decaía, observando a la morena.

Si se quedaba quieta, la azuzaba con la punta del pie y el movimiento arrancaba de nuevo.

Al restregarse contra la arena, el pez producía un sonido como el de un motor al ralentí. El arpón tintineaba contra las piedras.

Desenvainó el cuchillo que llevaba sujeto a la pierna y cortó el hilo del arpón.

Inmovilizó a la morena pisándole el centro del cuerpo.

A través del escarpín, sintió contraerse los cordones de músculos.

Recuperó el arpón haciéndolo pasar a través de la morena.

La varilla quedó cubierta de sangre y mucosidad.

De camino al aparcamiento miró a su espalda. En la playa desierta, un borrón negro se contraía y se dilataba, empecinado en enroscarse sobre un arpón que ya no estaba allí.

Gies y Castro escucharon la historia con atención. Era el primer viernes después de las vacaciones. Estaban regresando a casa. Conducía Gies.

Las morenas atacan rara vez, dijo este.

Me pareció que tenía malas intenciones.

Si hubieras retrocedido, se habría vuelto a encuevar.

Gies hablaba con dureza. Le lanzaba miradas por el retrovisor. Rivera se sintió censurado.

¿Por qué te quedaste mirándola en la playa?

No lo sé. ¿Qué quieres decir?

Si le hubieras sacado el arpón nada más salir a tierra, podrías haberla echado de vuelta al mar. Las morenas son bichos duros. Habría salido adelante.

Rivera guardó silencio. No se le había ocurrido devolver el pez al agua.

Quita, quita. El chaval hizo bien. Son traicioneras. Y tienen una mordedura muy fea, dijo Castro, que no era pescador.

Rivera apretó los dientes.

Gies detuvo el coche ante su casa.

El lunes abrígate bien, dijo.

¿Qué?

Eso, que vayas bien abrigado, respondió Castro, y soltó una risita boba.

Se alejaron dejando a Rivera confundido y todavía más rabioso.

El lunes le tocaba llevar el coche. Para entonces no se acordaba de lo que le habían dicho el viernes, y ninguno lo volvió a mencionar. Hicieron el viaje a la nuclear en silencio.

A media mañana sonó una alarma por el sistema de megafonía. Rivera preguntó qué pasaba. Sus compañeros de la Oficina Técnica de Mantenimiento se levantaban sin prisa y se ponían anoraks, bufandas, guantes y gorros de lana.

Tranquilo. Solo es un simulacro de emergencia.

¿Qué hay que hacer?

Tranquiiilo. Ven con nosotros.

El personal se fue concentrando en el aparcamiento, el punto de reunión en caso de una emergencia real.

¿Y ahora?

Esperar hasta que nos dejen volver a entrar.

Todo el personal no indispensable había sido evacuado.

Dentro de la central, los operadores de la sala de control practicaban los protocolos de emergencia.

La tarea se podía prolongar varias horas.

En teoría, el simulacro se había de efectuar por sorpresa, pero hacía días que todos estaban enterados, menos Rivera.

Vio cómo los demás sacaban del maletero de los vehículos termos con café, fiambreras, mesas y sillas plegables y estufas de camping. Algunos iban abrigados con ropa de esquí. La temperatura era de un par de grados bajo cero. Se organizaron partidas de mus y una pachanga de fútbol.

Rivera se metió en su coche. Seguía teniendo frío y era el único que había buscado refugio. Volvió a salir.

No te has abrigado bastante.

Gies y Castro tomaban café apartados de los demás.

Ten, dijo Castro. Hay de sobra.

Sacó un termo de una mochila y le sirvió café en un vaso de cartón.

¿Azúcar? Hasta galletas tenemos.

No, gracias, dijo calentándose las manos con el vaso. ¿Pasa algo?

Estaban muy serios. Cuando Rivera los vio, Gies estaba contando algo con expresión abatida y Castro negaba con la cabeza, incrédulo.

¿Todo bien?, insistió.

Pues me temo que no, respondió Castro, tras lo que calló y miró a Gies, a la espera de que este prosiguiera, pero Gies contemplaba el suelo, esforzándose por que las comisuras de sus labios llegaran lo más abajo posible.

Gies tiene un marrón en casa, explicó Castro. Con Paz, su hija.

No. El problema es con ese hijoputa.

Si ella no hubiera vuelto con él, ahora no tendrías problemas con ninguno. Está bien, está bien. No me mires así, joder. Ya se nos ocurrirá algo.

No te lo he contado para que se nos ocurra algo, pero si no me desahogo reviento.

Hablaban en voz baja, y Castro prosiguió en el mismo tono al contar a Rivera que el hijoputa ese había vuelto a dejar tirada a Paz.

La había llevado a hacerse ilusiones a la pobre y luego se había desentendido de ella, otra vez.

Y dejándole una deuda, además, un dinero que ella le había prestado para comprar una parcela de frutales y que era difícil que la hija de Gies fuera a recuperar.

Eso a mi hija no se lo hace nadie, dijo Gies. Nadie.

Rivera intercalaba comentarios para mostrar comprensión, poco más que monosílabos.

Aun así, era la conversación más larga que mantenía con los otros fuera de un coche.

Gies arrugó su vaso de cartón y lo lanzó a un lado.

Se sonó ruidosamente la nariz. Castro observaba a su compañero frunciendo el ceño, sin dejar de negar con la cabeza y de resoplar entre dientes.

A Rivera se le pasó por la cabeza que había algo de impostado en el comportamiento de Castro, como si quisiera hacerles pensar que lo sucedido le airaba más que a Gies.

Tú descuida, que algo pensaremos para arreglarlo. Y añadió dirigiéndose a Rivera: Mira. Allí lo tienes. Por si quieres ponerle cara. En aquel grupo a tu derecha. El del anorak de color yema de huevo.

Rivera miró disimuladamente. El hombre al que Castro se refería era alto, estaba en la frontera entre la corpulencia y la gordura, y rondaría los cuarenta años.

Ese es Ariza. Trabaja en la sala de control.

Castro añadió que era un enchufado, que trabajaba allí gracias a su padre, que fue uno de quienes construyeron la central.

Uno de los pocos que valían algo. Murió hace un par de años, de un infarto, aquí mismo, en el aparcamiento.

El grupo con el que estaba Ariza tenía una radio que sonaba muy alto y se reía a voz en cuello.

Te rehúye la mirada el hijoputa, le dijo Castro a Gies.

Ojalá fuera así. Cuando me lo cruzo, me mira con una sonrisita que me da ganas de romperle la boca.

Varios guardas de seguridad los avisaron de que podían volver adentro; el simulacro había concluido. Rivera, Castro y Gies se separaron, cada uno de regreso a su puesto de trabajo.

Se reencontraron al cabo de la jornada, otra vez en el aparcamiento.

Como solía acostumbrar cuando conducía, Rivera guardó silencio.

Los otros dos también. Castro iba en el asiento del acompañante y Gies en el trasero.

Rivera los vigilaba, a uno de reojo, al otro por el retrovisor.

Gies parecía haber digerido la amargura de la mañana.

Iba con los ojos cerrados y la nuca apoyada en el reposacabezas.

Castro se revolvía en el asiento y, cada pocos kilómetros, se le escapaba un gruñido.

Rivera lo miraba, creyendo que era un aviso de que iba a decir algo, pero Castro continuaba callado.

Estaban entrando en Hospitalet cuando por fin lo soltó.

Tenemos que darle un escarmiento.

Hizo una pausa y añadió: Se lo merece.

Gies abrió los ojos. No dijo nada.

¿No crees que se lo merece?, preguntó Castro.

Seguramente. Pero no sé.

¿Qué no sabes?

Gies volvió a su mutismo hasta que el coche se detuvo frente al chalé donde Castro vivía con la mujer, la mayor y la menor.

Era una vivienda amplia, de dos plantas, y el seto joven que la rodeaba dejaba entrever una piscina, pero las calles de la urbanización estaban sin asfaltar, repletas de baches encharcados, y el alumbrado público era muy inferior a lo deseable.

Ya te he dicho que solo me quería desahogar.

Castro se apeó. Antes de cerrar la puerta del coche, se asomó al interior y dijo: Piensa en tu hija.

A lo largo de esa semana, Castro abordó el tema en cada desplazamiento, de forma más insistente en cada ocasión y con mayor detalle, hasta presentar un plan concreto.

Había trabajado con Ariza en la sala de control.

La labor de los operadores era muy relajada; se parecía poco al encadenamiento de simulacros de emergencia al que se debían enfrentar durante su riguroso proceso de formación.

En un día normal, vigilaban los paneles, estudiaban procedimientos nuevos y charlaban.

Llegaban a saber mucho sobre sus compañeros, afirmó Castro.

Ariza vivía a las afueras de Móra d’Ebre, a veinte kilómetros de la nuclear, en una masía reformada que había pertenecido a su familia materna.

Era un sitio aislado, rodeado de olivares y huertos de frutales, al que se accedía por un camino vecinal que no usaba nadie más que el susodicho.

Esto también lo sabía Gies; su hija había vivido allí una temporada, hasta que Ariza la echó.

Lo que solo sabía Castro, porque se lo había oído contar a Ariza en la sala de control, era que su madre estaba ingresada en una residencia de ancianos en Tarragona, y que él la visitaba todos los domingos y pasaba el día con ella.

Lo esperamos cuando vuelva a casa el domingo y le damos un escarmiento.

¿Dónde lo esperamos?, preguntó Gies.

Hablaba con frialdad, como si se dirigiera a un crío fanfarrón, pero lo práctico y concreto de sus preguntas aguijaba a su compañero.

En el camino.

Irá en coche.

Hacemos que baje.

¿Cómo?

De cualquier forma. Es fácil.