Esta es tu casa Viven muchas personas ahí dentro #3
29%

Viven muchas personas ahí dentro #3

A continuación, Abel contó que había varias personas en el sótano.

Claro está, no había podido verlas, pero sí las había oído, las había oído durante horas, no sabía cuántas porque al final había perdido la noción del tiempo.

Las personas no hablaban, solo respiraban, y Abel también las había oído moverse, no sus pisadas, sino un sonido susurrante, como de aleteo, que producían cuando iban de un lado a otro, interponiéndose en su camino, y entonces respiraban más fuerte, amenazándolo.

Por eso no había podido llegar a la puerta.

Había tirado las botellas, tropezado con los bidones y resbalado en la pintura.

Al caerse se había desorientado. Había tanteado a su alrededor, cortándose con las botellas rotas.

Acertó a dar con el interruptor de la luz y lo pulsó repetidas veces, pero la bombilla no se encendía.

Las manchas de pintura, vino y sangre en el interruptor confirmaban estas palabras.

Su jefe preguntó quiénes eran aquellas personas.

Abel dijo no saberlo. Varias. No siempre las mismas.

Había alguna muy pequeña. También había alguna peluda, sí, cubierta de pelo.

Por momentos había más personas, por momentos menos.

Iban y venían. Y en cualquier caso no le permitían alcanzar la puerta.

No le tocaron. Solo cuando le arrebataron el móvil y las gafas.

Respiraban fuerte y así lo intimidaban, haciéndolo ir de un lado a otro.

Zarandeándolo, pero sin ponerle la mano encima.

Creyó que le iba a dar un infarto. Se fueron poco antes de que apareciera su jefe.

A lo mejor lo oyeron llegar y se escaparon.

Su jefe quiso saber por dónde se escaparon.

¿Por la puerta? Abel negó con convicción.

Por allí, dijo, apuntando hacia el fondo del sótano, hacia la pared de roca viva.

El jefe y el padre de Jon se acercaron adonde les indicaba.

No supieron a qué se refería. A Abel no le quedó más remedio que aventurarse en el sótano para mostrárselo.

Los pies se le quedaban pegados en la pintura medio seca.

Señaló una grieta en la roca, de milímetros anchura.

Insistió en que las voces se habían escapado por allí.

La grieta se las había tragado igual que un extractor de aire se traga el humo.

Su jefe le pidió que lo esperara fuera. El padre de Jon observaba la grieta.

El jefe se reunió con Abel poco después.

Se había esforzado por explicarse en nombre de su empleado.

Le había dicho al padre de Jon que Abel, además de cortarse con los cristales, había sufrido un golpe en la cabeza, que estaba claro que se había desorientado y que seguía confuso.

Lo mejor sería olvidarse del asunto, que quedase entre ellos.

El padre de Jon estaba de acuerdo, era comprensivo.

Abel hizo un amago de replicar, pero su jefe fue tajante: no hablarían con nadie de lo que había pasado.

Los dueños de la casa eran buenos clientes y buena gente, poco amigos de las habladurías.

Algún otro de la cuadrilla terminaría de pintar la casa.

De todos modos, con las manos heridas, Abel no podría trabajar en varios días.

Cuando se reincorporó a la faena se encontró con que su jefe no había sido tan discreto como le había exigido a él.

Mientras impermeabilizaban la fachada de un chalet en la playa, Leandro, al que siempre le regocijaba descubrir el punto débil de alguien, le preguntó qué había pasado en la casa de los vascos.

Estaban presentes otros dos pintores de la cuadrilla, y a Abel no se le pasaron por alto las sonrisas y los guiños de complicidad entre ellos.

Lo mejor era no mostrarse ofendido ni embarcarse en explicaciones.

Era consciente de que, a ojos de los demás, había hecho el ridículo.

El relato sonaba fantasioso, y él había sido testigo de cómo en el pueblo, con menos motivos, se tachaba de cuentistas, de cagonas y hasta de afeminadas a personas que luego cargaban con el sambenito de por vida.

Se encogió de hombros para restarle importancia.

Dijo que había tenido un mal día. ¿A quién no le había pasado alguna vez?

Los otros le dieron la razón, volviendo a intercambiar sonrisas y codazos.

Durante una temporada fue la comidilla de Ribadesella.

La madre de Abel falleció de un infarto mientras dormía.

Él se alegró de que no hubiera sufrido y también de no haber tenido que cuidarla durante una larga enfermedad.

Siguió viviendo en la misma casa. Su jefe pensó que se sentiría solo y le regaló un cachorro de perro de agua, una hembra.

La llamó Ofelia. Después del trabajo volvía a casa sin entretenerse y la llevaba a pasear por la playa.

En invierno, Ofelia rebuscaba entre las pilas de madera de deriva amontonadas por las riadas y Abel le lanzaba un palo una y otra vez para que se lo trajera de vuelta.

El aire del mar le limpiaba la nariz de olor a pintura.

Tras la muerte de su madre, Abel empezó a ir de putas.

Antes lo había hecho de manera esporádica, casi obligándose a sí mismo y lidiando con el sentimiento de culpa, pero luego le cogió el gusto y pasó a ir con regularidad, durante escapadas a Oviedo o Gijón.

Escogía a las chicas a través de una web de citas eróticas.

Su favorita era una colombiana un poco rellenita, con buenas tetas.

Le enternecía su compañía. Al igual que él, era muy miope.

Usaba unas gafas de estilo retro, con montura con forma de mariposa, que a Abel le parecían muy sofisticadas.

La primera vez que estuvo con ella, le pidió que se las dejara puestas.

La chica se lo agradeció porque sin las gafas estaba prácticamente ciega.

Muchos clientes preferían que se las quitara. Abel dijo que no los entendía.

La chica paraba en Gijón por temporadas.

El resto del tiempo hacía un circuito por casas de citas de la mitad norte de la península.

Abel chequeaba la web para saber si había vuelto a Asturias.

Abandonó la lectura de los comentarios dejados por otros clientes cuando empezó a sentir celos, un sentimiento inédito para él y que no le gustó nada.

Nunca había besado a la colombiana, pero a veces, mientras estaban en la cama, sus caras se acercaban tanto que las gafas de ambos entrechocaban y hacían clic, clic, clic.

Al jefe de Abel le llegó la edad de jubilarse.

Propuso a su empleado más veterano quedarse con el negocio.

Estaba seguro de que casi todos los integrantes de la cuadrilla querrían seguir trabajando para él.

Abel no estaba tan convencido de esto y, en cualquier caso, no se veía como empresario.

Agradeció a su jefe la confianza que le demostraba y declinó la oferta.

La idea de trabajar por cuenta propia tampoco le atraía.

Unos años antes, otro miembro de la cuadrilla había montado un negocio de jardinería y mantenimiento de viviendas.

Las cosas le iban bien. Durante el otoño y el invierno cuidaba de las casas vacías de los veraneantes; en primavera y verano se centraba en los jardines.

Contrató a Abel, que no pasó a ganar más dinero, pero tampoco mucho menos, y el trabajo parecía más sencillo.

Se enteró de que Jon se había divorciado y, poco después, de que la familia había vendido la casa.

Esta noticia le revolvió los recuerdos. Para entonces se había convencido de que lo que pasó en el sótano no fue más que una confusión pasajera, una pesadilla fruto de la intoxicación producida por los vapores de la pintura y el vino derramados. Llevaba años sin pensar en ello.

La propiedad de los vascos la adquirió Gallardo, un constructor de la zona que, como él mismo voceó ufano, tenía el proyecto de derribar la casa y levantar en su lugar una promoción de viviendas pareadas.

No obstante, las obras no terminaban de arrancar y la casa languidecía rodeada por una maleza cada vez más oscura y tupida.

Abel no había hecho cambios en el piso tras la muerte de su madre.

Sabía que sería recomendable, que seguramente eso le haría sentir mejor, pero una vez tras otra postergaba las reformas.

Lo cierto era que ni siquiera tenía claro qué cambios hacer.

Se ponía como excusa para aplazar la decisión que, si alguna vez tenía pareja y vivían allí, a ella quizá no le gustara lo que él había hecho y entonces tendrían que embarcarse en una nueva obra y el gasto sería doble.

Tampoco hacía esfuerzos por encontrar pareja.

No se imaginaba cómo podía ser la convivencia con una mujer, cómo se dividía el espacio en los armarios, cómo se repartían las tareas, en qué medida había que dar explicaciones de lo que se hacía y cuánto había que hablar al cabo del día y de qué.

Y a lo mejor a ella no le gustaban los perros.

Se agobiaba pensando en todo esto y se decía que, de momento, las putas le convenían más.

La mayor parte del tiempo no era consciente de su soledad.

Tenía un par de amigos con los que hacía rutas en bici y quedaba para tomar unas cervezas.

Se conocían desde hacía años, pero su amistad continuaba siendo superficial.

Los tres coincidían en juzgar las preguntas personales como impertinencias.

Iba a correr por el paseo de la playa acompañado por Ofelia.

Frecuentaba el polideportivo del pueblo, lo que le obligaba a pasar por delante de la antigua casa de Jon, cada vez más sumida en el abandono, y se ejercitaba en el gimnasio.

De regreso en su casa, se contemplaba en el espejo con el torso desnudo.