Recordatorio
I
Desde el primer día, en la central nuclear se dirigieron a él por su apellido. Llegaría a pensar, un tiempo después, que las personas con las que trabajaba ignoraban cómo se llamaba, al igual que él ignoraba el nombre de pila de casi todas ellas.
Había pasado por varios empleos tras salir de la Escuela de Ingenieros, en empresas muy diferentes, en cargos técnicos y de otros géneros, en España y en el extranjero.
No obstante, era el más joven en la Oficina Técnica de Mantenimiento de la central nuclear de Ascó.
A lo mejor por ese motivo juzgó de paternalista la actitud de su jefe cuando, el primer día, este le preguntó si tenía familia, si vivía cerca, si necesitaba algo.
Había alquilado un apartamento en L’Hospitalet de l’Infant, en la costa.
Para ir a Ascó tenía que conducir cincuenta kilómetros por una carretera a la vera del Ebro, sinuosa y frecuentada por vehículos de gran tonelaje.
Su jefe le planteó compartir coche con alguien de la central.
Él sabía de un par que podrían estar interesados.
Por la tarde se presentó con ellos junto a su mesa.
Rivera, estos son Castro y Gies. Viven los dos en Hospitalet. Te puedes fiar de ellos.
Eran mayores que él. Castro iba vestido de calle. Seguramente creía que su estilo era juvenil. Seguramente hacía pesas. Sentó un muslo en el borde de la mesa y dejó claro cuál sería la rutina.
Esta semana venimos en mi coche. La siguiente, en el de Gies. La siguiente, te toca a ti.
Intercambiaron direcciones y números de teléfono.
Mañana te recogemos a las siete.
Gies debía de hallarse próximo a la jubilación. Bajo y enjuto. Tenía una mirada dura. No abrió la boca. Saludó y se despidió con un gesto del mentón. Las manos no las sacó de los bolsillos de la ropa de faena.
Castro y Gies conducían rápido. Más nervioso el primero; con más temple el segundo, pero rápido los dos. Llevaban años haciendo el mismo trayecto. En la nuclear, una vez cruzado el detector de metales y el de explosivos, los tres se separaban y no se volvían a ver hasta la hora de salir.
Fuera del trabajo, Rivera se cruzaba con Castro en el gimnasio al que iba en Hospitalet, un local húmedo, con suelo de cemento y techo bajo.
Intercambiaban saludos y redoblaban la concentración en sus rutinas de ejercicio.
Con Gies no se encontraba nunca. Que él supiera, Castro y Gies tampoco se veían fuera de la central.
No eran amigos. Su relación se ceñía a compartir vehículo para ir a trabajar.
Sin embargo, Rivera pronto pensó que sabía más sobre Castro y Gies que sobre la mayoría de las personas con las que había tratado en su vida.
Por la mañana, uno conducía y los otros dos dormitaban o guardaban silencio, pero por la tarde, de vuelta a casa, y en particular los viernes, estaban mucho más locuaces.
Antes de trabajar en la nuclear, Gies había pasado veinte años navegando en petroleros de la BP.
Dejó la mar cuando enviudó. Se instaló en L’Hospitalet de l’Infant con su hija; los dos seguían viviendo juntos.
Hablaba poco sobre su trabajo en la central.
Trabajaba en Mantenimiento Mecánico. Al parecer, estaba especializado en válvulas.
Al parecer, redactaba procedimientos para su montaje y desmontaje.
Castro se estaba formando para el puesto de supervisor de operadores de sala de control.
Practicaba a diario en el simulador de alcance total, una réplica exacta de la sala de control de la nuclear.
Estaba casado y tenía dos hijas. Rivera nunca conoció a ninguna de ellas ni supo sus nombres.
Castro se refería a ellas como la mujer, la mayor y la menor.
Rivera necesitó poco tiempo para concluir que Castro se consideraba el más preparado, el más exitoso y, como consecuencia, el líder natural del grupo.
En uno de los primeros viajes, Rivera fue interrogado sobre lo que había venido a hacer a la central.
Lo habían contratado para revisar las rutinas de mantenimiento preventivo.
Su objetivo era optimizar el tiempo y los recursos dedicados a ese fin.
Trabajaba solo, no tenía experiencia en centrales nucleares y el programa informático del que todo el proyecto dependía había sido diseñado para el mantenimiento de equipos aeronáuticos.
Ni Castro ni Gies hicieron más preguntas.
No creían que la labor de Rivera fuera útil, y él mismo opinaba igual.
Su intención era abandonar la nuclear en cuanto concluyera el encargo, sin perder un segundo.
Cuando se sentía en la obligación de amenizar los desplazamientos, recurría a anécdotas de pesca submarina.
Había entrado en la nuclear en septiembre.
Los turistas desaparecieron poco después y las zonas de baño volvieron a ser aptas para la pesca.
Le gustaban las calas de Alfama. El clima otoñal no suponía ninguna disuasión.
Tenía un traje de buceo de siete milímetros de espesor, comprado para pescar en el Cantábrico, que lo protegería de las temperaturas del Mediterráneo incluso en pleno invierno.
Castro y Gies tocaban temas personales. La hija mayor de Castro estaba acomplejada por el acné.
Según él, mejor haría en comer menos dulces; su culo sí que era para acomplejarse.
La menor sufría ataques de asma. La mujer quería dejar de usar el DIU hormonal.
La hija de Gies era cocinera en un hotel de Salou.
Tras pasar un tiempo separada, recientemente había vuelto con su pareja, que también trabajaba en la nuclear.
Gies visitaba con asiduidad a una prostituta ucraniana.
Los fines de semana bajaba con ella al Delta del Ebro y la invitaba a comer anguilas.
El mal tiempo dificultó los viajes al trabajo.
La cercanía del Ebro provocaba nieblas matutinas.
Comenzaron las heladas. Conducían atentos a indicios de hielo en la carretera; aun así, a Rivera le parecía que Gies y Castro seguían yendo muy rápido.
En dos ocasiones sufrieron pinchazos. Una mañana atropellaron un perro.
Durante una tromba de agua que desbordó los ríos de la comarca, tardaron tres horas en volver a Hospitalet por caminos vecinales, retrocediendo cada vez que se topaban con la calzada inundada.
Si iba en el coche de cualquiera de los otros, Rivera se sentaba en el asiento trasero, lo que le hacía sentir como un crío.
Si le tocaba llevar su coche, intentaba conducir tan rápido como sus compañeros.
En esas ocasiones prefería que los otros hablaran.
Si callaban, pensaba que cuestionaban su destreza al volante.
El viernes, después de dejar a Castro y Gies en su casa, lavaba el vehículo a conciencia, por fuera y por dentro.
Encontraba restos dejados por sus compañeros: mondadientes usados tirados en el suelo, pañuelos de papel, pelos en los reposacabezas…
Fuera del trabajo, iba a pescar y hacía ejercicio.
Empezó a asistir a clases de conversación en inglés.
La profesora vivía en Cambrils. Era de su misma edad.
En el gimnasio contrató a un entrenador personal.
Compró un juego de mancuernas para entrenar también en el apartamento.
Después de las clases, la profesora no tenía prisa por despedirse.
Se quedaban hablando un rato más, ya en castellano.
Ella estaba divorciada. Rivera hacía dieta.
Cocinaba. Llevaba su propia comida a la central para evitar los menús abundantes en grasas del comedor.
Un sábado fue a cenar con su profesora. Lo propuso ella.
Luego fueron a su casa. El lunes, dejó un mensaje a la profesora para comunicarle que no seguiría con las clases.
Rivera nunca había estado más en forma. Se ejercitaba hasta acabar rendido y se dormía sin darle vueltas a la cabeza.
Fue a pasar la Navidad a Oviedo, con sus padres.
Durante semanas estuvo anhelando el momento de alejarse de la nuclear, pero regresó a L’Hospitalet de l’Infant dos días antes de lo planeado.
En su último día de vacaciones fue a pescar.
Rondó el emisario de agua de refrigeración de la nuclear de Vandellós.
Allí la temperatura del mar era unos grados más alta y proliferaban los peces.
Nadie comía las capturas de la zona; él solo quería practicar la puntería.
Disparó con el fusil a sargos y dentones hasta que se aburrió.
Los arrancaba del arpón sin contemplaciones, desgarrándolos, sacándoles las tripas, y los abandonaba en el agua. Los restos atraían a más peces.
Hizo una última inmersión para curiosear en una cueva.
Al acercarse, una morena le plantó cara.
Surgió de la cueva, metro y medio de morena, y bajo el agua todo parece más grande, los ojillos fijos en él y la boca abierta, amenazadora, preparada.
Nunca había tenido un encuentro semejante.
Disparó sin pensarlo. Si apuntó, fue de manera inconsciente.
La cola del pez anguiliforme no había salido todavía de la cueva.
Le alcanzó en el cuello, bajo la abertura branquial.
La morena se enroscó en el arpón, muy viva, manifestando más vigor que cuando se hallaba ilesa.
Sin arrancarla del arpón, nadó a tierra. El pez se retorcía con tanta fuerza que creyó que doblaría el metal.
Salió del agua en la playa de L’Almadrava. Dejó caer la morena y tomó asiento en una roca, agotado. El pez hacía exhibición de brío. Seguía debatiéndose. Estar fuera del agua no pareció afectarle. El cuerpo mucoso quedó rebozado de arena.