Viven muchas personas ahí dentro #5
A media tarde, su jefe se presentó en la casa.
Dijo que iba a echarle una mano, aunque Abel sospechó que su verdadera intención era vigilarlo.
La aparición en la terraza le había alterado tanto que le parecía imposible que los demás no se percataran de su estado, que no lo vinieran notando desde hacía años, como si la perturbación que padecía en esos momentos se propagara en el tiempo, avanzando como una nube oscura hacia el pasado, contaminando la opinión que de él tenían los vecinos de Ribadesella.
Aun así, su jefe se comportó de manera natural.
Mientras Abel pasaba la segadora de peine, él cogió la desbrozadora.
Abel agradeció la compañía. Concluida la jornada, el jefe cargó la segadora en un furgón.
Todo lo que se podía hacer con ella ya estaba hecho.
Al día siguiente, Abel volvería a trabajar solo.
No se sacaba de la cabeza a aquel anciano.
Cuanto más pensaba en él, con más claridad lo veía.
Llevaba traje oscuro y camisa blanca, abotonada hasta el cuello.
La ropa parecía de otra época, como la que usa la gente en las fotos antiguas, aunque no habría sabido especificar qué le llevaba a pensarlo.
Del bolsillo del pecho asomaba un pañuelo plegado.
Fue a recoger a Ofelia e hizo unos recados.
Necesitaba distraerse con algo cotidiano e inofensivo.
Llamó a sus amigos y les propuso quedar a tomar algo, pero ninguno estaba disponible.
Volvió a su casa, se puso ropa de deporte y salió a correr.
Si hacía ejercicio hasta agotarse tal vez luego pudiera dormir. Se llevó a Ofelia.
Mientras corría por la playa, se preguntó si Jon y su familia sabían lo que pasaba en la casa.
Era imposible que no fuera así al cabo de tres generaciones.
Seguramente la habían vendido para escapar de las presencias que la preñaban.
A lo mejor, siempre de un modo muy discreto, habían tratado de limpiar la vivienda.
A lo mejor también, durante breves temporadas, incluso creyeron haberlo logrado.
Pero las presencias, pues eran muchas, siempre terminaban por retornar, por abrirse paso de un modo u otro e imponer su potestad.
La familia se había rendido, había huido, se había deshecho de la casa.
No obstante, habían regresado, la habían comprado de nuevo, continuó Abel, cada vez más abismado en sus pensamientos.
¿Por qué? ¿Acaso empujados por un sentimiento de responsabilidad, de obligación autoimpuesta?
¿Quizá por ser víctimas de una suerte de chantaje, de una perspectiva de castigos y humillaciones si no retomaban su papel de custodios, de criados, de acompañantes forzosos?
¿Cuál era la naturaleza de la convivencia bajo el techo de aquella casa?
La familia no podía cumplir su labor obedeciendo tan solo a amenazas, también debía obtener algo a cambio.
¿Qué recompensa se le había prometido a Jon, qué necesidades habría de ver satisfechas que pudieran justificar no solo su retorno, sino que trajera consigo a sus hijos, nada más que unos niños?
Se le ocurrió que era urgente medir la casa por dentro y por fuera, y comparar los resultados en busca de discrepancias reveladoras de habitáculos ocultos, de angostos corredores entre tabiques, de falsos techos, de túneles que comunicaran la vivienda con cavidades recónditas del macizo cárstico sobre el que se hallaba construida, como si la casa fuera un tapón que impedía la salida de lo que se agazapaba bajo ella, pero un tapón viejo, agrietado, incapaz de impedir que escaparan filtraciones y vahos.
Concluyó asimismo que él era el único sabedor de lo que sucedía, al margen de la familia.
Sin embargo, no podía contarlo. Lo tomarían por un perturbado.
Jon y su familia no lo respaldarían, bien por voluntad propia, bien porque no les estaba permitido hacerlo.
¿Pero qué sucedería si no ponía sobre aviso a los vecinos acerca de los habitantes de la casa, de sus dueños verdaderos, quienes se podían hallar a la espera de algo, quienes podían venir urdiendo un plan desde hacía décadas, quienes a la postre podían suponer un peligro para toda la villa?
Ya era suficiente, se censuró. No podía pensar así. Solo conseguiría hacerse daño. Dejó de correr. Ofelia, que se había quedado atrás, lo alcanzó. La perra venía con la lengua fuera.
En momentos como ese, le gustaría tener una pareja.
Tal vez no se atrevería a compartir con ella lo que se le pasaba por la cabeza, pero seguro que su compañía lo llevaría de vuelta a cuestiones terrenales, le recordaría el correcto orden de las prioridades.
Además, contar a su lado con una mujer sería como disponer de un pasaporte para ir a lugares a los que no se veía yendo solo.
Podrían ir de vacaciones, pasar tiempo lejos de Ribadesella e incluso vivir en otro sitio.
Podrían hacer planes, algo en lo que Abel carecía de experiencia.
Esa noche durmió mejor de lo que había esperado. Por la mañana lo atribuyó a la compañía de Ofelia y pensó que tal vez la presencia de la perra también le serenaría en el trabajo.
Llevó a Ofelia a la casa. La ató a un árbol, de manera que pudiera verla mientras trabajaba.
A medida que iba progresando con la labor, trasladaba a Ofelia de un árbol a otro.
Cuando se sentía observado, alzaba la vista y allí estaba ella, mirándolo y meneando el rabo.
Trabajó a buen ritmo. Si seguía así acabaría antes de lo esperado. La perspectiva le animó aún más.
Se le había olvidado llevar un cuenco donde servir agua a la perra.
La soltó para darle de beber del grifo que había en la fachada trasera.
En cuanto Ofelia sació la sed irguió la cabeza como si hubiera oído algo.
Un instante después bajaba a la carrera las escaleras de piedra que descendían por un costado de la casa.
No obedeció cuando Abel le ordenó que volviera.
La encontró en la cochera. Olfateaba con ansia la rendija bajo la puerta del sótano.
Abel la agarró por el collar y tiró de ella, pero la perra se resistió a despegarse de la puerta.
Arañaba el suelo como si pretendiera ensanchar la rendija.
Abel le preguntó qué estaba haciendo. La respuesta llegó en forma de susurro desde el otro lado de la puerta.
Abel se quedó paralizado y Ofelia aprovechó la ocasión para zafarse y redoblar su empeño, a la par que gemía y olfateaba.
Del interior del sótano llegó un nuevo sonido, como si algo royera la madera, sumando sus esfuerzos a los de Ofelia.
Abel levantó a la perra y se alejó sujetándola con fuerza. La ató a un árbol. Ofelia tensó la correa. Miraba con las orejas alzadas hacia las escaleras por las que se iba a la cochera. Ignoró las caricias de su amo y las peticiones para que se calmara.
Ese día trabajaría hasta que se hiciera de noche, decidió Abel. Terminaría la faena y no se acercaría a la casa nunca más.
Cuando un rato después hizo un descanso, descubrió que Ofelia se había soltado.
La llamó sin obtener respuesta. Bajó a la cochera.
Tampoco estaba allí. Se acercó a la puerta con recelo.
Al otro lado no se oía nada. Llamó a su perra.
Prosiguió el silencio. Sacó del bolsillo la llave que su jefe le había dejado.
Le temblaban las manos. Abrió la puerta.
Llamó a Ofelia. Encendió la luz y pasó adentro.
Muy lentamente avanzó hasta el fondo de la antigua bodega.
Esperaba que la puerta volviera a cerrarse en cualquier momento y que la bombilla se apagara.
Apenas le salió la voz cuando se acercó a las grietas en la roca viva y dijo: ¿Ofelia? ¿Cariño? ¿Amor mío?
Pasó el resto de la tarde buscando a su perra por la finca. La llamó hasta quedarse ronco. No tenía la llave de la casa. De todos modos, no sabía si se habría atrevido a entrar.
Cuando la oscuridad le impidió seguir buscando, llamó a su jefe. Al principio este no entendió de qué le hablaba. Luego le pidió a Abel que lo esperara en la casa.
Llegó enseguida. Para entonces era noche cerrada.
Abel repitió que su perra había desaparecido.
Contó lo que creía que había sucedido: que la casa había secuestrado a Ofelia porque él sabía demasiado.
Su jefe endureció la expresión y le ordenó callar.
Fue firme. Le advirtió de lo que podría suceder si continuaba por ese camino, acusando a buenos clientes con historias inventadas.
Abel lo podría pagar muy caro, sobre todo teniendo en cuenta sus antecedentes.
La desaparición de Ofelia se produjo un jueves. El viernes Abel no trabajó en la casa. Su jefe le asignó un nuevo encargo. Otro empleado terminaría de desbrozar el terreno de los vascos.
Después del trabajo, recorrió los alrededores de la casa en busca de Ofelia, sin aventurarse en la propiedad. También fue a los sitios por donde acostumbraba a pasear con la perra. El sábado hizo lo mismo.