Esta es tu casa Viven muchas personas ahí dentro #4
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Viven muchas personas ahí dentro #4

Con la llegada del buen tiempo, frecuentaba las terrazas de la villa. Llevaba a Ofelia. Extendía su cazadora sobre el asiento de una silla y la perra se acomodaba encima. Abel explicaba a los camareros que era por higiene, aunque lo hacía para que Ofelia estuviera más cómoda.

Le llegó la noticia de que el proyecto inmobiliario de Gallardo se había malogrado y de que el constructor había puesto la casa en venta.

Poco después supo que Jon la había vuelto a comprar.

Su intención era instalarse en ella de manera permanente, junto con su padre y sus dos hijos.

Claro que antes debían volver a hacer habitable la propiedad.

Cuando Abel paseaba con Ofelia o iba al polideportivo, veía movimiento de trabajadores y maquinaria de obra en la casa.

Finalizadas las reparaciones y las reformas en el interior, llegó la hora de ocuparse del terreno. Para la labor de desbroce contrataron al jefe de Abel, que asignó la tarea a este.

¿Qué problema podría haber?, se dijo Abel. Habían pasado muchos años. En realidad, no había sucedido nada, más allá de un accidente leve. Estaba olvidado. Además, para desbrozar el terreno no tendría que entrar en la casa.

El trabajo había de realizarse durante una semana en la que Jon y su padre se hallarían ausentes; uno estaría en Bilbao y el otro en Oviedo, resolviendo trámites antes de instalarse en Ribadesella.

La mañana señalada para el inicio del encargo, Abel se reunió con su jefe en la entrada de la casa.

Este disponía de las llaves de la propiedad.

Comenzaron por recorrer la finca a pie. La hierba les llegaba a las rodillas.

Había sitios donde la maleza había crecido hasta volverse impenetrable.

Abel se fijó en que habían talado los limoneros.

El jefe le señalaba las zonas donde el terreno era lo bastante liso como para usar la segadora de peine.

En las partes más accidentadas, desde la parte trasera de la casa hasta la cima del macizo, donde se hallaba la linde, no quedaría más opción que emplear la desbrozadora manual.

Planificada la faena, de la que Abel se ocuparía en solitario, su jefe se encaminó a la cochera.

Abel sintió una punzada de angustia cuando lo vio abrir la puerta del sótano.

Su jefe le pidió que entrara con él. Para no tener que traer la herramienta a diario, la dejarían allí, junto con la gasolina y el aceite para la desbrozadora.

No quedaba rastro del olor a pintura y vino derramados. ¿Cómo iba a quedar? Todas las botellas habían desaparecido. El sótano estaba vacío. Solo olía a humedad. Al fondo, donde afloraba la roca viva, las grietas se habían ensanchado y habían aparecido otras nuevas.

Abel preguntó si no bastaría con dejar las cosas en la cochera.

Su jefe prefería guardarlas bajo llave. Era poco probable que alguien rondara por allí, pero siempre era mejor evitar tentaciones a los amigos de lo ajeno.

Abel miraba a su alrededor con recelo, ansioso por salir del sótano.

Recordaba las respiraciones, cómo lo habían atosigado, cómo se habían mofado de él.

Su jefe le preguntó si se encontraba bien.

Abel asintió. Nunca había hablado con su jefe de lo que pasó allí dentro ni este dijo ahora nada al respecto, aunque Abel estaba seguro de que conocía la versión que corrió por Ribadesella.

La segadora estaba ocupada en otra finca. Abel empezaría con la desbrozadora manual. Su jefe le hizo entrega de las llaves con un gesto que daba a entender: «No quiero saber nada hasta que hayas terminado».

Cuando se quedó a solas, se cambió de ropa; no en el sótano, que se apresuró a cerrar, sino en la cochera. Se puso un peto y espinilleras de protección. El casco tenía una careta de rejilla bajo la que podía usar sus gafas.

Abrió sendas en bolsas de maleza que debían de llevar décadas intocadas. Recorría los escenarios donde se había celebrado la batalla de limones más de treinta años atrás. Aprisionados entre raíces y enredaderas, encontró juguetes viejos, supuso que de Jon, perdidos cuando jugaba allí de niño.

Hacía un día soleado. La ropa se le iba empapando de sudor. Se concentró en el trabajo, esforzándose por no mirar hacia la casa, cuya presencia agazapada sentía a su espalda.

Al mediodía hizo una pausa. Posó la desbrozadora en los escalones que llevaban desde la puerta trasera de la casa hasta el antiguo gallinero y se desprendió del arnés.

Había ido guardando en los bolsillos los juguetes que encontraba.

Los dejó en un escalón, formando un montoncito.

Parecían una ofrenda. Se sentó a examinarlos.

Había un puñado de soldaditos de plástico, piezas de Lego, la cabeza de un Geyperman, cochecitos que habían perdido las ruedas…

Estaban manchados de tierra y descoloridos.

Mientras los miraba, aliviaba la sed con el agua de una botella.

Vertió un poco sobre la cabeza del Geyperman para lavarla.

Impactó entonces contra él una oleada de odio procedente de la casa.

Sintió como si muchas bocas le gritaran ordenándole que soltara lo que tenía en las manos y se alejara.

Pero gritaban sin producir ningún sonido, como si la casa emitiera una alarma silenciosa.

Se asustó tanto que salió corriendo. Mientras bajaba la rampa de adoquines que conducía a la entrada de la finca, sentía las voces mudas increpándole.

Salió a la carretera y se alejó a zancadas sin volver la vista atrás.

Llegó a su casa. Ofelia salió a recibirlo. Abel se arrodilló en el recibidor y abrazó y acarició a la perra hasta que empezó a calmarse. Luego bebió una cerveza. La mano le temblaba.

Esa tarde no reunió valor para volver a la casa.

Confió en que su jefe no fuera a comprobar la marcha del trabajo.

Antes de ir a la cama, se tomó medio calmante.

Una hora después se levantó a tomar la otra mitad.

Aun así, no pegó ojo. Lo único que le tranquilizaba era alargar la mano y encontrar el tacto cálido y lanoso de su perra.

A la mañana siguiente cruzó el puente y se presentó en la casa de los vascos. De nuevo hacía un día cálido y luminoso. La casa estaba en silencio. Mientras subía la rampa, solo oyó cantar a los tordos.

La desbrozadora, el arnés y los guantes seguían donde los había dejado.

Los juguetes habían desaparecido. Para entonces casi había logrado convencerse de lo absurdo que era lo que sintió la víspera.

No habría sabido explicárselo a nadie. No sin parecer un enajenado o un histérico.

Había tenido la impresión clara y clamorosa de que la casa estaba llena de gente.

Pero allí dentro no había nadie. Eso lo sabía todo el mundo. La casa estaba vacía.

Era cierto que los juguetes habían desaparecido.

Sin embargo, seguro que había una explicación sencilla.

Los había cogido alguien. Su jefe no había ido por allí, pues él habría guardado la desbrozadora y luego le habría llamado para echarle la bronca por dejarla abandonada.

Habría sido el padre de Jon, que vivía en Oviedo, a menos de una hora en coche.

En cualquier caso, ¿qué importancia tenía?

Solo eran unos juguetes viejos, de los que nadie se acordaba desde hacía décadas.

Rellenó el depósito de la desbrozadora y la arrancó con saña, resuelto a que el estrépito del motor acallara sus pensamientos. Ese día no sucedió nada. Al final de la jornada, guardó la desbrozadora en el sótano. Fue a buscar a Ofelia y la llevó a pasear por la playa.

Al día siguiente la segadora de peine volvía a estar disponible.

Delante de la casa el terreno descendía en un plano inclinado libre de árboles, desde la cochera hasta la carretera.

Por la parte inferior, un seto de pitósporo cerraba la propiedad.

La pendiente era tan acusada que la segadora estaba siempre a punto de volcar.

Abel tenía que poner el triple de atención y de esfuerzo de lo habitual para que la máquina no rodara cuesta abajo.

No obstante, no podía ignorar una sensación incómoda.

Varias veces tuvo la impresión de que alguien lo observaba.

Acabó por parar la segadora. Miró a su alrededor.

No pasaba nadie por la carretera. Todas las ventanas de la casa tenían la persiana echada.

Mientras se enjugaba el sudor de la frente le pareció ver, de reojo, a alguien en la más alta de las dos terrazas de la casa, la que recorría la fachada a la altura de la planta superior. Fue muy fugaz. Cuando giró la cabeza, ya no había nadie.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla.

Luego se detendría a pensar qué fue lo que más le asustó: si haber visto a aquella persona o el modo como desapareció, de repente, como un efecto especial en una película de Georges Méliès.

Durante la fracción de segundo en que se expuso a sus ojos, Abel vio a un anciano de cabello gris y complexión robusta, que permanecía muy erguido, en el centro de la terraza, con ambas manos posadas en la barandilla, mirándolo fijamente.