Viven muchas personas ahí dentro #6
La tarde del domingo recibió una llamada de Jon.
Este acababa de llegar a la casa con sus hijos y habían encontrado a la perra.
Estaba perfectamente. Abel podía ir a recogerla.
Ya estaba anocheciendo. Caía una lluvia fina y cerrada.
Abel le preguntó si le podría traer a Ofelia a la villa.
Jon tardó en responder. Entremedias Abel se percató de que no reconocía la voz de su antiguo compañero del colegio.
Hacía treinta años que no le oía hablar.
No sabía cómo hablaba el Jon adulto. No le era posible llevar a Ofelia a la villa.
Lo sentía mucho. Estaba con sus hijos y no quería dejarlos solos.
Les daba un poco de miedo. Jon se rio brevemente; algo a medio camino entre una risa y un suspiro.
Repitió que Ofelia estaba bien. Abel podía ir a por ella cuando quisiera.
Pero era mejor que fuera en ese mismo momento, antes de que se hiciera demasiado tarde.
La lluvia iba acompañada por bruma o caía tan apretada que parecía bruma. Desde la casa de Jon no se veía Ribadesella, apenas unas luces bajas de forma que no permitían apreciar la disposición ni las dimensiones de la villa, que a Abel le pareció más lejana de lo que estaba.
Llamó al timbre de la puerta principal, en la planta baja de la casa. La vivienda se encontraba prácticamente a oscuras.
Hola, Abel. Cuánto tiempo.
Jon estaba muy delgado. Se había dejado barba. Le habían salido canas.
Vengo a por mi perra.
Lo sé. Pero pasa, pasa. No hace una noche para esperar fuera.
Del recibidor de la planta baja partía la escalera de madera que llevaba a la planta superior. En lo alto había un aplique que emitía un halo de luz escueto y cremoso. De algún sitio de la planta de arriba llegaban ladridos y risas. Los ladridos eran alegres. Cualquiera se daría cuenta.
Jon sonrió.
Están jugando.
Explicó que habían encontrado a la perra acurrucada ante la puerta.
Empapada, sucia y temblando. Cuando se perdió debió de alejarse más allá de la linde de la propiedad, por la cima del macizo.
Allí era fácil desorientarse. Hacía años que nadie limpiaba la zona.
Era una selva. Habían bañado a la perra y le habían dado de comer.
No había manera de saciarla. Ahora estaba bien, repitió Jon.
El jefe de Abel le había explicado lo sucedido, así había sabido de quién era el animal.
Se llama Ofelia. ¿Me la puedo llevar ya?
Por supuesto. Están jugando, repitió. ¿Quieres venir?
Mejor espero aquí.
Como prefieras.
Jon subió las escaleras sin apresurarse. Al llegar a lo alto giró a la izquierda. Abel oyó alejarse sus pasos por el pasillo. También oyó ladrar de nuevo a Ofelia y luego unos susurros, como si Jon discutiera con alguien pero no quisieran alzar la voz.
Al cabo de lo que a Abel le pareció mucho rato, Jon reapareció en el halo del aplique. Sostenía en brazos a Ofelia, que parecía muy relajada.
Sube, Abel. Ven a por tu perra. Tendrás muchas ganas de verla.
Abel empezó a subir las escaleras. Tuvo que apoyarse en la barandilla. Había tan poca luz que no distinguía los escalones. A mitad de camino se detuvo. Jon había dicho algo.
¿Qué?
Digo que siento mucho lo que ha pasado.
Abel no supo a qué se refería. Habían pasado muchas cosas.
¿Qué?, repitió.
Lo de tu perra, dijo Jon mientras acariciaba a Ofelia. Lo siento mucho.
No hay problema.
Otra cosa, Abel…
Volvió a detenerse. Jon lo miraba desde lo alto de las escaleras. El aplique estaba a su espalda. Su rostro quedaba oculto por las sombras.
¿Has hablado con alguien de lo que ha pasado? Además de con tu jefe.
No. Con nadie.
¿No le has dicho a nadie que has perdido a tu perra? La habrás estado buscando. Habrás preguntado a alguien si la ha visto.
Bueno, sí…
Has hablado con alguien.
Sí.
¿Has ido por ahí diciendo que tu perra…?
Se llama Ofelia.
¿Has ido por ahí diciendo que Ofelia se había perdido en esta casa?
No. Eso no.
No has mencionado la casa.
No.
¿Estás seguro?
Ya he dicho que no. ¿Me das a mi perra?
Enseguida. Me alegro de que no hayas mencionado la casa porque, en realidad, no había razones. ¿No crees?
De nuevo, Abel no supo qué le quería decir.
Un perro que echa a correr y se pierde, dijo Jon, no tiene nada de extraño. Puede suceder en cualquier sitio. En esta casa han desaparecido muchos perros, de una manera u otra. Has tenido suerte de recuperar el tuyo.
Abel asintió.
Mucha suerte, subrayó Jon. Así que no es necesario airear nada, ¿verdad? Lo digo pensando en ti. No te convendría.
¿Por qué?
Imagino que no te gustó que te encargaran desbrozar nuestro terreno. Que no querías volver aquí, después de lo que pasó hace años. Cuando te quedaste encerrado en el sótano.
Abel no respondió. Continuaba aferrado a la barandilla.
Aun así, aceptaste. Querías demostrar que no tuvo importancia.
Que no merecía la pena pensar en ello. Querías acallar los rumores que seguían circulando sobre ti.
Me gustaría haberte evitado el mal trago.
Haberte evitado revivir, aunque fuera en el recuerdo, lo que pasó.
Pero no sabía que la faena te la iban a encargar a ti.
Y mi padre tampoco. ¿Comprendes por qué siento tanto lo que ha pasado?
Abel asintió otra vez.
¿Me puedo llevar ya a Ofelia?
Claro que sí. ¿No has venido para eso? Sube. Toma a tu perra.
Terminó de subir las escaleras. En lugar de tenderle a la perra, Jon retrocedió unos pasos y dejó al animal en el suelo.
Ve con tu amo.
Abel alargó los brazos hacia Ofelia, pero la perra corrió por el pasillo y se metió en la habitación que había en el extremo.
La puerta estaba entornada, no permitía ver el interior.
De inmediato la perra rompió a ladrar de alegría.
Dentro hubo un pequeño tumulto: risas, exclamaciones de sorpresa y sonido de arrastrar de muebles, como si varias personas se hubieran puesto súbitamente en pie empujando sus sillas.
Jon se rio igual que había hecho por teléfono, como si le costara esfuerzo hacerlo o como si hubiera perdido la costumbre.
Parece que tu perra no se quiere ir. Lo estaban pasando muy bien. Tranquilo. Iré a por ella.
Una vez más, Jon le preguntó si quería acompañarlo y Abel volvió a decir que lo esperaría. Jon recorrió el pasillo, entró en la habitación del fondo y cerró la puerta.
Abel se quedó solo. Olía mucho a pintura.
Las paredes estaban desnudas. Los cuadros habían sido retirados.
Se sintió confuso. El olor a pintura lo retrotraía a cuando él pintó la casa, una ocasión que sentía muy cercana, como si hubiera sido la víspera, aunque habían transcurrido años desde entonces.
El pasado y el futuro se plegaban sobre el presente, lo comprimían con todo su peso y no dejaban respirar a Abel.
Lo sobresaltó un ruido procedente del fondo del largo pasillo, no de la habitación donde Jon había entrado, sino en el extremo opuesto, donde estaba la cocina.
Sonó como si algo pesado hubiera caído al suelo.
¿Había alguien allí? Jon le había dicho que estaba solo con sus hijos.
¿O tal vez el sonido procedía de fuera de la casa?
Aguzó el oído. La luz de la cocina estaba apagada.
Ya estamos aquí.
Dio un respingo.
Jon se encontraba junto a él, con Ofelia en brazos. Abel lo miró como si no lo reconociera y se volvió hacia la cocina.
Estamos haciendo reformas. Ahora la casa será más cómoda para todos. Incluso podrá vivir aquí más gente que antes. Conservando la intimidad de cada uno. La intimidad es importante. La valoramos mucho. ¿A ti te gusta la intimidad?
Abel le arrebató a Ofelia y huyó escaleras abajo.
En su casa, Abel examinó a Ofelia. No encontró lesiones.
Nada parecía dolerle. Sin embargo, no se comportaba de manera normal.
Lo olfateaba todo como si fuera la primera vez que estaba allí.
Por la noche se negó a dormir en la cama de Abel.
Dos veces, él la oyó gemir, se levantó a ver qué le pasaba y la encontró junto a la puerta de la calle.
Al final la tomó en brazos y se sentó con ella en el salón.
La acarició hasta que Ofelia se calmó, y él con ella.
El lunes, después del trabajo, llevó a Ofelia a pasear. En la playa, la perra se zafó de él, echó a correr y se perdió de vista.
Los días siguientes, Abel anunció a su jefe que dejaba el trabajo, acudió a una agencia inmobiliaria y puso en venta su piso, se deshizo de pertenencias personales, suyas y de su madre, informó a sus vecinos de que se iba de Ribadesella y a uno de ellos le dejó la llave de su buzón para que le recogiera el correo.
Dio todos los pasos sin apresuramiento. Quienes trataron con él los días previos a su partida afirmaron que parecía sereno e incluso ilusionado ante la perspectiva de irse, como si se hubiera quitado un peso de encima.
Dijeron también que les extrañó no verlo en compañía de su perrita, de la que antes no se separaba nunca.